lunes, 15 de junio de 2015

CAPITULO 62




El verano se despidió del estado y el otoño seguía su camino. Las calles de Los Ángeles estaban llenas de hojas caídas, símbolos de una estación que se iba y una nueva que llegaba. Y del gran momento en la vida de los Alfonso. 


El día de las elecciones. Pedro y Paula estaban en el auto, entrando en la residencia, platicando de los grandes acontecimientos del día anterior. Desde que se habían levantado, habían buscado información sobre la comida, y sonrieron satisfechos al leer y oír lo que los medios contaban del día de ayer.


― Parece que fue mejor de los que esperabas, ¿no es así? ― le preguntó Paula al salir del auto, sudados y cansados de correr.


― He de confesar que tenía miedo.


Paula se quedó de su lado del auto y se recargó contra el auto


― ¿El gran Pedro Alfonso con miedo?


― No soy de hielo.


― No, eso lo sé muy bien. ― contestó mientras alzaba una ceja y le guiñaba un ojo.


Se acercaron pero se mantuvieron quietos y con hablando en susurros. Sabían que las cámaras lo estaban observando y quizás Mariana ya estaba despierta, así que no podían tentar a la suerte.


― Estás tentando el diablo. ― susurró Pedro caminando con ella a su lado hasta la cocina.


― Vamos, quizás te enseñe otro regalo.


― ¿Una corbata nueva?


Paula se tuvo que tragar la risa e inhalar para esconder el rubor. Sí le podía dar gracias a Julia Roberts y su película. 


La corbata había sido un éxito.


― Otra cosa, pero ya te lo enseñaré.


En realidad no tenía nada, pero le encantaba mantenerlo en suspenso. Pedro la detuvo antes de que siguiera caminando hacia la casa.


― Todo esto es gracias a ti.


― Oh vamos. ― se quiso girar, pero Pedro la obligó a mirarlo.


― Es en serio, Paula. Esto, que la gente me conozca, lo de Sara, lo mío. Todo. Es gracias a ti.


Paula trató de buscarle un sentido del humor.


― Bueno, si tanto insistes, te va a salir caro.


― ¿Un ramo de rosa?


Lanzó un grito ahogado al aire.


― Te olvidas que no soy una chica cualquiera.


― Jamás se me olvida.


Sabiendo que el follaje los escondía y que las cámaras no los captaban del todo le rodeó el cuello y le susurró al oído.


― Bien, porque por un Bentley haría muchas cosas.


― ¿Incluso casarte conmigo?


Paula alejó su rostro de su cuello y lo miró desconcertada. 


Jamás se le hubiera pasado algo así por la cabeza. ¿Boda? ¿Matrimonio? ¿Ella? Pedro la seguía mirando y se sintió perderse en esos ojos arenosos.


― Pedro


Pero él la calló con un ligero roce de sus labios.


― Olvídalo. Entremos.


Dejaron de sonreír y cambiaron sus expresiones al entrar en la cocina. Mariana, Nadia, Miguel y Jaime estaban sentados leyendo todos juntos el papel.


― ¿Han leído el periódico? ― preguntó Nadia al verlos pero dirigiéndose a Pedro ― Claro que lo has leído. ¡Por Dios, hijo! Fue un éxito.


― Lo sé madre.


Nadia corrió hacia Pedro y ente la estrechó entre sus brazos.


― Tu padre estaría tan orgulloso de ti. ― La mirada de Nadia se volvió nublada.


― Lo está, Nadia, ya lo está. ― contestó Miguel para acercarse y darle una palmada a su protegido.


Estuvieron hablando varios minutos más, pero cada quien se despidió para ir a sus respectivas habitaciones y ducharse para empezar el día.


Mientras el agua caliente relajaba sus tensos músculos, pensó en lo que Pedro había dicho antes de entrar en la cocina. ¿Estaría bromeando? ¿Estaría diciendo la verdad? 


Se recargó contra el frío mármol y se pasó una mano por la cara mojada, quitándose las gotas de agua que estorbaban su vista. Ninguno de los dos había confesado o dicho nada.


 Ella más que nadie tenía que callar sus emociones. Había pactado largarse el día de las elecciones. Y ese día cada vez estaba más cerca. Si quizás Pedro le dijera que la amaba, o algo, ella podría plantearse un cambio de decisión, porque el cielo era testigo, de que no quería largarse de ahí.


Cuando Paula regresó a la cocina, se quedó un momento en la entrada, observando desde la ventana. Sara se encontraba desayunando un gran vaso de malteada de chocolate, hablando entusiasmada con todos los presentes, relatando el día anterior, haciendo ademanes y gestos y no paraba de reír mientras que los demás asentían y sonreían mirándola. Con un suspiro, Paula se alegró por ella. Entró y Sara fue corriendo hacia ella.


― ¡Paula! ¡Tienes que convencer a papá de que haga otra comida así! ¡Para mi cumpleaños! ¡Sí, para mi cumpleaños! ¡Quiero invitar a Janet y a los demás! ¡Y… y…! ― del éxtasis de la alegría, Sara ya no podía hablar.


― Sí, ya capté. Veremos que dice tu padre de eso.


― Sí, sí, sí… ― fue por el vaso de Paula y se lo dio ― Toma, me voy a lavar los dientes y nos vamos. Quedé con Janet de llegar temprano.


Y salió proyectada hacia la puerta y sólo se oyeron sus pasos por el pasillo y perderse en las escaleras. Paula no dijo nada y se sentó en la mesa con las mujeres y Miguel. Jaime había desaparecido.


― A veces me pregunto donde quedó la tímida Sara. ― comentó con un suspiro Mariana.


― Calla Mary, que esta es mi nieta, la auténtica. ― Volteó hacia Paula y le tomó una mano ― Y todo es gracias a ti, Paula Chaves. ― pronunció su nombre como si de un santo se tratase, provocando un bochorno en ella ― Dios sabe que no sé como pagártelo.


Vaya, pensó Paula, aquél día todos andaban agradecidos con ella.


― No es nada, en serio.


― Hija, es demasiado. Y no sólo con ella. ― Paula casi se atraganta con el licuado que estaba tomando. ¡Dios! ¿Lo sabía? ― En toda la casa se respira un aire de tranquilidad como no lo ha habido en años. Incluso el otro día oía a Jaime tararear.


― ¿Jaime tarareando? ― preguntó sorprendida Mariana.


― Así es. Y todo es gracias a esta niña. Gracias.


― No…


― No seas terca Paula. Cuando Nadia dice algo, es que así es ― intervino Miguel y miró a Nadia, y ella le correspondió la mirada. Aquella mirada…


Paula sonrió satisfecha. La cara de aquellos dos gritaba a los cuatro vientos que estaban enamorados. Y cuando Miguel le tomó la mano a Nadia, supo que ahora ambos sabían de los sentimientos del otro.


― ¡Vamos Paula! ¡No puedo llegar tarde! ― gritó Sara y entró a la cocina a despedirse de todos y salir por la puerta que daba al exterior ― ¡Nos vemos, papá!


Giró y vio que en la puerta por la que había entrado Sara estaba Pedro escondido, quizás había oído su conversación. Le hizo una seña de que guardara silencio y le mandó un beso. Paula hizo una leve inclinación, luego miró a los demás, se encogió de hombros y le dijo a Mariana que regresaría a desayunar luego.


Dejó a Sara en el colegio casi media hora antes de lo habitual, y esperó hasta que estuviera dentro de la escuela y se perdiera en el pasillo con sus amigas. Entonces se quedó quieta, porque sintió aquella horrible sensación de ser vigilada. Saltó cuando sintió su móvil sonar y vibrar. 


Rápidamente lo tomó y contestó.


― Chaves.


― ¿Cómo está mi pequeña princesa?


Paula se quedó lívida, sintió el corazón pararse por uno segundos y su pecho comprimirse como si un gran peso la aplastase. Era la primera vez en toda su vida que Rafael


― ¿Que rayos quieres, Rafael? ― Paula arrastraba cada palabra.


― Tu papi quiere tener una plática contigo.


― Vete a la…


Oyó a Rafael chasquear al otro lado de la línea y su dulce voz cambio a una seria y glacial.


― Antes de que digas algo, cariño, puedes hacer algo mejor. Como pensarlo antes. Tengo unas fotos muy hermosas de ti y Alfonso. ¿Te estas revolcando con él?


― No sé de qué me estás hablando.


― Nos reuniremos en la cafetería que está en la esquina de la Tercera y Santa Bárbara en diez minutos. Deshazte del chofer.


Y colgó.


Paula miró a todos lados pero no dio con nadie. Rafael la estaba siguiendo, eso, o alguien le había avisado que había salido ya, porque había cambiado el horario de llegada a la escuela de Sara.


¡Dios, sabía lo de Pedro y ella!


Deseó poder golpear algo. Pero lo pensó mejor. Quizás era un farol y estaba buscando sacarla de quicio. Sólo había una forma de averiguarlo. Regresó rápidamente al auto y una vez adentro, se golpeó la frente.


― Augusto, me acabo de acordar que tengo algunas que hacer. Déjame en la siguiente parada.


― ¿Estás segura? ― preguntó dudoso.


― Claro. Regresaré a la Mansión por mi cuenta.


― Puedo venirte a recoger…


― ¡No! ― agregó velozmente pero después sonrió hipócritamente ― No, no es necesario. Hay algo llamado servicio de taxi, Augusto, así que puedo regresar sola.


Esperó hasta que Augusto se perdió y tomó un taxi que la llevase a la cafetería que le había dicho Rafael. Resultó ser un restauran italiano que le recordaba a las películas del Padrino, Y los guaruras que estaban ahí le daban un aire de mafia al lugar de película.


― ¿Puede ofrecerle algo a la sinnorina? ― preguntó el Host.


― No, estoy esperando a alguien.


El hombre la miró y entonces empezó a hablar rápido.


― Oh claro, bene, bene. - El Host chasqueó los dedos y dos gorilas se plantaron detrás de ella - La ragazza va a incontrarsi con el signore Hunder. ¡Presto, presto!


La acompañaron hacia la parte trasera del restaurante. El olor a carne le provocó asco, la salsa de tomate y los condimentos le provocaron ganas de devolver, a pesar de no haber desayunado nada.


Encontró a Rafael solo en una mesa en la zona VIP, pero parado no muy lejos de él estaba su nuevo perro faldero, John Siegel. Caminó decida y se plantó enfrente de él.


― ¿Qué quieres? ― preguntó tono alto. Observó a Rafael, quien vestía un pulcro traje negro con una corbata azul cobalto de seda, por sus movimientos diestros y aristocráticos, podrían decir que se trataba de un caballero, pero Paula pensó con dolor que estaban más lejos de la verdad que cualquier otra cosa.


Rafael dejó sus cubiertos de la pasta que estaba comiendo y se limpió con la servilleta de tela que tenía al lado.


― ¡Vaya manera de saludar a tu padre!


Paula bufó al oír el título de padre. Increíble, pero aquel despreciable hombre era su padre. Daría lo que fuera por no tener nada que ver con aquel hombre, pero tenía que controlar su temperamento. Sí ella tenía razón, si sus instintos estaban en lo cierto, estaba ante el culpable de la muerte de su madre y de Samuel, y de quien sabe quienes más. Pero tenía que calmarse.


― Te lo preguntaré una vez más, ¿Qué quieres?


El vino sabía exquisito observó Rafael. Lo saboreó con detenimiento, deleitándose al comprobar la vena de la frente de Paula temblar. Era tan parecida a la debilucha de su madre. Sofia era solo una cara y cuerpo bonito, pero hasta él se cansó de su cuerpo. Su hija por otro lado, era muy hermosa, con rasgos de Sofia y suyos, además de su carácter salvaje. Tomó el sobre color beige que estaba al lado de su plato y se lo extendió.


― Creo que te gustaría ver esto.


Paula tomó el sobre con escepticismo. Cuando lo abrió y sacó las fotos se quedó quieta. Eran una serie de fotos de ella y Pedro justo el día en que había salido de la consulta de Robin. En una Pedro le estaba acariciando la mejilla, en otra la estaba empezando a besar y en otra más, estaban en pleno beso pasional, abrazados. Apretó las fotos, pero se resistió a romperlas. No era tonta y sabía que Rafael tenía otras por ahí. Y el se lo confirmó.


― ¿Sabes que es esto? Hay más de donde han salido estas. Estás son sólo una probadita. ― Tomó un sorbo más a su copa de vino y alzó la mano en el aire ― Imagina lo que dirá la prensa. “Candidato a Senador, en amorío con su guardaespaldas” “Alfonso un inmoral”, o algo mejor.


― ¿Qué quieres de mí para que esto no se haga público?


Rafael curvó el lado derecho de sus labios, en señal de victoria. El primer paso estaba dado. El peón estaba siendo sacrificado. Pero el juego aún no acaba.


― Ahora si no estamos entendiendo pequeña. ¿Cuándo aprenderás que lo que papá quiere, papá lo obtiene.


Para cuando Paula salió se sintió tan vacía y perdida como… como la vez en que había perdido a su madre. 


Porque ahora también acaba de perder a otra persona que amaba, a costa de su propia felicidad. Había hecho un trato con el diablo, y ahora tenía que pagarlo.






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