jueves, 28 de mayo de 2015

CAPITULO 6







Paula siguió a Alfred hasta la cocina, que a pesar de estar actualizada al último grito de la moda, conservaba el estilo colonial de la casa misma. Un desayunador rectangular estaba situado a media habitación. Grandes ollas y sartenes colgaban en él. Paula suspiró. Ella y la cocina no eran las mejores amigas del mundo. Gracias a Dios, existían los fast food.


De espaldas a ellos, una mujer a la que Paula le calculó no pasaba del metro y medio estaba enfrente de la barra, cortando algo. Tenía su cabello atado en un moño alzado, su pelo, se veía cubierto por ligeras canas, era de complexión menuda. El ruido del filoso cuchillo contra la madera sonaba por toda la estancia. Y también se oyó que estaba susurrando algo.


Alfred dio un paso adelante, y tosió para hacer notar su presencia.


― Buenos días.


La mujer no se dio la vuelta, y por su voz Paula notó que estaba un poco enfadada.


― ¡Sí, buenos días tendrás tú! María no me trajo mis zanahorias. ¿Ahora que le daré a Sarita de desayunar? Porque mi pequeña no se irá sin ningún bocado, ¡no señor! O me dejo de llamar Mariana de la Peña.


Paula notó que a pesar de los años residiendo en el país, la mujer no había perdido el acento de su tierra natal. México, dedujo Paula rápidamente.


― Mar… ― insistió Alfred, quien le lanzaba miradas a Paula y después volvía hacia Mar. Paula quiso reírse de la escena. Por lo visto la dama le causaba varios dolores de cabeza a Alfred. Paula sonrió. Le caía muy bien.


― Lárgate, Jaime. ― Así que el Alfred había resultado un Jaime. Vale, los dos nombres le pegaban, pensó Paula. La mujer siguió cortando frutas espalda a ellos ― Tengo muchas cosas que hacer. Si quieres desayunar, bien podrías venir hasta que esté preparado. Así que agarra tu tra... ― Se dio la vuelta con el cuchillo en la mano, e instintivamente Paula observó como el Alf… Jaime, daba un paso hacia atrás. Paula quiso sonreír. Después de todo, el tío le tenía miedo a alguien. Paula ahora observó a la mujer que se había quedado muda de la impresión. Por muy sorprendente que fuese, le encontró un gran parecido a Sally Field, cuando actuó en “Magnolias de Acero”. May la había llevado en su noche de chicas y ella había tenido que ver a fuerza. Al final, había terminado llorando como una magdalena, y May… bueno,May se había dormido en el sillón. Paula optó por la primera arma que tenía a la mano, y sonrió. Mar le devolvió la sonrisa, sonrojándose ligeramente.


― Oh, vaya. Mil disculpas señorita.


Paula se acercó y le tendió la mano, la cual fue tomada y apretada fuertemente. A Paula le gustó ese apretón. Era una mujer de carácter, y eso se apreciaba.


― Mucho gusto, soy Paula Chaves.


― Mariana de la Peña ― exhaló un suspiró hondo ― Y sí, es en honor a la canción. Mis padres tenían un raro sentido del humor. Pero todos me dicen Mar. Bienvenida Señorita Paula.


― Mucho gusto Mar. Y ya que te voy a tutear, por favor, dígame Paula.


― Bien Paula, mucho gusto. ¿Has desayunado?


― En realidad sólo quería una taza de café. Si me dice donde están las cosas, yo me la preparo y usted sigue con lo que estaba haciendo…


Mar negó agitadamente con su cabeza, mientras la tomaba de la mano, y se la llevaba a la barra.


― ¡Café! ― bufó Mar, como si hubiese dicho “pamplinas”. ― Niña, eso no es desayuno. Con razón estas tan flaca. Ven, siéntate. Desayunaras unas ricas tostadas. Ven.


― Pero no tengo…


Paula se calló súbitamente al ver la cara de Mar. Casi le faltó el tener un bigote rectangular sobre sus labios para dar más miedo.


― Siéntate.


Sí, era una mujer que sabía varias disciplinas de autodefensa y protección, distintos idiomas, pero su madre le había enseñado a ser educada. Y ahí estaba el resultado.


― Ok ― susurró Paula con una leve sonrisa.


El Alfred-Jaime se acercó a Paula y le susurró solo para que ella o escuchase.


― No quiero decir “Se lo dije”, pero se lo dije.


Paula estaba apunto de contestarle cuando se hizo una aparición la persona a la que Paula había esperado.


― Mar, ¿están listos mis...? ― Sara se calló al notar la presencia de Paula.


Había entrado muy animadamente, pero todo su coraje se había esfumado, quedando la niña que Paula conoció un día antes en la sala de su padre. Con ocho años, la niña medía más que el promedio, quizás debido a su padre. Su uniforme una falda azul oscuro con una blusa pulcramente blanca estaba dentro de su falda, y encima un abrigo con el escudo de la escuela. Los zapatos negros estaban lustrados y sus calcetas largas blancas le llegaban a más allá de las rodillas. Su cabello lo llevaba alzado en una coleta de caballo. ¡Dios!, pensó Paula. El uniforme no había cambiado para nada.
Se paró y se acercó a la niña.


― Hola. Me llamo Paula. Trabajaré para tu padre por un tiempo. ― le tendió su mano y a Sara no le quedó más remedio que tomarla, pero apenas si la tocó.


― Sí, él me lo dijo. Soy Sara. ― la voz de Sara era apenas audible, hablaba con la cabeza agachada, o evitando la mirada de Paula.


― Sarita, siéntate. No tengo tu jugo de zanahorias, pero te haré algo rápido.


Paula era una excelente lectora del lenguaje corporal, y Sara era demasiado fácil de leer. Se había alegrado de no tomar ese jugo de zanahorias. Tomó su asiento, y se sentó en silencio. Paula esperó a que alguien empezara la conversación, pero nadie lo hizo. Mar se enfrascó en su quehacer en la cocina, mientras que Jaime se sentó, alcanzó el periódico y lo extendió enfrente de sí. Miró a Sara quien jugaba con un tenedor que tenía enfrente callada. Paula trató de animar la conversación.


― Parece ser que será un lindo día, ¿verdad?


Sara asintió levemente. Paula se quedó esperando más, pero no pasó. Mar se acercó a ellas, y colocó un plató de frutas cortadas enfrente de Sara.


― Toma Sarita, comienza con esto. Te tendré que dar una malteada o algo así, ya que no tenemos tus zanahorias.


¿Zanahorias? ¿A una niña de ocho años? ¡Que horror! Pensó Paula. Gracias a Dios, a ella no le habían hecho eso.


― Mar ― la mujer volteó y Paula le dio una cálida sonrisa. ― ¿Me podrías cambiar ese café por una malteada de chocolate? ― Sara alzó su cabeza y miró a Paula, y está le guiñó ― Como bien lo dijiste, tengo que comer algo. Y el café no es necesario ― Paula se quiso dar un tiro en ese momento. Odiaba las malteadas, y el café era su máquina para empezar el día. Tendría que parar en un Starbucks o algún lugar así. Porque ella tendría su café. ― Y así matas dos pájaros de un tiro, y le das a Sara también.


― Oh, claro Paula. Muy buena idea.


Paula oyó a Alfred-Jaime bufar detrás del periódico. Paula intentó de nuevo sacar plática a Sara


― ¿Lista para el colegio? ― Sara asintió. Paula probó una vez más ― ¿Y te gusta tu colegio? ― Sara asintió. Paula miró a Mar y ella alzó los hombros, en señal de disculpa. Jaime, por su parte, seguía escondido detrás del periódico ― ¿Y quiénes son tus profesores ahora? Déjame adivinar. 
Estás en segundo año, así que… ¿McDill? ― Sara negó. Paula sonrió para sí misma. Aunque sea unilateralmente, pero estaban teniendo una conversación. ― ¿Strauss? No, el da clases a los últimos años. ― Se contestó Paula ― Pero Salvatore sí. ¿Todavía sigue usando esa peluca mal puesta? ― a Sara se le escapó una risilla y Paula sonrió visiblemente. Jaime bajó su periódico y miro a ambas alarmado. Mar por su parte se quedó callada. ― Entonces sí. El pobre piensa que la peluca le queda fantástica, y cuando hace así ― Paula pasó su mano derecha por su cabello simulando al profesor y Sara se empezó a reír fuertemente ― no se da cuenta de que la peluca se le mueve un poco.


― Sí, aún lo hace. Y mi otro profesor es Reinders. ― contestó Sara.


Paula abrió los ojos.


― ¿Aún está de pie ese hombre? Debe de tener miles de años.


Tanto Paula como Sara sintieron la mirada reprobatoria de Mar por estarse riendo de los profesores. Y eso hizo a Sara reírse más fuerte. Al final Mar se les unió.


Entonces todos se callaron al escuchar la puerta trasera abrirse, y ver a Pedro parado en la entrada. Mar carraspeó y volvió a su trabajo. Mientras que Sara se volvió a quedar callada. Paula sintió la tensión rodear la habitación. Pedro se acercó a ellos. Traía puesto un short azul oscuro y un sudadera a juego, la cual venía ligeramente sudada. Su mirada era fría y sus gestos un tanto intimidadores, al menos para los demás, no para Paula.


― Vaya, tenemos el caos de todos los días. Buenos días a todos. ― Se hizo un silencio y después miró a Paula ― Veo que ya está aquí.


― Buenos días. ― contestó Paula.


― Buenos días ― contestaron los demás.


― Sólo pasé porque oí muchas voces. Me voy a cambiar y bajo a desayunar.


Pedro estaba ya caminando hacia la puerta pero Paula se paró rápidamente para seguirlo.


― ¿Podría tener unas palabras con usted?


Jaime salió de la nada y le dio una pequeña toalla que Pedro tomó y empezó a secarse el sudor de su cuello.


― ¿No podría esperar?


― Podría.


― Perfecto. Nos vemos en quince minutos.


Pedro salió de la habitación y Jaime fue detrás de él. Paula suspiró. Tendría que esperar. Mar le colocó un gran vaso de malteada enfrente de ella, seguido de un emparedado y un plato de frutas. Suspiró una vez más. Tendría que acabárselo todo, y ella no era de las que desayunaba. Miró a Sara y vio que ella estaba tomando todo su licuado. Vale, al menos había valido la pena el sacrificio. Su dulce café tendría que esperar.


― Y… ¿Qué tal la escuela? ― empezó a sacar la plática.


― Bien.


― ¿Qué materia te gusta más?


― Todas.


― ¿Y practicas algún deporte?


― No.


Paula se dio por vencida y se dedicó a desayunar. Lo poco que había avanzado se había ido por la coladera.



****



Pedro se encerró en su habitación tan pronto vio la puerta. 


Había oído las risas provenientes de la cocina, y se había sentido hipnotizado por ellas. Antes de entrar vio a Paula hacer un par de gestos con su mano y su cabello, y aunque se veía hermosa, y le dolía admitirlo, su foco de luz se concentró en Sara.


Había estado sonriendo, risas de verdad, sin ocultarse detrás de su servilleta, o fingiéndolas. Era una sonrisa, de las que muy pocas veces el alcanzaba a ver.


Se sentó en la orilla de su cama, y tomó el retrato de su esposa que estaba a un costado de la cama.


― Julieta, ¿Qué he hecho mal?


Se quedó sentado, en medio de la sosiega calma que lo rodeaba, esperando que en algún momento la respuesta a su pregunta llegara.


Solo obtuvo el silencio.






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