martes, 16 de junio de 2015
CAPITULO 66
Maite miró a su mejor amiga, no sabía que hacer con ella.
Llevaba una semana como loca. No había mejor manera de definirla. Estaba tan concentrada en lo que fuera que estaba haciendo que la mantenía al margen. Oía llamadas y con la única persona con la que mantenía contacto era con un tal Larry no se qué. Pero de ahí en fuera, Paula se había mantenido al margen de la prensa y los medios, y de todos los que trataban de localizarla. Incluso de Jorge y Marla. De ella había huido dos días, hasta que se dio cuenta de que no tenía nada en la nevera y con tal de no salir a comprar, había acudido a ella como su salvación.
Al día siguiente de la llegada de Pau, había salido a su galería y se había quedado de piedra al ver los titulares de los periódicos, con fotos de su amiga en primera plana; en verdad que los medios eran una gran fuente de información cuando se lo proponían. Al parecer la cena acaecida la noche anterior del reportaje había sido un fiasco total por parte de ella. Tenían fotos de ella en la entrada de la fiesta, y la verdad es que hasta a ella le había costado reconocer a su amiga con tremendo vestido. Pero lo que decía la nota había minimizado el entusiasmo inicial. Paula había sido una vergüenza en la cena, y el colmo de la noche había sido verla volar por los aires. Incluso Maite se había contagiado de vergüenza ajena. La nota del Sunday Angeles terminaba con:
“Paula Chaves, luego de su espantosa actuación en la cena en la Casa de la Moneda fue trasladada a la Mansión Alfonso. Fuentes afirman que hubo una discusión, terminando con el despido de la guardaespaldas. ¿Serán problemas del corazón? ¿O los reportes pasados estaban en lo correcto y Chaves tiene un desorden psicólogico?"
Había escondido el periódico en la basura. Aquello eran patrañas y más patrañas. Pero había algo que no le cuadraba. En todos sus años conociendo a Paula, jamás la había visto cometer una actuación tan mala como aquella. Ni siquiera cuando sus clientes le caían de la patada como fue el caso de un viejo rabo verde magnate de los petróleos que había cuidado por dos semanas en Washington. El tipo le había tocado el trasero a Paula –ella se lo había contado- y Paula casi lo había matado con la mirada y con la visita de Lou, su Beretta, en la frente. Así pues, en el papel dicen que se había mostrado coqueta y lasciva. Ja,Paula era todo desde bocazas, malhablada, era la antitesis de todo lo que los periódicos hablaban de ella. La adoraba, era su mejor amiga, y por ello sabía como era.
A pesar de sus insistencias en querer saber que había pasado, Paula se había mostrado renuente a hablar sobre lo sucedido en la cena. Había poblado su mesa del comedor con papeles y más papeles. Al cuarto día había salido y la prensa había saltado sobre ella. Lo único que había obtenido había sido un “Sin comentarios” y unos gruñidos pero gracias al cielo, sólo eso,
― ¡Mierda!.
May la miró incrédula. Fingía mirar el televisor, donde estaba viendo por tercera vez su película de “Magnolias de Acero”, porque no pasaba de la parte en la boda esponjosa de Julia Roberts con el ojiazul tan guapo –en eso sí se había fijado-, pero en realidad observaba a Paula. Y agradeció al cielo. Al menos había hablado. Sólo le sacaba monosílabos y movimientos de cabeza. Y era mucho. Otras veces se enfrascaba tanto en lo que estaba haciendo que se olvidaba de todo
― ¿Qué sucede?
Paula la miró pero no la vio, era como si traspasara su cuerpo con visión de rayos X.
― Deje a Coco en la casa Alfonso.
Maite sonrió. De eso ya lo había sospechado. No había visto a la gata en días, así que se había imaginado que la había dejado allá. Lo que le sorprendió fue que Paula lo hubiera olvidado. Ella, que amaba a esa gata más que a nada en el mundo, se había olvidado de su hija.
― Vale, le diremos a tu amigo guardaespaldas que se ponga en contacto contigo.
No conocía personalmente al amigo de Paula, pero bueno, no creía que se fuera anegar en traerle a endemoniada gata.
Adoraba a Coco de lejos, pero su alergia no le permitía tenerla cerca. Se acercó a Paula que se había dejado caer en una de las sillas de madera al lado del comedor. Su ceño estaba fruncido, tenía bolsas debajo de los ojos, y ojeras acompañándolos. Se veía un poco pálida y cabizbaja, y había momentos en que la atrapaba con la mirada perdida y melancólica, escondida entre las cortinas de la ventana. En los primeros días, había estado detrás de ella como una madre. Estaba bajando de peso de forma acelerada, pero no de forma saludable. Se abstraía tanto que se saltaba comidas, y lo poco que comía era sólo para mantenerse de pie.
Se hincó frente a ella y le colocó las manos sus rodillas.
― Pues llámanos a Leandro ahora mismo.
― Pero no puedo. ― le contestó Paula.
Maite sentía que estaba con una niña pequeña que no sabía hablar y te pedía algo que quería pero tú no sabías que era, así que le dabas todas las opciones hasta que acertabas y la niña gritaba agitando las manos.
― ¿Y por qué no? ― exclamó cansada de ir de un lado a otro.
― Sara ama a Coco. Sería cruel quitársela.
Vaya, aquella era la primera vez que hablaba de los Alfonso.
La televisión y el estéreo estaban siempre apagados.
Maite sospechaba que era porque no quería saber nada de ellos, pero un día la había encontrado hablando con alguien y preguntando por todos los residentes de la Mansión Alfonso.
Paula se levantó del asiento y fue hacia la cocina. Maite se sentó en el asiento libre y la miró con detenimiento. Vació casi un litro de leche en la licuadora mezclándola con un polvo de color arenoso. ¿Iba a hacerse café en una licuadora?
Abrió la boca acercó para detenerla pero ya había apretado el botón de encendido. El ruido del motor de la máquina llenó la habitación y luego fue disminuyendo. Se levanto del asiento y caminó hacia la cocina mientras que Paula se servía la mixtura en un vaso de aluminio grande. Entonces se percató que lo café no era café.
― ¿Desde cuando tomas malteadas de chocolate?
― ¿Eh?
Paula ya tenía el vaso en la boca y estaba bebiendo como si fuera agua. May frunció el ceño, y volvió a repetir la pregunta, y Paula esta vez miró el vaso y se quedó sorprendida. Paula era de las personas que sin café no funcionaba y ahora que lo recordaba, desde que había regresado no la había visto tomando café en ningún momento.
― ¿Esto?... ― Paula vio el vaso y sus ojos se marchitaron, como flores cortadas al tercer día. Dejó el vaso en la encimera y la miró. ― Desde hoy, ya no más
Y regresó a su mesa.
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