jueves, 28 de mayo de 2015

CAPITULO 5





Paula tocó el timbre de la casa a las siete en punto, tal y como lo había dicho. La puntualidad era algo fundamental en su trabajo, y el cumplir un horario, se había vuelto su forma de vida. Sólo llevaba una pequeña maleta y dentro de ella lo indispensable. De cualquier forma, si necesitara algo, bien podría pasar a buscarlo a su apartamento. O pedirle a May que se lo llevase, aunque esto último, lo dudo unos segundos.


La noche anterior, había peleado con May por lo dejar su apartamento. Había regresado a penas recientemente de su último trabajo, la hija de un hombre rico necesitaba una niñera en una cena benéfica. Y aunque la paga había sido buena, definitivamente, el trato con la “señorita” dejaba mucho que desear. Y después, había tomado el trabajo de Jorge (se había enterado de que era el padre de un regordete varón de tres kilos doscientos gramos). Por lo que no habían tenido su noche de chicas, como a May le gustaba llamarla.


En cambio, la dejaba encargada de su piso, y más aún de Coco. Eso era lo único que le dolía, dejar a Coco. Con May siendo alérgica a los gatos, tenía el pequeño detalle de que no podía estar cerca de Coco. Había tenido que recurrir a lo mas bajo, para que May accediera. Aún recordaba cada palabra dicha.


― ¡Maite Susana Angelica Jenkins! Te estoy pidiendo en nombre de nuestra bella amistad que cuides a mi precioso bebé. ― Coco estaba en la cama. La sábana verde contrastaba con el pelaje completamente blanco de su gatito ― Y no sé, si alguna vez hice algo como prestarte dinero cuando lo necesitabas, regar tus focus en tus largas y largas ausencias, tira tu basura, o no sé, ― Paula se puso pensativa un momento, y después como si se hubiese acordado de algo repentino, chasqueó los dedos ― ¡Ah! ¿Qué al salvar tu trasero de una buena paliza? Quizás entonces te lo quieras pensar antes de negarte a cuidar a mi bebé.


May había bajado los ojos al piso, visiblemente avergonzada.


― Vale, pero Coco se queda en tu casa. ― Paula iba a protestar, pero May alzó las manos ― Lo siento, pero hasta ahí llega mi tolerancia. ¿Te acuerdas como quedé la última vez que Coco me brincó en el regazo y se me arrimó? ― Cuando Paula se acordó de eso, quiso reírse, pero el gesto en la cara de May le advirtió que a ella no le haría gracia ― Y ni se te ocurra reírte. Y jamás vuelvas a decir mi nombre así. Sólo mi madre lo usa, y sólo lo usa cuando esta enojada.


Paula quiso reírse. Ser una artista independiente, y no famosa, era una de las tantas decepciones que la madre de May tenía en contra de ella.


― ¿Entonces de que estaba enojada ahora cuando entré?


May la miró y bufó.


― Bueno, siempre esta enojada. Le pasa todo el tiempo.


Ambas rieron. Paula acordó que Coco se quedara en su casa, pero que May la fuera a ver de vez en cuando.


Sabía que tener una mascota con su tipo de trabajo era una crueldad para el pobre animalito. Pero no se había podido desprender de ella. Siempre que lo veía al regresar a casa, ella sabía que en verdad había llegado a casa. Y no solo eso. Coco le traía maravillosos recuerdos de su infancia, y de toda su vida.


La puerta emitió un chirrido, abriéndole el paso, y ella entró en la residencia Alfonso.


Ubicada en una zona residencia exclusiva, la residencia no dejaba atrás a sus vecinos. Era una mansión enorme. 


Aunque claro, distaba mucho de la que su padre tenía en Bel Air. La cual Paula había visto como su prisión por muchos años. Sin embargo, la casa del Candidato Alfonso no tenía ese aire. Muy por el contrario, la casa daba un aire principesco. Siguió avanzada, admirando los enormes pilares que estaban en la entrada. Eran seis grandes columnas formando un medio círculo que llegaban hasta el último piso. La casa, que constaba de tres pisos, estaba pintada de un color melocotón y el techo cubierto de tejas.


Cada habitación tenía ventanales enormes que iban del suelo al techo, de pequeños cuadros y un balcón que daba hacia el exterior. La frondosa vegetación estaba por todos lados. Una casa de ricos, suspiró Paula.


Se había cuestionado miles de veces en toda la noche y parte del trayecto el porque había aceptado ese trabajo. 


Tenía muchas inconvenientes tales como:
a) Estaba emocionalmente vinculada con el caso por su padre (al cuál no veía ni hablaba)
b) Estaba emocionalmente vinculada en el caso por la pequeña niña (Con sólo un vistazo, se había sentido identificada con ella. Joder)
c) Estaba emocionalmente vinculada en el caso por una descarga eléctrica que había sufrido debido a un apretón de manos. (Y daba la casualidad que la sacudida se la había dado su jefe, y cliente)


Sí, la había arruinado por completo. Pero bueno, ella era Paula Chaves. Y sí algo tenía, era que su palabra no era tomada a la ligera. Ella había aceptado y trabajaría ahí.


Llegó a la entrada de la casa, y no tuvo necesidad de tocar la puerta, ya que el mayordomo que le había abierto el día anterior la estaba esperando.


― Hey, buenos días. ― le dijo Paula alegremente. Quería empezar las cosas con el pie derecho.


El mayordomo la miró de arriba abajo, evaluándola.


Paula repasó mentalmente: Lavarse los dientes: hecho. 
Ponerse desodorante: Hecho. Peinarse: Hecho. No salir desnuda: Verdaderamente hecho. Ponerse los zapatos a juego –una vez se había puesto uno de uno, y otro par, y había caminado por Beverley Hills así. Cuando no estaba en servicio era una verdadera pena- Mmm... Titubeó. Miró hacia abajo. Suspiró. Hecho. Vale, entonces el mayordomo no tendría nada que decir.


El mayordomo –que le recordó mucho al mayordomo de Batman, ¿Cómo se llama?... ¡Ah sí! ¡Alfred! – La dejó de apreciar, y la miró seriamente.


― Buen día, Señorita Chaves.


Paula suspiró. Ya que no sabía su nombre, sería Alfred. Bueno, pues aclararía unos puntos con Alfred. Trató de ser un poco amistosa.


― Oiga, voy a vivir bajo el mismo techo que usted, ¿no podría tutearme mientras tanto?


― Lo siento, Señorita Chaves. No me siento cómodo con ello.


― Pero si voy a ser una empleada más. Eso reduce mi rango ― cualquiera que este sea, pensó Paula para sí misma.


― Aún así, prefiero referirme a usted como Señorita Chaves.


― Bueno, vale. Pero tiene mi permiso para tutearme en cualquier momento.


― Entendido.


― Mmm… ¿Y usted no me va decir los mismo?


Alfred la miró de arriba abajo… otra vez.


― Venga conmigo, Señorita Chaves. Le mostraré su habitación.


Fin de la discusión, pensó Paula. Bueno, tendrían tiempo. 


Empezaron a caminar a mano derecha, a través de un pasillo ancho, lleno de cuadros y objetos colgados en la pared. Típica decoración de casa de ricos. ¿A quién habrán contratado? Paula miró a Alfred.


― ¿Y el Sr. Alfonso?


― Salió a correr. ― constató suavemente Alfred.


― ¡¡¿¿QUEEE??!! ― gritó Paula.


Alfred se detuvo y la miró.


― Señorita, podré estar viejo, pero no sordo, así que le ruego no me grite.


Paula se repuso rápidamente.


― Lo siento, pero ¿Cómo que salió a correr?


Alfred siguió caminando.


― Es su rutina diaria. Sale a correr de seis a siete, regresa, descansa, Despide a Sara y empieza con su trabajo. Es así todos los días.


Paula sintió unas ganas tremendas de descargar las balas de su arma en el cerebro de alguien. Del mayordomo, por haberlo dejado salir. O del Sr. Alfonso por haber salido. O quizás el de ella, por no haberle preguntado antes por su rutina. Paula se apresuró a seguir a Alfred.


― Sí, pero eso fue antes de que ― alzó su mano derecha y empezó a enumerar ― a) fuera candidato a senador de los Estados Unidos. b) Que su hija sufriera un intento de secuestro. c) que YO llegara a esta casa.


Alfred la volvió a mirar.


― Adoro como enumera sus prioridades Señorita Chaves. No hay otra que desee que el señor haga caso de sus consejos y cuide de su persona.


― Bien, en eso estamos de acuerdo. ¿A dónde va a correr?


― Pues algunas veces al Hancock Park, otras al Griffith Park, o si no, al Elysian Park. A veces se lleva el carro, y otras, como hoy, sale a correr a pie.


Vaya, al menos no mantenía una rutina específica, pensó Paula.


― Vale, en dado caso, no tiene sentido que salga a buscarlo, cuando es obvio que esta por regresar.


Se detuvieron frente a una puerta.


― Entonces se puede instalar. Su habitación, señorita Chaves.


Alfred se hizo a un lado, dejando pasar primero a Paula. El cuarto parecía más una suite de hotel. Era enorme. Tenía su propia salita dentro de él. La cama era una matrimonial, forrada de una sábanas que parecían de seda.


― Oiga, ¿seguro de que esta es mi habitación?


Alfred no se molestó en contestar. Fue hacia la ventana y abrió las cortinas. La luz baño la habitación.


― Si desea algo, puede pedírselo a cualquiera de las sirvientas. Más adelante la presentaremos con el personal. Me imagino que querrá conocerlos a todos.


Paula asintió. Dejó su maleta caer a un costado de la cama. El ruido que hizo, por lo visto no le hizo mucha gracia a Alfred.


― ¿Ya se despertó la niña? ― preguntó Paula. Según sabía entraba a las ocho a la escuela. Consultó su reloj. Eran las siete con diez.


― ¿La niña? ― Alfred enarcó las cejas ― ¡Oh! Se refiere a la señorita Sara. Sí, así es. La señora Perkins la está alistando.


Seguro se refería a la mujer que había entrado siguiendo a Sara el día anterior.


― ¿A que escuela va?


Paula repasó que no sabía muchas cosas. Tendría que ponerse al tanto sobre muchas. Escuelas, horarios, empleados… Por eso no le gustaba trabajar a plazo fijo. 


Muchas caras, muchos datos. Y encima, involucrarse.


Alfred le dijo el nombre y Paula silbó. Una de las más exclusivas de la cuidad. Parecía que el señor Alfonso no se tomaba las cosas a la ligera. Ese colegio era uno de los más caros del distrito, e iban los hijos de grandes empresarios, senadores, congresistas, y personas de renombre. Paula también sabía que además de ser una de las más caras también era una de los colegios con un gran nivel educativo y el sistema de seguridad era supremo. Nada entraba en esas paredes sin que antes hubiese pasado por cámaras de seguridad y se checaran credenciales. Su directora, si más no recordaba era la Señora Edwina Rosavelt Carmichael. 


¿Cómo lo sabía?


Ese había sido su colegio.


― ¿Algo más?


Paula salió de sus pensamientos. Miró la vasta habitación. Ahí no hacía falta nada. Pero no se podía quedar encerrada esperando a que dieran las ocho y empezara a trabajar. 


Tenía que ir sondeando el terreno. Observar todo. Le sonrió a Alfred.


― ¿Puedo tomar una taza de café?


― ¿Quiere que se la traiga a su habitación?


Paula abrió los ojos y alzó las manos.


― ¿Qué? ¡No! Mire, en serio, le hablaré por usted, ya que no me quiere tutear. Soy una empleada, no la visita. Así que no tenga ese trato conmigo. Si me indica donde esta la cocina, yo puedo hacerme mi propio café.


― ¡Eso quisiera verlo! ― susurró Alfred.


― ¿Y porque sería una sorpresa? ¿Qué? ¿Piensa que soy una tonta que no sabe hacer café? Para que lo sepa soy una graduada de la UCLA, además, tengo varios…


Alfred tuvo la modestia de sonrojarse.


― No me refería a usted, si no a que me gustaría ver si puede tocar algo en la cocina, con Mar en ella.


― ¿Mar? ― Paula sabía algo de español, y definitivamente, Mar era un nombre raro.


― Si me acompaña, se la presentaré.


Paula dejó la maleta, se acomodó la chamarra de mezclilla y siguió a Alfred.







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