viernes, 5 de junio de 2015
CAPITULO 31
Carlos y Viviana entraron como torbellinos a la habitación detrás de Pedro, uno atónito y el otro perturbado.
― ¿Qué quieres decir con que tienes una reunión con el FBI? ― preguntó Viviana una vez que Pedro se sentó detrás de su escritorio.
― Como lo oyeron. Vendrán esta tarde.
― ¿Y por qué nos estas avisando hasta ahora? ― inquirió Carlos.
No le gustaba trabajar con esas sorpresas, y desde que Paula Chaves había entrado en la vida de su protegido eran sorpresas tras sorpresas.
― Porque así no me pondrían obstáculos en fijar una fecha.
― Pedro los conocía muy bien y sabía que le habrían puesto largas y excusas.
― Esto es obra de esa mujer, ¿verdad? ― aunque Carlos ya sabía la respuesta. Podía decir más cosas pero por la mirada de Pedro se calló.
― Deja a Paula fuera de este asunto.
― ¿Entonces porque maldita sea, metes al FBI aquí? ― Carloss alzó la voz y empezó dar vueltas por la habitación ― Te das cuenta de que si la prensa se entera, tus puntos bajaran. Y aunque no estás mal, no eres tan podidamente popular como Susan Boyle en YouTube.
― Carlos, siéntate antes de que te de un ataque.
― Joder Pedro, porque no dijiste nada.
Pedro estaba cansado. Total y absolutamente cansado.
Llevaba una semana de ajetreo, de informes, y de una agonía sexual que no había sentido en años. Encima la plática que había tenido con Robin le había bajado la moral por completo. No sólo no era un buen hombre, sino que su idea de que había sido un buen padre, quizás no excelente, se había evaporado después de la plática que había tenido con Robin.
Encima, tenía a Paula Chaves metida en la cabeza, a ella y a esos tiernos y suaves labios que lo habían embrujado.
― Véanlo así. Mi hija casi fue secuestrada. Y digo casi, sino hubiera sido por la pericia de Augusto. Quiero saber quien es el responsable de esto. Pero se hará discretamente. Les estoy avisando por cortesía, pero no les estoy pidiendo su permiso. Antes que nada soy padre, y Sara es todo cuanto me importa. Ella es lo primero.
“Sería más importante si se lo dijeras”, le había dicho calmadamente la doctora Gilmore cuando Pedro le había gritado esas palabras el día de su visita. Pero, aún después de la plática no había hablado con Sara.
― Pedro, no quisimos decir…
― Déjalo Viviana. ― Le cortó Pedro. No quería pasar por la etapa de disculpas.
― ¿Quién va a venir? ― quiso saber Carlos.
― Es un contacto de Paula cuando trabajó para el FBI. Paula pasará por ella justo después de que dejar a Sara en el colegio.
― ¿Ella?
― Sólo sé que es una agente.
Carlos se levantó y alzó las manos al cielo. Esa casa estaba parando a locos.
― Genial, primero una Anna Loginova, y ahora una Gracie Hart. Lo que nos faltaba.
A pesar del sarcasmo, la broma había tenido gracia. No conocía a la amiga de Paula, pero una imagen del personaje de “Miss Simpatía” bien podría servirle. Viviana se acercó a él, y le tocó suavemente el brazo.
― Dime que no vas a cancelar la gira. ― Carlos pensó en todos los planes que tenían, visitas por todo California, concertados con semanas de anterioridad.
― No, no lo cancelaré.
― Está bien, entonces después de la cena de caridad de mañana, hacemos maletas y partimos dentro de dos días. Y hay que visitar el sitio de meeting. Los auxiliares quieren congraciarse contigo.
― Lo haré Carlos, lo haré.
― Viviana y yo nos vamos a hablar con Ramiro y los demás. Tenemos que ver quienes se quedan y quienes van, y arreglar asuntos de última hora.
Viviana miró a Carlos enojada. Algo le pasaba a Pedro y no quería dejarlo, Salieron de la misma manera en la que entraron, y Pedro agradeció tener unos momentos de soledad.
Se quedó mirando la puerta, quieto, sin querer hacer nada.
Robin Gilmore le había dado una reprimenda como nunca.
Había ido a visitarla dos días después de que Paula hablase con él, y a veces se quería golpear a sí mismo un buen puñetazo por no haberlo hecho por iniciativa propia.
Cuando Paula le había dicho que a Sara le pasaba algo, le había preocupado. Pero cuando Robin le había dicho que ese algo era él, había sentido un golpe en el pecho, muy cerca del corazón.
Podía recordar cada palabra que Robin le había dicho aquél día. “Tu hija siente que tú no la quieres Pedro” le había enunciado, y Pedro había estado a punto de gritar a los cuatro vientos que aquello era una estupidez, cuando Robin le había dicho algo que jamás olvidaría.
― Sara llora cada vez que me visita, ¿lo sabías? Y no es porque hablemos del miedo que tenía ese día que vio que estaban a punto de raptarla, o de la persecución que tuvieron después. ― le había tomado de una mano para darle un poco de consuelo, pero en realidad le estaba preparando para lo peor ― Tu hija, Pedro, llora porque piensa que su padre, no la ama lo suficiente, y que si algo hubiera pasado tú no habrías hecho nada. La habrías dejado morir.
Robín se lo había dicho claramente.
Él era el problema.
¿Cómo Sara podía siquiera pensar eso? ¿Cómo podría…?
“Porque jamás se lo has dicho”, le dijo una vocecilla interior. Sí Julieta estuviera con él...
“Pero no lo está. Y es hora de que lo aceptes”, le volvió a decir la voz.
Se había pasado todas las noches desde aquella plática, después de que todo mundo se iba, y se quedaba por fin solo, pensando en su habitación en las palabras de la psicóloga. Él amaba a Sara, claro que la amaba. La amaba porque era una parte de sí mismo, porque era parte de Julieta, y porque era ella, con su sonrisa tímida, infantil, con esos ojos azules que en un tiempo lo habían mirado con amor y total adoración.
¿En que momento su hija había empezado a pensar de esa manera?
Y después estaba Paula, quien llevaba menos de quince días en su vida, y con la cuál Sara se había encariñado más que con él, su propio padre, con el que llevaba viviendo ocho años. Sus ocho escasos años de vida. ¿Cómo una mujer que había salido de la nada tenía un lazo tan estrecho con su hija, mientras que él no podía acercarse sin que se encogiera de miedo?
Jamás había tocado a Sara, nunca en toda su vida, y por ello no entendía porque ese miedo cada vez que lo veía. Había pensado que él hecho de que fuera mujer la había acercado a Sara, pero entonces pensó en Viviana, quien había intentado acercarse a ella, y no había logrado nada. Y él hecho de ver a escondidas a ambas riendo y hablando como viejas amigas, le hacía rabiar, no contra ellas sino contra sí mismo, porque no sabía como acercarse a ellas.
No solo a Sara, sino también a Paula.
Y después del beso que habían compartido…
― ¡Pedro! ¿Aún no las leído los papeles que te dejé?
Viviana se acercó después entró Ramiro y Daniela detrás de ella. Suspiró resignado, después de todo, tenía toda una noche para pensar en lo demás.
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