martes, 9 de junio de 2015
CAPITULO 43
Ambas mujeres se quedaron mirando, ambas sorprendidas, pero una mortalmente asustada. La madre de Pedro sonrió y se alejó del dúo de hombres caminando hacia Paula.
Calculándole unos cincuenta y pocos años, Nadia vestía un traje sencillo de dos piezas color verde jade y llevaba una mascada atada a su cuello en estampado de verdes, no era tan alta como había esperado, pasaría incluso del metro sesenta, un poco casi de la estatura de May. Llevaba unos zapatos cerrados de tacón bajo y un maquillaje discreto.
Tenía algunas canas en su cabellera castaña oscura el cual estaba sin teñir. A Paula le sorprendió que una mujer de su posición llevara tan altiva y elegantemente sus canas como Nadia. No tenía un físico conservado pero tampoco estaba gorda, más bien moldeada. A primera vista no tenía un parecido con Pedro pero conforme se acercaba vio con deleite que sus ojos eran del mismo tono acaramelado que el de Pedro. Eso y su color de tez, ni morena ni blanca eran el parecido de ella con su hijo. Cuando estuvo unos pasos ante ella le dio una sonrisa de anuncio. Vaya, otro parecido con el hijo.
― Vaya, pero si eres tú.
Paula no supo que contestar, se quedó callada. Miguel las miró a ambas intrigado viajando la mirada de un lado a otro y terminando en Paula.
― ¿Ya se conocían?
― Anoche en el gimnasio, fui a nadar un poco. ― Paula recordó el incidente y deseó desaparecer. Casi liquida a la madre de Pedro, pero ella parecía reírse del asunto, agitó su mano y le dio una sonrisa deslumbrante a Miguel ― Creo que lo de la pistola es algo normal en esta chica cuando conoce a alguien.
Ahora sí Paula deseó que la tierra se la tragara, que se abriera un hueco en donde estaba parada y la desapareciera de la vista de todo el mundo. Porque por como la miraron Pedro y Miguel en ese momento o lo hacía la tierra o lo hacían ellos. Sus ojos se abrieron de par en par y la miraron con asombro, y dolencia. Incluso sintió la mirada en su espalda de Carlos y Viviana, y se sintió peor al tener testigos de la tensión de anoche.
― ¿Le apuntaste con una pistola? ― gritaron Pedro y Miguel en unísono haciendo que Paula cerrara los ojos como una niña regañada.
Nadia soltó una risita al ver la reacción de Paula y de los dos hombres, se giró y alzo las manos para darles unas palmaditas a ambos hombres que estaban un poco pálidos y sorprendidos.
― Calma, calma. Eso me pasa por meterme donde no me llaman. ― Después se acercó a Paula y le dio la misma palmadita animándola a abrir los ojos, y cuando ella lo hizo, le pasó la mano por la espalda como si fueran viejas amigas ― La pobre le estaba dando una tunda al saco de boxeo. ¿Se arreglaron las cosas con tu novio?
Paula oyó a Carlos toser lo que sea que estuviera comiendo y ni siquiera se ánimo a mirar a Pedro o alguien. Siguió mirando a los ojos a Nadia, buscando una manera de disculparse.
― Ayer estaba muy alterada por muchas cosas. Pero de novios nada. ― Se arriesgó y le dio un vistazo a Pedro quien estaba serio e impasible y siguió hablando ― Lo siento mucho en verdad, es sólo que tenía los nervios un poco alterados, y… bueno, no es excusa, pero estaba agotada. Pero no es nada, absolutamente nada que ver con novios. ― entonces reparó en que había usado un plural y lo corrigió ― O novio.
Nadia hizo un gesto de desilusión y la abrazó aun más fuerte.
― Es una lástima, una mujer con un fuego como tú… los hombres de ahora no saben lo que se pierden. ― miró al otro lado de la mesa donde Carlos y Viviana estaban observando en silencio la escena ― ¿Qué te parece Carlos? Es soltero, y guapo.
Le costó todo, pero todo su autocontrol el no echarse a reír en su cara. Sin embargo Viviana no pudo evitarlo y escondió su risilla detrás de la servilleta. Miguel la ahogó con un carraspeo mientras que a Pedro no le cayó en gracia el comentario. Paula miró a Nadia controlando su reacción.
― Muchas gracias pero prefiero seguir soltera.
― Lo mismo digo. ― susurró fuertemente Carlos provocando más risas, incluidas las de Pedro. Paula lo fulminó con la mirada pero se aguantó en contestar.
Nadia soltó a Paula y miró al otro lado de la mesa.
― Oh Viviana, perdón por no haberte saludado ― Caminó hasta su lugar y se inclinó para darle un beso en ambas mejillas ― ¿Cómo estás?
― Muy bien, un poco atareada ― tomó de las manos a Nadia y la volvió a abrazar ― Un placer volver a verte Nadia.
Carlos se levantó de su asiento y se acercó a las mujeres para darle una verdadera bienvenida a la mujer. Desde mucho antes de que Pedro saltara a la candidatura, Carlos y Nadia eran viejos conocidos. Le dio un beso en la mejilla.
― Nadia, tan guapa como siempre.
Miguel caminó hasta ellos y le arrebató a Nadia de los brazos.
― Atrás muchacho, yo la vi primero.
Nadia soltó unas carcajadas y se tocó su vientre no plano.
― Par de tontos, déjenme sentar. Tengo un hambre voraz. ― dijo mirando a Paula.
Ella le devolvió la sonrisa pero el hambre insaciable con el que había despertado se le había evaporado en ese momento.
Pedro se quedó en su lugar de siempre, y Miguel ocupó su lado derecho como siempre. Nadia se sentó en el lado izquierdo y a petición suya Paula se sentó a su lado, y al lado de ella, Viviana, mientras que Carlos se sentó al lado de Miguel. La conversación empezó a florar entre todos. Viviana con Carlos, Carlos con Miguel, Miguel con Nadia, Nadia con Paula y Paula con ella misma. Se sentía letalmente nerviosa.
Era como si en cualquier momento alguien la fuera a señalar y le dijera que se había acostado con Pedro Alfonso.
¡PEDRO ALFONSO! Paula dejó salir un suspiro. Cuando metía la pata, la metía hasta el fondo. Eso era lo que pasaba cuando se rompían las reglas, pensó Paula. Y encima, tenía la llamada de Alex. Aunque esperaba un informe detallado del tal Díaz, con la poca información que Alex le había compartido la tenía nerviosa. Deseaba regresar a Los Ángeles lo más pronto posible.
― ¿Siempre comes tan poquito?
Paula salió de su ensimismamiento y vio que todos la observaban, al parecer Nadia había repetido la pregunta.
― ¿Qué? ― miró entonces su planto entero. Los huevos y el beicon seguían intactos ― Oh, no, es solo que hoy no tengo hambre.
― Estas mujeres de hoy. Comen como pajaritos. ― habló corriendo la mirada de Paula a Viviana y soltó una risa fuerte ― Cariño, a los hombres le gusta un poco de carne para agarrar. ¿Me entiendes?
Unas fugaces escenas de la noche anterior aparecieron en la mente de Paula.Pedro encima de ella, debajo, a su lado, ambos gimiendo, y gritando de placer. Sintió que el color se le subía al rostro y se enfadó por ser tan fácil de turbar. Ni siquiera se molestó en mirar a Alfonso, ya que sabía que si lo hacía se delataría.
― Oh, no, yo como bien. Es decir, casi me como una vaca entera ― Oyó la risa de Miguel y vio que estaba diciendo puras barbaridades. Tomó un respiro y habló mas calmada ― No es decir que tengo un apetito saludable.
Quizás los demás no se habían dado cuenta del pequeño rubor que había cubierto las mejillas de Paula pero a él no le había pasado por alto. Y por el último comentario con un sentido altamente sexual que su madre había dicho y el causante de ese rubor, Pedro podía imaginarse lo que Paula había recordado. Pedro deseó que su madre siguiera interrogando a Paula, pero sintió más penas por la última y decidió ir en su rescate. Tenía la impresión de que si no lo hacía, el pagaría los trastes rotos. Posó una mano sobre la de su madre para llamarle la atención.
― Mamá, déjala en paz. Cuando lleguemos a la casa, le puedes preguntar a Mariana por ella y te dirá que Paula tiene un excelente apetito.
Paula cruzó la mirada con la de Pedro y aunque él lo había dicho en el puro sentido literal, por el cruce de sus miradas ambos hicieron la interpretación. Paula fue la primera es desviar la mirada para ir por su vaso de agua. Su madre, siguiendo en su mundo sonrió y asintió.
― Vaya, me alegro. Aunque por lo que vi ayer, haces mucho deporte, me alegro.
Paula se llenó la boca de frutas con tal de no contestar y sólo agitó su cabeza asintiendo afirmativamente. Nadia aceptó su respuesta y siguió hablando.
― Ojala yo pudiera hacer algo. Pero aquellos días de juventud se quedaron tan lejanos.
― Aun eres una adolescente Nadia. ― contestó el viejo de Miguel y ambos sonrieron. Paula dejó de atiborrarse de comida y observó a Miguel y luego a Nadia.
Aquí había algo que a ella se le estaba pasando, pensó Paula. Ojos cerrados, risitas discretas, tonos de voz agudos, voz calmada y dulce. Hay no, lo que le faltaba…
― Viejo pillo, tu solo buscas la forma de alabarme. ¿Y por que estabas tan enojada anoche? ― Paula buscó algo que decir mientras que Nadia seguía ― Usualmente mi instinto nunca me falla y pensé que era por un hombre. Casi siempre lo es. Vaya, debo estar perdiendo el toque.
Pedro tomó un poco de su café y sonrió a su madre.
― En realidad fui yo el culpable. ― Paula se quedó de piedra al ver que se echaba la culpa y salía en su defensa ― Paula dice negro y yo digo blanco y no hay modo de ponernos de acuerdo. Creo que era mi cara la que veía en ese saco.
Y Pedro no dudada en que eso fuera cierto.
― Vaya… ― Nadia adoptó una pose pensativa y asintió feliz ― entonces si es por culpa de un hombre.
Paula miró a Pedro con cara de pocos amigos y sonrió exageradamente.
― Si, su hijo tiene un don para sacarme de mis casillas. ― harta del tema, decidió cambiar el rumbo de la plática ― ¿Y que tal su viaje en México?
― Oh cielos. Que linda por preguntar. ― Nadia era muy gesticulosa, observó Nadia. Y siempre tenía que tener contacto con otra persona, comprendió al sentir su apretón en la mano ― Fue maravilloso. Visité a todos mis parientes. Tantos niños nuevos y sobrinos. Me dolió mucho saber que un primo muy querido había fallecido hacia unos meses.
El cambio de conversación no fue tan bien, apuntó Paula y otra vez deseó que la tierra se la tragase. En vez de eso, suavemente apretó su mano y coincidentemente Pedro hizo lo mismo.
― Mis condolencias.
Los demás también ofrecieron sus pesares y entonces Pedro le dijo unas palabras en español y como Paula solo sabía muy pocas palabras no entendió casi nada. Pero vio la mirada cariñosa que madre e hijo intercambiaron y se sintió fuera de lugar. Con una suave caricia en la mejilla de su hijo y un beso en la mano de la madre, Nadia y Pedro terminaron de platicar.
― Lo siento ― se disculpó Nadia con todos tratando de ocultar las lágrimas que rebeldemente querían brotar ― Desgraciadamente no podemos contralar todo en la vida y este es uno de los ejemplos. El curso de la misma no está regido, hay que tejerlo.
― Interesante filosofía. ― opinó Viviana, interviniendo por primera vez en la plática, mientras que Carlos se mantenía al margen leyendo unas hojas en la mesa.
― Me sirve mucho. ― El aura de alegría volvió a rodear a Nadia. Súbitamente se volvió hacia Pedro, tanto que Paula pensó que se rompería el cuello. ― ¿Cuéntame cómo está mi pequeña princesa?
La última palabra la dijo en español, pero Paula logró entenderla. Princesa. Se refería a Sara. Paula y Pedro se miraron y en sus miradas bastó para que Paula captara el mensaje: Nada de hablar del intento de secuestro de Sara con Nadia. Aquella mirada férrea la pasó por toda la mesa y todos asintieron. Paula volvió a pensar en Sara y sintió nostalgia por estar tan lejos y más aún, con alguien libre tratando de hacerle daño. El que Leandro estuviera con ella calimbaba un poco pero no lo suficiente hasta atrapar a quien quiera estuviera detrás de ello.
Pedro se escondió detrás de la servilleta de tela y se limpió unas migajas invisibles para después sonreírle a su madre.
― Sara está bien, te extraña.
― Como yo a ella, pero las clases no me permitieron llevarla al viaje.
Pedro asintió, y Paula casi esperaba que Nadia siguiera con las preguntas, hasta que Carlos se levantó de la mesa.
― Bueno, muy buena la plática pero ahora a trabajar. Nadia, en dos horas viene algunas revistas y periódicos a hacer una entrevista a Pedro, y tu presencia será fundamental a falta de una señora de la casa.
― Por dios Carlos, descansa un poco. ― Se quejó Nadia.
― Descansaré hasta que él ― y señaló a Pedro con fiero orgullo ― haya ganado, no antes. Además, Ramiro viene hoy a traerme unos papeles de Los Ángeles y quiero dejar las cosas bien.
― Pero Ramiro ya está aquí. ― interrumpió Nadia, atrayendo la atención de todos sobre ella.
― ¿Qué? ― preguntó
― Claro, lo vi anoche en el hotel cuando llegué. ― Nadia contestaba como si nada pasara.
Paula observó a Carlos rascarse la cabeza tratando de recordar.
― Vaya, quizás me equivoqué con la hora. Entonces pediré a recepción que me comuniquen con él.
Viviana se levantó rápidamente de su asiento también.
― Yo también me retiro. Tengo algunas cosas que tratar con Carlos antes de que vengan los medios.
Ambos se disculparon y salieron del salón. Nadia y Miguel se quedaron terminando de desayunar mientras que Paula se quedó pensando en ese raro cambio de planes de Ramiro.
Quizás no fuera nada, pero hablaría con Ramiro.
Cuando terminaron de desayunar, Paula se excusó y se fue a su habitación para lavarse y cambiarse, mientras que Miguel y Pedro se quedaron en la sala hablando y tomando café. Nadia también se había retirado a su cuarto para cambiarse para la entrevista.
De espaldas a la puerta, Paula pensó en los giros que habían dado de la noche a la mañana. La noche con Pedro, la llegada de Nadia, la llamada de Alex, las teorías de Leandro y la misteriosa sensación de que alguien la vigilaba.
Nada estaba yendo como debería de ir. Quizás regresando a casa las cosas volviera si no a la normalidad, al menos un poco de ella.
Era como Dorothy en el país de Oz, deseando regresar a casa.
― Parece que ya no estamos en Kansas, Toto. ― susurró Paula a sí misma.
Salió arreglada con su ropa de trabajo, aunque batallando con la camisa preparándose para las veinte preguntas de Nadia, pero sólo se encontró a Pedro en la salita tomando café.
― ¿Y Miguel?
Pedro dejó a un lado la taza de café para levantarse y caminar hacia ella.
― Se ha ido a cambiar para la entrevista y a platicar con Carlos.
Pedro siguió caminando hacia ella y Paula dio un paso atrás.
Estaban solos. Y la mirada de Pedro estaba cargada de magnetismo sexual, o como diría May, sexualnético.
― Así que problemas con el novio, ¿eh? Y estoy cien por cien seguro de que al que apaleabas ayer en la noche era yo.
Con cada paso que daba, Paula retrocedía otro, hasta quedar pegada a la pared.
― Quieto ahí Casanova, que estamos trabajando. ― le lanzó una mirada amenazadora cuando vio que alzaba una mano para tomarla de la cintura.
Pedro no se dejó amedrentar y le acarició la curva del cuello.
― Anoche estábamos trabajando también.
― ¡Mi dios! ― gimió Paula y le tapo la boca a Pedro.
Recordar lo sucedido la noche anterior, le provocaba una marea de sentimientos encontrados. Entonces vio su gesto y bajó la mano rápidamente ― Esto está mal. De seguro en otra vida hice un mal muy grande para que todo esto me esté pasando a mí.
― Vamos, no exageres. Además, mi madre no es ninguna bruja. Te encantará ― Al ver la mirada de Paula tuvo que agregar ― Pero nadie se enterará de esto.
― Eso espero porque si no, esto se acaba… aquí y ahora.
A pesar de la firmeza con la que había empezado, terminó temblando al ver la mirada de hielo de Pedro. Incluso sintió un escalofríos viajar por todo su cuerpo.
― No. ― La voz de Pedro era una línea delgada de tensión. Se aclaró la garganta y alzó la mano para acariciar la mejilla de Paula ― No podemos. Ambos lo deseamos.
La intimidad disfrazada en aquel gesto, una caricia escondida en el roce de su mano hacia que Paula se sintiera extraña. Era más de lo que estaba dispuesto a admitir en esta ocasión. Hizo la mejilla a un lado y se volvió a alejar.
― Mantén tus manos en tus pantalones vaquero, que ya tengo suficientes problemas.
― Aguafiestas. ― Paula le sacó la lengua y se fue hacia la sala. Pedro suspiró ― Pero tienes razón. Cuéntame sobre lo que te dijo Alex.
Paula le contó todo lo que sabía. Pedro, nervioso pidió hablar a casa, y aunque Paula ya había hablado anteriormente Pedro quería hablar con Sara. Paula argumentó que era sábado y quizás estaría descansado.
Aún así, marcaron a la mansión y al segundo timbre Jaime contestó. Luego de algunos saludos y comentarios, Jaime le pasó a Sara.
Paula sonrió al ver la cara de alivio de Pedro al oír la voz de Sara. Pedro cerró los ojos, miró a Paula y sonrió. No solo por saber que Sara estaba bien, sino por su tono de alegría con el que lo había recibido. Hacía mucho tiempo que no gritaba su nombre con tanto entusiasmo.
― ¿Cómo están las cosas por allá? ¿Todo bien?
― Sí… ― Sara hizo una pausa, recordando a Leandro, tirándola al piso durante los entrenamientos. O huyendo de la Sra. Perkins para ir a sus entrenamientos. ― Todo bien.
Pedro frunció el ceño.
― ¿Estás segura? Te oigo un poco nerviosa. Sara, si sucede algo…
― Papá, estoy bien. Es por el concurso, estoy ensayando mucho, y es mi primer concurso. Tú sabes.
Pedro sintió una gran llamarada de orgullo.
― Pequeña, lo harás bien, ganes o no, lo harás bien. Todos estaremos ahí para apoyarte, ya lo verás.
― ¿En serio?
― Claro que sí. Además, te llevo una sorpresa que sé que te va a encantar. ― Y pensó en su madre. Sara y Nadia tenían una relación más allá de lo familiar.
― ¿No serán esas bolas de nieve verdad?
― Pensé que te gustaban. ― Aunque en realidad había sido idea de Viviana comprarle esas cosas para colección. Ella tenía muchos muñecos de porcelana que había comprado en mucho tiempo.
― Son lindas, pero yo…
Sara no siguió y Pedro agradeció que su hija no hiriera sus sentimientos. Volvió a sonreír con ganas sin poder evitarlo.
― Nos vemos Sara. Te quiero.
― Te quiero también papá. ― contestó su hija y colgó.
Se quedó unos segundos absorbiendo las palabras de su hija, dispersándola por todo su cuerpo. Añoraba tenerla en sus brazos pero eso podría esperar hasta regresar a casa.
Se dio la vuelta y con sus piernas cruzadas, Paula estaba sentada en el sillón grande riendo sin parar.
― Debes de dejar de comportarte como un padre paranoico.
― ¿De qué hablas? ― contestó indignado.
― De Sara. Pobre, cuando empiece a ir a la universidad y salga con chicos…
Paula dejó la frase volando en el aire y sonrió al ver la cara amargada que puso Pedro. Él llego hasta el mueble y se sentó a su lado.
― He pensado en algo como encerrarla en un convento o tener un tutor en clases hasta su master.
Paula soltó una carcajada.
― Eres un idiota algunas veces. ― lo miró y dejó de sonreír ― Y esas veces también puedes ser encantador.
― ¿Eso amerita un beso?
Con un suspiro alzó los ojos cansada, y vio la mueca de Pedro. Lo tomó de la corbata y lo jalo hacia ella.
― Ven aquí Casanova.
Lo besó con furor, alegre por Sara y él, y porque su relación estaba avanzado. Le mordió el labio inferior y después de unos gloriosos segundos se separó de él a pesar de las protestas de su cuerpo.
― Buenos días América ― gimió Pedro y se levantó del sillón ― que yo voy por una ducha fría.
Paula sonrió y lo observó marcharse. Cuando estaba llegando a la puerta le gritó.
― Es mi encanto.
Oyó un resoplido cuando la puerta se cerró.
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