lunes, 15 de junio de 2015

CAPITULO 64




Paula oyó su nombre de la boca de Sara en la puerta de la casa. Se estaba terminando de arreglar, pero más que nada, estaba buscando el valor necesario para salir de su habitación.


Para alguien como ella, con un trabajo como el suyo, se podría esperar que no tuviera miedo a nada, o a pocas cosas, pero salir de la seguridad de esas cuatro paredes con el vestido –un maldito vestido, por Dios – y plantarse frente a la crema de Los Ángeles le daba un jodido miedo mortal que llenaba sus pulmones y no la dejaba respirar. Había pedido llevar un abrigo, pero Nadia, al ver el vestido, había dado un rotundo no. “Un escote como ese se debe lucir”, le había dicho. Además, el mismo clima californiano conspiraba contra ella. Treinta gloriosos grados y sin ápice de nubes tormentosas o lluvias cercanas.


Se miró en el espejo unos momentos, estudiándose.


El vestido era el menor de los problemas.


Con la vista perdida, pensó con desolación, que aquél sería el último día en casa de los Alfonso.


En sólo dos días había logrado despejar y recoger sus pertenencias lentamente sin que nadie se diera cuenta. Bajó la cabeza, avergonzada de su propio reflejo.


― ¡Paula!


Sara volvió a gritar, esperando por ella, pero Paula no quería salir. Si daba un paso fuera de esa habitación, sería en inicio del final. Esa noche Rafael ganaría, para bien o para mal. 


Pero sería sólo esa batalla.Paula buscaría por todos los medios hundirlo y demostrar su relación entre las muertes de Samuel, su madre con aquél hombre.


No era su padre, y jamás lo había sido.


Sólo tenía una cosa pendiente y era averiguar quien era el traidor en la casa. Aquél día en la comida, sólo estaban siete personas presentes, y podía descartar perfectamente a cuatro. Los Alfonso y Miguel. A Miguel lo había descartado sin dudarlo. Su instinto le decía que no era él y si su instinto decía eso, es que no era él. Pero Carlos, Viviana y Ramiro estaban en su lista. Los tres tenían acceso a la agenda de Pedro –prácticamente ellos se la creaban- y a información confidencial. Paula sospechaba de los tres y a la vez de ninguno, y eso la tenía en un vilo.


A pesar de la hostilidad inicial de Carlos, Paula se había dado cuenta de que se desvivía por Pedro y su campaña. 


Era el hombre detrás del hombre. Ramiro no era muy sociable y casi siempre estaba callado y observando a los demás. Su llegada repentina a San Francisco le había hecho dudar, y no sabía que pensar de ese misterioso hombre guardado en las sombras. Viviana,  la última persona en la lista, sí que tenía muchas cosas que decir que podía ser ella. 


En primera porque no le gustaba, y en segunda, porque no le terminaba de gustar. Desde aquella cena en la que había la visto besando a Pedro había pasado a convertirse en una de sus personas menos favoritas. Y dejando a un lado sus celos enfermizos, en la comida le había sorprendido su repentino apoyo para que asistiera a la cena baile.


― ¡Paula! ¡Se van a ir sin ti!


El aullido infantil de Sara la hizo sonreír. Volvió a mirarse en el espejo y inhaló pidiendo fuerzas para seguir adelante.


Cuando dio el primer paso trastabilló con las zapatillas y la cola del vestido. Logró apoyarse contra la cama y evitar caer. Maldijo por enésima vez las zapatillas que Nadia y Sara habían elegido para ella. Eran unas hermosas zapatillas de tacón alto con sólo una tira delantera debajo de las falanges de los dedos de sus pies, cuyo perfecto pedicure francés mostraban. A los lados, tenía dos tiras que se entrecruzaban formando un rombo central. Y aquella era toda la ciencia de esas costosas zapatillas. Eran hermosas, pero desde luego nada serviles. Y encima habían costado una fortuna, que claro, ella había exigido pagar. Pensó en todas las mujeres del mundo atadas a esos instrumentos de tortura y les dio un pésame mental.


Se irguió, acomodándose los mechones de su cabello en su lugar y tomando un segundo aire, salió de la habitación rumbo a la salita. Sara estaba viendo la tele en el sofá, acostada en el sillón de dos piezas en el que ella cabía y Coco a su lado, exigiendo mimos que Sara le daba gustosamente. Hizo un carraspeo para llamar la atención de su dictadora amiga, y forzó una sonrisa al ver que Sara la miraba.


― ¿Y qué dices? ― preguntó dudosa. Una cosa era ver el traje colgado y otra era verlo en ella.


Sara se sentó lentamente en el sillón, boquiabierta. Hizo una gran O con sus labios.


― Te ves espectacular.


Paula sintió sus mejillas sonrojarse y un calor subir por su cuello hasta la coronilla.


― Gracias.


― Les quitas el trabajo seguro a todas las modelos del estado. Sonríe. ― Y antes de poder reaccionar, sintió el flash de la cámara contra su cara.


― ¡Sara!


― Lo siento, pero esto ― alzó la cámara ― tiene que ser guardado como un acontecimiento. Mi abuela me pidió que te tomara la foto, yo sólo cumplí órdenes.


Con la puerta abierta, una sombra apareció en el umbral, y se quedó mirándola fijamente.


― Vaya, pero miren lo que tenemos aquí, después de todo si había una chica debajo de esas ropas.


Paula le dio una sonrisa a Leandro que se acercaba lentamente a ella.


― Gracias por el ánimo.


― Te ves hermosa.


― ¿Verdad que sí? ― agregó Sara, acercándose a ellos.


― Claro. ― contestó con sarcasmo Paula, aún sin poder creerse el cuento de Cenicienta.


― Veamos… ― Leandro miró a Sara y se quedó quieto, se acuclilló ante ella y le tomó la barbilla para mirarle la mejilla derecha ― ¿Y a ti que te pasó aquí, señorita?


― Oh dios, Sara, se te va a amoratar. ― gimió Paula y la acercó a la luz para verle la mejilla.


Ese día durante los entrenamientos, Sara se había resbalado con la colchoneta y se había golpeado la parte derecha del rostro. Lo que más le había sorprendido a Paula era que Sara hubiera actuado como si nada, sin chillar o quejarse. Se había reído de su torpeza y había pedido seguir con el entrenamiento.Paula le explicó a Leandro el accidente y cabeceó frotándole la cabeza a Sara. Ella les dio una gran sonrisa y agregó:
― Lo bueno es que mañana no hay colegio. Así no veré a la Sra. Perkins y no le irá con el chisme a papá. Ya veremos que le digo.


Los adultos se miraron y sonrieron.


― Bueno señoritas, las dejo. Nos vemos cuando regreses, nena. ― Se despidió con un beso en la mejilla y se marchó a su centro de mando.


Sara le dijo a Paula que ellas también se tenían que ir, y ella asintió. Al cerrar la puerta, Paula miró hacia la gran casa y tomó a Sara de la mano.


― Sara, prométeme que jamás olvidarás lo que has aprendido estos meses. ― aquello era fundamental para Paula. Le tocó el ceño arrugado de la pequeña y le pidió que se lo prometiera una vez más.


― Claro que no. ― Hizo una reverencia ― Recuerdo tus preceptos Paula San: “La única verdad es la que está en tu corazón, y no hay más miedo que el temor que uno se crea”. ― Paula no pudo evitarlo y la abrazó con fuerza. Cómo la echaría de menos. Sara le devolvió el abrazo y cambio el agarre de manos y ahora ella la tiró hacia la casa ― Vamos… ¡te están esperando!


A pesar del cuchicheo de Sara, Paula no oía nada. Cada paso era incierto, y no era por los tacones. Doblaron hacia la entrada principal, y pudo ver la limusina Cadillac que los Alfonso rentaban para esas ocasiones especiales ya estacionado y en la entrada de la casa, a Pedro parado caminando de un lado a otro. Cuando oyó los pasos acercarse se detuvo y ambos se miraron fijamente.


Sabía lo que veía. El vestido llegaba hasta el piso en la parte trasera, con una ligera caída de cola y por delante era unos cinco centímetros más corto donde se podían apreciar las zapatillas doradas. La fajilla doblada alrededor de su cadera le marcaba una cintura y le daba más curvas a su cuerpo ejercitado. Sus hombros estaban al descubierto y tal y como le había dicho a Pedro, no se le veían sus pechos, con el cuello ojal que iba de un hombro a otro y sólo unos pequeños aretes engarzados de oro blanco en sus orejas como accesorio.


Aquél día era un princesa.


― ¿Verdad que se ve guaperríma, papá?


Entonce Pedro miró a su hija por primera vez, saliendo de su ensimismamiento. Se había quedado embobado viendo a Paula que se había olvidado de todo lo demás. Se acercó a su hija y posó una mano ancha sobre sus delgados hombros. Sara escondió la mejilla golpeada al lado de su padre, y agradeció la poca luz que había en el porche.


― Sí cariño, se ve guaperríma. Si eso significa que está demasiado hermosa.


Sara cabeceó y sonrió, mirando a ambos adultos que se observaban mutuamente. Quizás esa noche ocurriera un milagro y su mayor deseo se volvería realidad. Había que poner el plan en acción.


― Bueno, iré a ver a la abuela, y avisarle que ya se van.


Entró en la casa corriendo pero se quedó detrás de una de las ventanas, curioseando para darle unos segundos más.


Vio a su padre caminar hacia Paula y acariciarle la mejilla. 


Vaya, las cosas iban mejor de lo esperado. Ahora si iba por su abuela.


Mientras, Paula y Pedro eran ajenos a lo demás.


― Te ver hermosa. ― Le susurró Pedro acariciándole la mejilla y con el pulgar sus labios. Era muy arriesgado, por si alguien los veía, pero no pudo resistirse. Verla con ese vestido, que moldeaba su cuerpo, lo hizo ponerse al cien, y deseó poder cancelar esa cena, irse a la casa de la piscina y quitarle esa prenda lentamente. Ver el dulce sonrojo en las mejillas de Paula, agradeciéndole, pudo más con él. ― A pesar de ser muy conservador, te hace ver una femme fatale.


Ella también lo observó detenidamente. Al igual que en todas las cenas anteriores y comidas, llevaba un traje de saco. Aunque ahora iba de traje negro completamente. Desde camisa hasta saco, incluso los gemelos eran negros. Se preguntó si después de aquella noche, podría alguna vez olvidarlo, pero al sentir su caricia y ver la mirada penetrante supo la respuesta. Entonces recordó las últimas palabras de Pedro e hizo una mueca. Aún no había visto todo el vestido.


― Bueno, sobre lo conservador…


― ¡Paula! Oh cielos, te ves divina, ― voltearon para ver a Nadia, Mary y Jaime que salían junto con Sara. Nadia llevaba un vestido negro sencillo, de corte largo y escote disimulado. Llevaba unos aretes de diamantes –eso Paula si lo podía asegurar- y su cabello alzado en un elaborado peinado. Se veía hermosa. Paula estaba segura de que Miguel sentiría temblar la tierra esa noche. Se acercó a ella, evaluándola con cada paso ― Sara me lo dijo, pero verlo con mis propios ojos es… ¿Qué opinas? ― preguntó mirando hacia Pedro.


― Hermoso.


― ¿Sólo eso? ― gritó y miró a sus viejos amigos, como si reprobase la respuesta ― Niña, dale una demostración a este de mi hijo.


Paula ladeó su cabeza de un lado a otro y sonrió, mientras daba una vuelta lentamente. Estando de espaldas, supo el momento en que Pedro se quedó sin palabras. Incluso había dejado de respirar. Le daría las gracias a Clarisse por el vestido después. Volvió a su posición inicial con una sonrisa más grande. Nadia asentía gustosamente al igual que Sara. 


Cuando miró a Pedro pidiendo su opinión el pobre sólo pudo soltar retazos de palabras.


― Mi… yo… tú… ese…. Dios.


Nadia le dio unas cachetadas suaves en la mejilla a su hijo.


― Exactamente eso, hijo mío. Eso era lo que esperaba. Paula dejará a todos sin palabras hoy en la cena.


― Te ves radiante Paula ― dijo Mariana. Jaime se limitó a asentir con su nariz respingona alzada. Nadia asintió y exclamó:
― Tenemos que irnos ya. Nos vemos mi pequeña princesa.


Se inclinó para darle un beso a Sara en la mejilla, y sin saber cómo, Paula se encontró haciendo lo mismo, y le limpió el carmín que había quedado en la mejilla sana. Se acercó a su padre y lo abrazó fuertemente para ir con Mariana y Jaime. Augusto, salido de la nada, ya estaba en el auto, con la puerta de pasajeros abierta. Pedro llevaba su madre del brazo y Paula, como parte de sus hábitos había dado dos pasos hacia el asiento del copiloto cuando vio que tanto madre como hijo y el chofer se quedaron quietos mirándola atónitos.


― Lo siento ― se disculpó ― La costumbre.


Pedro le cedió el paso y Paula entró en el auto. Para su consternación Nadia se había sentado en el otro extremo de la limosina, y había colocado estratégicamente su bolsa y su abrigo a su lado para que no se sentase nadie ahí. Eso le dejó a Paula la única opción de sentarse de frente a ella, y cuando Pedro entró, se sentó a su lado. Sintió el calor de su cuerpo quemar el suyo y sus hormonas responder a la fragancia perspicaz de su colonia y su cuerpo.


El trayecto hasta la famosa Casa de la Moneda lo hicieron entre plática amenas y silencies cómodos. Entre ratos Paula sentía las manos de Pedro rozarla de manera “accidental” sus dedos y muslos. Con cada roce su piel se elevaba de temperatura y sentía quemar la zona donde la acariciaba disimuladamente. Sus roces accidentales dejaron de parecerlo cuando con el dedo meñique le acariciaba su mano mientras que Nadia parecía mirar el paisaje. Cuando llegaron, treinta y cinco minutos después, había algunos autos esperando bajar en la alfombra roja.


Llegó el turno del auto detenerse y Augusto salió rápidamente para ayudar a descender. Era raro para Paula estar de ese lado del auto y verlo desde otro punto de vista.


Augusto abrió la puerta y Pedro fue el primero en salir, ella se quiso adelantar pero Nadia le hizo con una señas que no.


― Tú eres la sorpresa cariño. Tienes que hacer tu entrada.


Dicho eso, salió tomando la mano de su hijo.






2 comentarios:

  1. Wowwwwwwwwwww, qué caps más intensos x favorrrrrrrr. NO veo la hora de leer los de mañana.

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  2. Me encanta!! Que le habrá dicho Rafael a Paula con lo de las fotos!

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