martes, 9 de junio de 2015
CAPITULO 42
Cuando Pedro despertó lo primero que sintió fue la ausencia de Paula. Se había despertado varias veces a lo largo de la noche, después del primer encuentro, y cuando había querido ir lento y saborear su cuerpo, ella lo había pedido rápido. Sonrió al recordar la plática nada romántica que habían tenido.
― ¿Hacemos un trato? ― había preguntado ella besándolo y tentándolo a ir por más, pero él había querido tomarse su tiempo.
― Soy todo oídos
― Dado que ambos estamos un poco encendidos… lo hacemos a mi modo primero, y el segundo round es todo tuyo.
Pedro se había echado a reír. La pequeña granuja sabía hacer negocios.
― ¿Qué te parece esto? ¿Primero a mi modo y después al tuyo?
― No, por dios…
― ¿Entonces qué te parece esto? Inventemos un nuevo modo. Ni tuyo ni mío.
― Puede funcionar. Veamos
Y habían encontrado un ritmo placentero para ambos. Y claro, habían cumplido su trato también. A la manera de ella y a la manera de él. Cuando habían terminado, ambos habían estado agitados y cansados, sudados y completamente saciados. Sin embargo, cuando había estado a punto de dormirse Paula lo había corrido de su habitación, bajo la excusa de que al día siguiente, o mejor dicho dentro de un par de horas, no quería correr peligro en que alguien los encontrara ahí o saliendo de su habitación. Pedro se había quejado pero Paula no lo había escuchado, se había puesto la camisa de él y le había pedido gentilmente que se marchara. Eso del día después era muy cierto pensó Pedro.
Ahora entendía a las mujeres que ansiaban un abrazo, un beso de buenos días Vaya hombre estaba hecho.
Se dio la vuelta en la cama, y colocó un brazo sobre su cabeza. La noche anterior con Paula había sido totalmente diferente a todo lo que había experimentado. No era un hombre muy dado a estar con una mujer y luego con otra y desde la muerte de Julieta no se había sentido sexualmente atraído por ninguna mujer. Incluso con Julieta había sido cuidadoso, tan frágil, tan inocente. Pero con Paula, siendo un hombre de casi cuarenta años, había experimentado una nueva faceta. Sólo había un pequeño problema con todo.
Paula no veía futuro en eso. Increíble, pero él sí lo hacía, sólo había que convencerla a ella. Deseaba tanto poder despertar y ver su expresión al despertar, admirar sus gestos y ser la primera persona que viera ese día. Poder despertarla con besos y quizás…
Al parecer su amigo también se había despertado. Sacudió la cabeza y se levantó de la cama, totalmente renovado, casi rejuvenecido. Aunque la ducha fría no le atraía en lo más mínimo, aquél día tenía mucho que hacer.
Oyó unos pasos afuera y automáticamente pensó en salir.
Quizás era Paula y podía… pero a medio camino se detuvo.
¿Y si no era ella? Claro, el gran candidato Alfonso, paseándose desnudo por la suite del hotel. Ya empezaba a ver los inconvenientes de esa relación o lo que fuera que fuese. Se fue a la ducha y antes de entrar oyó un móvil sonar.
Paula fue a atender el móvil rápidamente. Estaba en la mochila que estaba en la entrada y lo rebuscó entre la ropa y sudadera. Cuando lo encontró vio el número y se quedó extrañada. Rápidamente contestó.
― ¿Alex?
A miles de kilómetros Alessandra se recargó contra el buró de la oficina de su primo William, en Washington, DC.
― ¿Te suena el nombre de Guillermo Díaz?
Paula rebuscó el nombre en su memoria, pero no encontró nada.
― No, para nada. ¿Por qué?
― Hice mis averiguaciones, y al parecer Díaz hizo una contratación de cuatro hombres. ― Alex miró los papeles que tenía en la mano, un informe que William le había prestado el día anterior ― El mismo día que el intento de secuestro de la hija de Alfonso, en la misma zona y por la descripción del chófer, el mismo modus operandi.
― ¿Crees que es él?
― Puede ser, pero esto no te va a gustar.
― ¿Qué pasa?
Alex pasó a la siguiente hoja, una hoja muy larga con el curriculum delictivo de Díaz.
― Guillermo Díaz esta en la lista de los más buscado de la CIA y el FBI y todas las listas que te puedas pensar. Este hombre hace de todo: drogas, armas, asesinato, pornografía, pedofilia. ― Alex dejó las hojas y fue a la ventana de la oficina ― Paula, este hombre es malo, con letras mayúsculas.
― ¿Qué relación puede haber entre ese hombre y Alfonso?
―- No lo sé, pero será mejor que lo averigües, porque esto nena, no pinta nada bien.
― Vale, lo haré. Manda todo lo que tengas de ese tipo a la Mansión Alfonso y mantenme informada.
Paula colgó pensando en las palabras de Alex. Tenía la impresión de que algo se le estaba pasando. Volvió a repasar el nombre pero no le sonaba de nada. Al recordar la lista de “cualidades” del hombre sintió un escalofríos y súbitamente pensó en Sara. Marcó a la Mansión pero nadie le contestó. Eso la puso nerviosa, así que marcó al móvil de Leandro, pero no contestó. Paula estaba poniéndose cada vez más alterada hasta que a la tercera llamada Leandro contestó.
― ¿Por qué tardaste tanto en contestar el teléfono? ― rugió Paula contra el teléfono.
― Hola para ti también cariño. ― contestó con sarcasmo Leandro ― Y por si no lo sabías, tengo necesidades en las que me gusta tener mi intimidad y un celular hace que no me concentre.
Paula se alejó del teléfono e inhaló profundamente pidiendo paciencia.
― Eres un cerdo, Lean.
― Tú preguntaste.
Dejando la pelea en paz, Paula fue directo al grano.
― Leandro, acabo de hablar con Alex.
Le contó todo lo que Alex le había dicho y sus propias teorías. Leandro, al otro lado de la línea, la escucha atentamente, y cuando ella terminó él agregó que en Los Ángeles las cosas estaban muy tranquilas y no había visto ni él ni Augusto ni nadie, nada sospechoso.
― Aquí las cosas también están tranquilas. ― hizo una pausa al recordar el día anterior en el gimnasio y decidió contárselo a Lean ― Pero no sé, desde ayer siento como que alguien me vigila, no a Alfonso, sino a mí.
Se hizo un silencio nada cómodo.
― ¿Tu padre? ― preguntó por fin Leandro.
Paula también había pensado en esa posibilidad, pero no estaba segura al cien por ciento
― No lo creo. O no lo sé. ― agregó confundida. La primera y única vez que Rafael había tratado de hacer regresar a Paula. La había mantenido vigilada por agentes de mala calaña y uno de ellos había sido herido en el acto, pero hasta ese día, Paula no sentía remordimiento alguno. ― Desde aquella vez no había tratado de vigilarme.
― Pero ahora tu cambiaste las reglas con la investigación de tu madre.
― Tienes razón. O quizás me estoy volviendo loca. ― dijo con ironía tratando de quitar tensión al tema.
― Eso sería muy probable. ― contestó Leandro siguiéndole la corriente, aunque Paula sabía que lo que le había contado no se le pasaría por alto.
― Vete al…
― Allá nos veremos hermosa. ― interrumpió Leandro y ambos sonrieron ― ¿Algo más?
― Sólo cuida a Sara, ¿Vale?
― Te estás encariñando mucho, Paula.
Aunque no hubo reproche la misma forma en la que le dijo la última frase, le hizo entender a Paula que Leandro le estaba regañando. Si supiera cuanto se había involucrado le daría una tunda de su vida. El sermón de los sermones sería dado por Leandro O’Brien ese día. Por suerte, sólo había dos personas que sabían eso y ninguno, diría nada.
― Tú sólo hazlo. Nos vemos en un par de días Lean.
Se despidieron y Paula colgó un poco más calmada al saber que Sara estaba bien. Se dio la vuelta y se encontró con Pedro en la puerta de su habitación recién bañado y mirándola directamente. Paula sintió un nudo en la boca del estómago pero lo achacó a su hambre. Eso tenía que ser.
Se acercó a él y alzó su celular.
― ¿Escuchaste?
― Sólo una parte. ― hablaba lentamente. Traducción, estaba enojado. Genial ― ¿Has sentido que te están vigilando y no me dijiste nada?
Paula alzó los ojos al cielo.
― Fue solo ayer y fue solo una sensación. No encontré a nadie.
― Paula…
Ella alzó la mano y la posó con fuerza sobre sus labios para callarlo. Aquel gesto inocente, era tan íntimo, pero no se dio cuenta.
― Se cuidarme la espalda, Alfonso, así que tranquilo. ― Y antes de siguiera con las preguntas ella habló primero ― Por cierto, ¿te suena el nombre de Guillermo Días?
― En mi vida conocí a alguien con ese nombre, ¿Por qué?
― Alex habló, tenía una pista por lo de Sara.
― Es rápida. ― comentó Pedro alzando una ceja realmente sorprendido y deseoso de saber que tenía.
― Es buena. ― defendió Paula.
Mientras que Pedro iba vestido con un traje formal al que solo le faltaba el saco, Paula iba con sus sagradas ropas de siempre, informales pero cien por cien cómodas. Unos pantalones de mezclilla negros y una blusa blanca deportiva, una chamarra de mezclilla y sus queridas botas cómodas.
Su cabello volvía a estar agarrado en una alta cola de caballo. Pedro no pudo evitarlo y acarició su cabello.
― Me gusta más suelto. Tu cabello es tan hermoso.
Un poco incómoda por el gesto. Paula retrocedió discretamente.
― Atrás vaquero. Alguien puede vernos. Y a mí me gusta así. Gracias. ¿Desayunamos? Tengo un hambre voraz. Anoche quedé famélica. ― Al mirar de nuevo a Pedro se aguantó la risa al ver sus ojos brillar. Típico de los hombres ― Ya puedes borrar esa estúpida sonrisa de tu rostro Casanova. Anoche fui al gimnasio y apaleé a un saco de arena, hice pesas y nade un poco.
― ¿Y sólo eso?
― No me harás decirlo Alfonso. ― al ver la proximidad de Pedro se sintió invadida así que dijo lo primero que se le vino a la mente ― Además, lo dije en serio ayer. Nada de promesas ni ataduras. Sólo el presente. Nadie puede saber de esto. No sólo afectaría tu carrera sino la mía. Si vamos a seguir con esto, habrá que ser discretos.
― Estas pensando en el futuro, pensé que solo teníamos el ahora.
― Me gusta tener todo planeado.
Pedro entrecerró sus ojos pero no contestó nada. En vez de eso, cambió de tema.
― Entonces mi madre y tú van a encajar perfectamente. ― al ver los ojos desorbitados de Paula, agregó ― Mi madre llegó ayer. Está hospedada aquí, y nos va a acompañar en los siguientes días.
Paula se quedó quieta. Lo que le faltaba. ¿Podrían empeorar las cosas? Acaba de acostarse con Alfonso y aparecía la madre en acción. ¿Por qué no se había tomado más días?, pensó Paula.
― No sabía que vendría. ― fue lo único que pudo contestar.
― Ni yo, somos dos. ― contestó Pedro alzando los hombros y yendo al comedor.
La comida había llegado media hora antes y Paula la había recibido, encargando desayuno para un batallón, o sea ella, y un par de platillos para los demás. Pedro se sentó en la silla principal y se colocó la servilleta. Paula agradeció el no tener que esperar a nadie, porque en verdad se estaba muriendo de hambre. Además ese día podía tomar su rica taza de café que humeaba en la mesa.
― Pero así es ella. Un alma indomable. Le encanta viajar, y acaba de regresar de su visita a México.
― Sobre eso, no es necesario que la conozca. Alguien más…
― ¿Le tienes miedo?
Había oído hablar de Nadia Alfonso, y había leído un poco de ella, pero conocerla era otra cosa. Además, no quería involucrarse más con la familia.
― Eso de las madres no se me da bien.
Tocaron el timbre, Paula se empezó a parar pero le dolían algunos músculos. Pedro la detuvo y se levantó él para abrir. Aun así Paula se levantó del comedor y fue con él. Carlos y Viviana entraron. Paula se alejó de Pedro unos pasos, y eso molestó a Pedro pero no dijo nada.
Carlos atrapado en su mundo entró y dio los buenos días sin darse cuenta de nada. Saludó a Pedro y empezó con su letanía.
― Tenemos mucho que hacer. Empezando por desayunar y luego por repasar tu discurso de la tarde.
Pedro asintió y le informo de la llegada de su madre.
― ¿Nadia? ¿Aquí? Dios, eso es genial así no aparecerás solo y con tu madre aquí podemos dar más realce a las visitas de los barrios hispanos.
Carlos siguió haciendo planes mentales y se fue directo al comedor. Viviana se quedó atrás y miraba sonrojada a Pedro.
― Pedro, ¿podemos hablar?
Pedro miró a Paula y aunque ella no dijo nada, no quería que las cosas se malinterpretaran ni con Paula ni con Viviana.
― Viviana, sobre lo de anoche…
Viviana lo tomó de la mano pidiéndole silencio.
― Lo siento tanto en verdad, no sé que me pasó, Espero que eso no cambie nuestra amistad de años.
Pedro lo pensó. Vio la cara y los ojos volteados de Paula y sonrió. Había que llevar la fiesta tranquila.
― Esta bien Viviana.
Viviana asintió y se fue al comedor con Carlos. Paula y Pedro se fueron a la mesa y cuando Paula ya estaba sentada volvieron a llamar y Paula casi grita de frustración.
Tenía hambre, joder. Casi patea a Pedro al ver que se ría de su frustración, más tarde se las pagaría. Fue Pedro quien fue a abrir la puerta y Paula oyó voces provenientes del salón.
―… y entonces la pequeña bruja me apuntó con la pistola.
Era Miguel, y Paula suspiró aliviada, Al fin un amigo, después oyó una risa femenina y le recordó a alguien.
― Oh Miguel, es todo un personaje. No sabes cuánto deseo conocerla.
Paula se quedó quieta. La voz.
Se giró rápidamente para comprobar que estaba equivocada. Primero vio a Miguel salir detrás del pasillo.
― Paula, le estaba contando a Nadia la primera vez que nos vimos.
Después apareció Pedro abrazando a una mujer menuda.
― Paula, te presento a mi madre, Nadia Ramírez Alfonso.
La sonrisa de Paula quedó congelada. La mujer, ahora ya arreglada y bien vestida era la misma que la noche anterior había conocido en el gimnasio del hotel y había confundido con la mucama. La misma que le había dicho que estaba enamorada. La misma que ahora resultaba ser la madre de Pedro. La madre del hombre con el que se había acostado.
Joder.
Las cosas si se podían complicar después de todo.
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