lunes, 15 de junio de 2015

CAPITULO 63





Sara fue la primera en verla. Llamó a la mansión para avisar que no regresaría hasta que Sara saliera de la escuela, así tuvo tiempo de pensar y ordenar sus ideas. Llegó antes de la salida y esperó dentro. Cuando Sara la vio corrió hacia ella, pero al llegar hasta ella, fue desacelerando el paso.


― Paula, ¿te encuentras bien?


Con una sonrisa fingida, asintió.


― Sí, Sara. Sólo esperaremos a Augusto. Dame tu mochila, seguro ha de pesar.


Sara se la dio, pero sus movimientos eran lentos, sin perder de vista a Paula.


― ¿Estás segura de que estás bien? Pareces un poco enferma.


― Será algo que desayuné.


― No comiste nada en la casa.


Paula deseó que un rayo la partiera en dos. No estaba acostumbrada a mentir y ese día ya llevaba varias mentiras.


― Tuve que quedarme en el centro y ahí comí algo.


Sara la tomó de la mano libre y se la apretó con fuerza. 


Después se estiró todo lo que sus manos podían y acarició su mejilla, como si Paula fuera una niña perdida.


― Cuando lleguemos a casa, le diré a Mariana que te preparé un té.


A Paula le costó demasiado no sollozar por los gestos gentiles de Sara. Miró hacia donde el estacionamiento y vio aliviada que Augusto ya estaba ahí.


― Vamos.


Augusto no dijo nada pero Paula vio su mirada interrogadora.


Hicieron el camino entre canciones y silencios pero Paula andaba en otro mundo. Al llegar a la mansión dejó a Sara en la casa y se fue a su propia morada y sentada en su cama, miró hacia ningún lado en particular. No había salida. No podía dejar que esas fotos se hicieran públicas. Acabaría con la carrera de Pedro. Afectaría a Sara, a Nadia, a Miguel…


Leandro tenía tanta razón. Nunca debió de involucrarse. Y ahora su corazón estaba pagando las consecuencias. 


Recordar las palabras de Rafael le hizo sentir nauseas y salió corriendo hacía el baño. Se dejó caer sobre la baldosa y devolvió lo poco que tenía en el estómago. Se levantó y se lavó los dientes. Alguien tocó pero no pudo moverse, se quedó recargada en el lavabo. No se sorprendió de encontrar a Pedro en la puerta del baño.


― Sara me dijo que te veías un poco enferma.


Con los ojos cerrados, Paula escuchó su voz y sintió entibiarse cada fibra de su congelado cuerpo. Abrió los ojos, y fue absorbiendo cada detalle que podía. Su cabello espeso y rebelde, sus ojos dorados, sus labios anchos. Sonrió y cuando trató de dar un paso, Pedro estuvo a su lado, tomándola de la cintura y llevándola hacia la cama.


― Sara exagera. ― dijo Paula ― Sólo comí algo en la calle que me hizo sentir mal.


― ¿Dónde estuviste toda la mañana? ― preguntó Pedro sentándose a su lado y acariciándole una mecha de cabello que se había quedado fuera.


Paula se hizo a un lado, alejándose de la caricia.


― ¿Es esto un interrogatorio?


Con una ceja arqueada, bajó la mano.


― Es una simple pregunta, no sé porque te pones así.


― Lo siento. ― Paula se gritó que estuviera tranquila. ― Estoy en mis días y creo que la menopausia me está comiendo las neuronas.


Pedro sonrió de la broma sin gracia y se inclinó para besarle la línea del cuello. Paula agradeció no verle los ojos, porque ahí iba otra mentira.


― Estuve con Jorge. Tenía que platicarle de Samuel y bueno, la visita se alargó.


Sintió dos botones abrirse de su blusa y varios besos acercándose más y más a sus pechos y por unos segundos se olvidó de todo lo que le molestaba.


― Me agradó tu amigo. Es un hombre con los pies en la tierra.


― Jorge dice lo mismo de ti. Parece que fue amor a primera vista… ¡Ay!


Pedro le había dado un mordisco en la parte superior del seno.


― Graciosa. ― después empezó a depositar una lluvia de besos sobre la zona donde había mordido ― ¿Estás segura de que estás bien? Porque tienes cara de no estarlo.


― Sólo dame unos segundos ― No quería que aquello terminara pero sabía que el tiempo no dejaba de pasar. Le colocó una mano sobre su cabellera. ― Cálmate Pedro, Iré con Mariana a ver que tiene de comer. Algo de ella seguro que me cae bien.


Pedro se levantó y la ayudó a pararse. Paula se abotonó la blusa, se acomodó el cabello y salieron de la casa. Casi chocan contra Nadia, que iba a tocar la puerta.


― ¡Paula, iba a tu casa, a ver como te sentías! ― se colocó al lado de Paula y le tocó la frente ― Sarita me dijo que parecías enferma.


Sintiéndose incómoda de tanta atención, le dio una risa nerviosa.


― No es nada, algo de la calle me sintió tan mal ― al parecer mentir se estaba convirtiendo en su segundo oficio.


― Nada de eso, ven, tienes que comer algo decente. ― la tomó de la mano y la arrastró hacia la casa. Miró a Pedro pidiendo ayuda, pero él sólo le dio una sonrisa.


Traidor.


Entraron a la casa por la puerta principal. Del otro lado del pasillo, Jaime venía trajeado y con nariz alzada como siempre. Se plantó ante ellas y miró a Paula.


― Señorita Chaves, debe evitar comer en la calle, no es bueno.


Paula se quedó sin palabras. Jaime preocupándose de ella. 


Aquello era demasiado. Sintió sus ojos brillar.


― Oh Jaime…


― Sí adquiere parásitos tendremos que purgar a todos en la casa.


Oyó una risa ahogada detrás de ella, y alguien cuchicheando. Paula no se molestó en voltear suspiró y le dio un beso rápido en la mejilla.


― Gracias Jaime.


― Paula, ¿te sientes mejor?


Volteando hacia la infantil voz, Paula asintió.


― Sí, y gracias por delatarme con todos.


― De nada. ― contestó Sara caminando feliz. Se había quitado el uniforme de la escuela y ahora llevaba un pantalón de mezclilla y una blusa fucsia y una diadema del mismo color. Se movía con gracia y delicadeza, y a la vez, con soltura y sin importancia. De pronto apareció la Sra. Perkins y Paula sintió su mirada glacial sobre ella. Pero la ignoró. Tenía ya suficiente problemas como para agregar uno más. Nadia la tomó nuevamente de las manos.


― Vamos a sentarnos, la comida va a ser servida en cinco minutos.


― Tengo un hambre voraz. ― oyó a Sara decir.


Se sentaron en el comedor y ese día, Carlos, Viviana y Ramiro también se quedaron a comer además del siempre amigable y hambriento Miguel. Y fue el único que no le hizo la retahíla de preguntas sólo le guiñó un ojo y su atención pasó a Nadia. Mariana apareció con el plato del día, que pareció despertar el apetito de Paula, pero cuando llegó hasta ella, se detuvo y le puso otro plato distinto.


―… y para la enferma, un delicioso caldo de pollo.


Aguantando hacer una mueca, miró hacia el plato de Sara a su lado.


― En realidad creo que mi estómago puede soportar algo de eso.


― No, nada de eso. Si en la noche te sigues sintiendo mejor, te daré un plato enorme de ello.


Con un suspiró de resignación, empezó a comer. Si existía el karma, estaba pagando por lo que iba a hacer y las mentiras que había dicho. La conversación fluyó sin problemas, hablando de sus días, la escuela, el trabajo, las elecciones.


― Vale, tenemos solo unas semanas antes de las elecciones. ― dijo Carlos mirando a Pedro― Los días se están yendo como las hojas de los árboles. A pesar de que pasamos hoy en las encuestas a Rafael tenemos que seguir así, y subir más. Cada día es decisivo.


― Pasado mañana tenemos la fiesta de Columbus Day en la Casa de la Moneda. Creemos que ese día podrías asistir y seguir con la campaña ― Viviana revolvió su ensalada, la única cosa de la que parecía sostenerse esa mujer.


Ramiro intervino.


― Creemos que deberías de llevar a algún acompañante. Tu madre está bien, pero deberías de considerar a alguna mujer, tal vez…


― Paula debería de ir.


― ¡¿Que?!


Siete pares de ojos enfocaron su atención en Nadia. Carlos y Paula tenían igualmente caras pálidas. El resto estaba sorprendido y en shock. Nadia seguía como si nada, estiró una mano para tomar un trozo de pan para la sopa, y lo partió desasidamente en dos.


― Se merece un día de alegría, ha hecho mucho por nosotros. ― Mordió un pedazo de pan y después de comérselo, miró directamente a Paula ― Estoy segura de que ella sabe a que me refiero.


Paula se había quedado muda. Al parecer todos.


― En realidad, pensaba en alguien como Viviana. ― intervino Carlos mirando a la rubia y a Ramiro y haciéndoles señas para que le ayudasen ― Ella sabe que hacer y como interactuar con la gente.


― Creo que Carlos tiene razón, Nadia. ― intervino Ramiro y miró hacia Paula ― Todos saben quién es ella y aparecer en escena, sería algo contraproducente para nuestros planes.


La mujer se giró hacia ambos hombres y le dio una mirada que les hizo perder el color de la piel.


― ¡Oh por Dios, hablan como si Paula fuera a saltar sobre alguien! Son unos pretenciosos… y…


― Calma querida ― dijo únicamente Miguel dando ligeras palmaditas en la mano de Nadia.


Carlos pareció avergonzado y miró a Paula, quién seguía aún callada. Se veía más pálida que cuando había llegado.


― No pretendíamos insultar a nadie.


― Yo creo que sería una buena idea. ― inquirió Viviana para sorpresa de todos. Al ver las miradas incrédulas de los hombres presentes agregó ― Piénselo mejor, sería una baza de la que nos podemos agarrar. La prensa estará sobre ambos, y tendremos la atención de todos sobre ellos. Si podemos usar eso, en estos días, podría ser mejor para nuestros puntos. Si vemos que no funciona, pues lo dejamos, pero si los puntos crecen, ¿Por qué no seguir?


Nadia miraba con el ceño fruncido a Viviana. No podía creer lo que oía.


― Yo no hablaba de eso, pero ¿qué te parece Paula?


Paula miró automáticamente hacia Pedro pero luego desvió la mirada hacia Nadia. Agradeció a Mariana mentalmente por no haberle servido la comida suculenta, después de todo, no habría sido capaz de procesarla.


Trato de esbozar una sonrisa.


― No sé que decir.


― Sí, Paula, así te puedes poner ese fabuloso vestido que te regaló la señora Montgomery el día que compraste los trajes. ― dijo Sara.


― No me acordaba de él.


Y era la verdad. Desde que Clarisse le había dado el vestido, lo había metido en su bonita caja, y lo había dejado olvidado en el closet.


― Querida, iremos a un salón, y te pondremos hermosa.


― ¡Lo tienen que ver! ¡Es fabuloso! ― Sara miró a su padre y luego a Miguel ― Si hubiese habido un solo hombre en la tienda en ese momento habría perdido la razón con verla. Lástima que Augusto estaba en el auto, el podría haber dado su opinión. ― agregó Sara pensativa, como si dijera en voz alta sus pensamientos.


― ¿En serio? ― preguntó Pedro mirando a su hija sumamente intrigado.


― Aja. Aunque sus zapatos no combinaban. ― se volteó hacia Nadia ― Abuela, tienen que comprarle unos zapatos lindos que combinen con dorado.


― Oh si, lo haremos. Es más, iremos las tres al salón y nos la pasaremos súper, princesa.


Algunos empezaron a hablar sobre si Paula debía ir o no, mientras que otros ya hacían planes para la inminente cena.


Pedro participaba en la conversación con Carlos y los demás, pero no apartaba un ojo de Paula. Había dejado de comer y se veía enferma.


― Paula, ¿te encuentras bien?


Sus miradas cruzaron y vio algo que no supo definir. La vio agitar la cabeza y levantarse.


― Creo que después de todo, aún no me he recuperado. Si me disculpan, iré a descansar un rato.


Nadia, que estaba a su lado, la tomó ambas manos entre las suyas.


― Oh cielo, si sientes que te estamos presionando…


― No, no, para nada. ― agregó rápidamente Paula ― En realidad me encantaría ir. Gracias por pensar en mí. ― premió a Nadia, y la mujer sonrió victoriosa.


― Perfecto, después vemos los detalles.


Paula salió del comedor y se fue por la puerta principal.


Sentía que se ahogaba de sensaciones en el comedor. 


Ahora no había marcha atrás. Se sintió sucia y asqueada.


Pero entonces recordó las fotos.


Y cerró los ojos.


Empezó a caminar alrededor de la casa, solo porque sí. 


Necesitaba el aire azotar contra su cabello, su piel, para recordarle que estaba viva. Alzó la vista y se encontró con la cámara de vigilancia. Entonces decidió ir a visitar a Leandro.


Lo encontró en su posición favorita, observando las cámaras con vista de aburrimiento. Sabía que aquél trabajo era poco para alguien como él, pero ahora mismo agradecía su paciencia. Emitió un profundo suspiro y aquello atrajo la atención de Leandro.


― ¿Cómo estas? Me enteré por Mariana que estabas enferma.


Deseó poder contarle lo que le aquejaba. Tener un aliado, pero sabía que si lo hacía, y Rafael se enteraba, nada de su sacrificio habría valido la pena.


― Sólo algo que me cayó mal, nada más.


Leandro la observó detenidamente y ahora, lentamente la observó con escrutinio, Alzó ambas cejas asombrado y pasmado.


― ¿No estas embarazada, verdad?


Paula chilló su nombre y le fue a dar un buen golpe en el hombro derecho y se quedó mirándolo con furia.


― Oye, que yo sepa, puede ser una posibilidad ― alegó, tallándose donde había recibido el impacto.


― Créeme Leandro, no lo estoy.


― Bueno, pero si estás, por favor, que se parezca al padre, el mundo no está preparado para una mini tú.


― Yo igual te quiero.


Había pesar en sus palabras. La tristeza de algo que jamás conocería. Nadie sabía de su esterilidad y eso debería de seguir así.


― Bueno, pero si sabes con tu sorpresa de nueve meses, no te sorprendas.


Paula curvó su labio superior en un intento de sonreír, pero fracasó. Miró el piso y jugó con su chaqueta.


― Lean, ¿te puedo pedir algo?


― ¿Eh?


Cuando Paula alzó la mirada, y vio la mirada de shock de Leandro supo que él había logrado ver una parte de la lucha interna que se desarrollaba dentro de sí. Alzó las manos, quitándole importancia, como si hablara de cosas insubstanciales.


― Son cosas mías. Ando en mis días. Sólo que si renuncio, o me voy o lo que sea que pase, prométeme que te quedarás con los Alfonso hasta que veas que todo esta bien.


― A ver, aquí nos detenemos, ¿Qué está pasando?


― Esto no va a durar Lean. –- al ver la cara de su viejo amigo de que no entendía absolutamente nada especificó ― Lo mío con Alfonso, yo lo sé, pero él no. No estoy hecha para esto. Y si me voy, me sentiría aliviada de que tú sigues aquí, hasta que encuentres un remplazo de confianza. ― Y no era una mentira. Al menos no del todo.


Se hizo un silencio eterno. Entonces Leandro se alzó y acercó su rostro al de ella, quedando a solos milímetros.


― ¿Segura que no estas embarazada? ― Paula le dio un pisotón muy fuerte con la bota y restregó el zapato sobre el pie de Leandro, después de sentarse, gritar y mimarse su pie, Leandro le sacó la lengua. ― Bueno, es que esas cosas que me dices… pero vale, lo prometo.


― Gracias Lean.


Salió antes de golpearlo, o terminar diciéndole la verdad. Las dos eran opciones tentadoras. Fue directamente a la casa de la piscina, quizás una siesta le sentaría mejor, pero al llegar a la puerta de su casa, supo que haría un cambio de planes. 


Pedro la estaba esperando en una de las tumbonas de la alberca.


― Me dejaste preocupado.


Paula lo miró y después miró automáticamente hacia la casa grande.


― No deberías estar aquí.


― Les dije que vendría a verte, como una de mis subordinadas, me preocupo por ti. Eso no le extraña a nadie. Incluso cuando Augusto se enferma, me gusta ver como va.


― Estoy bien. Sólo necesitaba un poco de aire.


― Paula, sobre lo de asistir a la cena, si no quieres ir, puedes decírmelo.


Ahí estaba la vía de escape que necesitaba. De la que podría salir con vida y con el corazón integro, pero había hecho un pacto con Rafael. Pensó en las fotos, y en las otras de las que habló. No podía dejar que Pedro pagara por aquello.


― En realidad, no sé que pensar de esa cena.


Pedro tomó la manija y abrió la puerta dándole primero el paso a ella como todo caballero y cerrándola detrás de ella. 


La obligó a sentarse en el sillón y a alzar los pies sobre la
mesa de centro. Paula tuvo un pequeño pensamiento hacia Jaime, que de seguro daría un grito en el cielo al verla en aquella postura.


Para mantener las apariencias, Pedro se sentó en el otro sillón frente a ella.


― Al menos puedes sacar ese vestido que hará perder la razón a cualquier hombre. ― agregó entre broma y curiosidad.


― Eso lo dijo Sara, no yo.


― ¿Lo puedo ver?


Paula se trago una carcajada al ver los ojos de Pedro. Cómo lo iba a extrañar.


― No, hasta el día de la cena.


― Al menos dime que es decente, y que no tiene un escote en que se ven tus… tus… ― sus manos viajaban hacia su pecho, pero se quedaba atorado con la palabra en la boca, pero por la línea de visión, Paula entendió de que iba.


― Pechos, Pedro, se llaman pechos.


Dejando caer las manos en sus piernas, la miró sarcásticamente.


― Sí, lo sé, pero excepto que sea cuando los dos estemos desnudos, y haciendo cosas interesantes, no me siento a gusto hablando de tu anatomía.


― Siéntete tranquilo Pedro, no se me ven los pechos. ― Aunque recordó el vestido y la única vez que se lo había puesto, y ciertamente, no se le veían los pechos pero si otra cosa, pero se guardaría esa información para sí misma.


Una, porque no quería salir de compras con Nadia. Dios, aquella vez en Rodeo había sido suficiente, y segunda, porque ese día quería impresionar a Pedro, y que la recordara hermosa y radiante.


― Bien ― contestó satisfecho Pedro y sonrió ― Así no tendré que domar a ningún hombre que quiera ponerte las manos encima


Ella sonrió, bebiendo de su presencia. Quería aventarse sobre él y comerlo a besos y hacerle el amor hasta que ninguno de los dos recordara su nombre.


“Te amo, Pedro Alfonso”, pensó Paula, “como quizás nunca he amado a nadie”.


Pero sería tan egoísta decirle esas palabras cuando dentro de dos días, ella lo abandonaría.


Pedro se fue a los pocos minutos dejando a Paula sola con sus pensamientos. Como no tenían nada planeado, se quitó la chaqueta y se echó sobre la cama sin más. El sonido de su celular la levantó y cuando alzó la mirada por la ventana se dio cuenta de que había anochecido y ella ni enterada. 


Jamás se tomaba largas siestas, ni perdía la noción del tiempo. Saltó hacia donde había dejado la chamarra y contestó el teléfono.


― Chaves


― Felicidades querida, Parece ser que estás avanzando más rápido de lo que esperaba.


Y la llamada se cortó.


Se quedó paralizada con el celular en el oído. Rafael sabía que iba a ir a la cena. ¿Pero cómo pudo…?


Entonces su sospecha se confirmó.


Después de todo, sí había un topo dentro de la casa Alfonso, y ese mismo, había hablado con Rafael.






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