miércoles, 3 de junio de 2015

CAPITULO 23



Cuando Paula vio a Maite entendió el porqué de su enfado. 


Paula le llevaba por lo menos veinte centímetros de diferencia a su amiga de estatura, pero lo que le faltaba de estatura lo compensaba en espíritu. Morena, de delineadas curvas, su cabello cobrizo siempre perfecto, ahora estaba alborotado sin cuidado. Tenía los ojos irritados, hinchados y llorosos.


Las venitas se notaban a leguas de distancia, como si se las hubiera delineado. Su nariz estaba irritada también, roja como una cereza, y su piel estaba teñida de granitos y barritos.


― ¡Oh May!


May no sabía si llorar o reír. Pero un estornudo le evitó la molestia de decidirse. La garganta le ardía de los esfuerzos que hacia para que el estornudo saliera. Y la miel que había comido no le quitaba las molestias.


― Tu hija me ha hecho una de las suyas.


― ¿Su hija?


Una voz masculina habló a un lado de Paula y Maite, por instinto sacó la cabeza de su departamento para ver quien era el dueño de esa dulce melodía. Después se arrepintió. 


Era nada más y nada menos que Pedro Alfonso… y Dios, se veía mejor que en la televisión. Esos ojos marrones claros, contrastando con sus cejas oscuras, y un cuerpo por el que muchas mujeres pagarían por ver desnudo. Entonces recordó su estado y chilló. En voz alta. Después cerró la puerta de su apartamento.


Paula miró el pedazo de madera sin creérselo. Primero le había colgado y ahora le cerraba las puertas en la nariz. 


Tocó con fuerza la puerta y le habló.


― ¡Paula! ¿Por qué no me dijiste que estaba el Sr. Alfonso aquí? ― gritó Maite desde el otro lado de la puerta ― ¡Y yo con estas fachas!


― ¡Oh por Dios Maite! Abre la puerta.


― ¡Vete por tu hija y después te cuento que pasó!


Paula le pidió la llave de su apartamento ya que la suya la había dejado, pero ni aún así Maite abrió la puerta. La deslizó debajo de ella, entonces Paula, viendo que su mejor amiga no abriría la puerta nuevamente, se encaminó a la puerta de su departamento.


― ¿Una hija? ― volvió a preguntar Pedro como si no pudiera creérselo. En ningún informe había salido algo de un hijo de Chaves. A menos que lo tuviera tan bien escondido, pero no tenía sentido.


Paula se aguantó la risa.


― Sí, mi hija. Ahora la conocerá.


Abrió la puerta y un maullido la recibió. Coco saltó hacia ella y se metió entre sus brazos. Era una hermosa gata persa pequeñita. Su pelaje era blanco y espeso y su cola parecía un felpudo para lavar copas, ligeramente redonda al final.


 Adoraba que le pasaran la mano por su pelaje largo y sedoso. Debido a su pelaje parecía más bien una gata cachetona, con su nariz corta, sus orejas pequeñas y sus ojos grandes y muy abiertos. Contraría a la raza persa, Coco era pequeñita comparado con los demás gatos. Por eso se había quedado con ella. Nadie había puesto esperanzas en ella para sobrevivir excepto ella. Y ahí estaba su pequeña.


― ¿Cómo esta mi pequeña? ― La respuesta fue un maullido delicado ― ¿Qué le habrás hecho a Maite para que te repudie tanto?


Coco no contestó sino que se metió entre sus brazos exigiendo caricias.


― ¿Esa es tu hija? ― preguntó Pedro a su costado.


Paula extendió a Coco con orgullo hacia Pedro y le tendió la corta pero gruesa patita.


― Esta es. Sr. Alfonso le presento a Coco Chaves.


Le dio la mano de manera automática. Pedro no sabía porque estaba más asombrado. Si por tener que saludar a un gato o por ver esa nueva faceta de Paula. Con ese gato su instinto maternal estaba a flor de piel. No le hablaba tan infantil como había visto a algunas madres hacerlo con sus hijos, pero la relación con el gato era especial.


― Mucho gusto Coco, soy Pedro Alfonso, candidato a Senador. Si votas por mí, haré que todos los gatos del Estado tengan su propia caja de arena personalizada.


Paula echó la cabeza hacia atrás y dejó salir una carcajada. 


La broma había dejado el susto un rato.


― No entiendo. ¿Tu amiga es alérgica a los gatos y la dejaste cuidando a Coco?


― Bueno, lo que pasa es que la dejo con otro amigo, pero ahora tiene casa llena y no le quería dar más molestias.


― ¿Y porque no un asilo de animales?


― No me gustan. La primera y última vez que lo hice Coco me huía, se puso arisca y no dejaba que la tocase. ― Vio que Pedro la miraba con… con algo. Y se avergonzó de relevar su faceta de niñera ― No es que sea como esa gente que le celebra cumpleaños a sus animales, o que tienen su propia agua, algo como…


― ¿La Elle Woods de los gatos?


Paula sonrió y asintió.


― Exacto. No llego a tanto.


Pero siguió acariciando con cariño a Coco que deshizo en sus manos maullando. Entonces reparó en su apartamento.
Un par de plantas por aquí, mesas, su hermoso sofá cama frente al televisor, y la mesa de la computadora pegada al gran ventanal que daba al callejón. La cocina era enorme pero solo tenía el refrigerador, la estufa y el horno de microondas. No había cajas ni cajones. Y su cuarto estaba divido por una cortina de cuentas que Maite le había dado para conservar su intimidad. El baño tenía su propia pared de división que consistía en azulejos transparentes.


No, no era para nada como lo que tenía en la casa de la piscina, pero a estas alturas del partido, que él la había visto jugando con Coco, no podía caer más bajo. Entonces recordó que tenía que hablar con Maite.


Cuando Coco se dio cuenta de que iba a dejarla en el piso, se aferró a su ropa, pero Paula se desasió de ella.


― Le voy a pedir un favor.


― ¿Eh?


― Tengo que hablar con mi amiga… ¿Se podría quedar aquí cuidando a Coco un par de minutos?


― ¿Por qué no vamos todos?


― Porque si llevo a Coco, Maite no abrirá la puerta. Y porque si va usted, Maite tampoco abrirá la puerta.


― Lo de Coco lo entiendo, pero ¿y yo?


“Es alérgica a los hombres guapos”, pensó Paula pero ni loca decía eso. Alzó las manos y las enlazó.


― Sólo espere aquí.


Salió corriendo, cerrando la puerta detrás de ella sin esperar respuesta. Se sacudió cuanto pudo la ropa. Coco no soltaba tanto pelo, pero no quería arriesgarse. Tocó tres veces y oyó como Maite se ponía detrás de la puerta.


― Estoy sola, sólo por si lo quieres saber.


Maite abrió la puerta hasta lo que la cadenita la dejó, y miró a los lados. Paula quien tenía una mano apoyada en la pared y otra en su cadera, se quedó sin palabras al ver la cara de su amiga envuelta en una mascada de colores chillones y con cubre bocas azul combinado. May quitó la cadena y sacó la cabeza, y miró para ambos lados y al ver que estaba sola, abrió la puerta y jaló a Paula y la metió a su departamento.


― ¿Por qué no me dijiste que venías con Pedro Alfonso?


― Te dije que estaba trabajando.


― Pero cuidando a una niña. No a él.


Paula rodó sus ojos al cielo.


― ¿Qué pasó con Coco?


Entonces Maite se puso colorada. Tomó de la mano a Paula y se dio cuenta de tenía unos guantes amarillo intenso.


― Sabes que la adoro, y cuando estoy controlada con medicamentos, la abrazo y todo, pero Coco decidió que tu chamarra era el mejor lugar para descansar.


― ¿Chamarra?


Se había ido dos días antes, y había dejado ropas tiradas por doquier, con la promesa de que regresaría a limpiar pronto.


― La blanca. Resulta que tomé prestada tu chamarra blanca de terciopelo que a mi me queda como una gabardina en punto y no lo vi. Estaba en media exposición de galería y empecé con los ataques de estornudos ― Estornudó para recalcar su afirmación anterior. Paula se empezó a reír. Su pobre amiga tenía una suerte que le llovía piedras a veces ― No es gracioso.


― Oh, créeme, lo es.


May la ignoró.


― Bueno, ahora dime, ¿todo eso es natural? ¿No tiene alguna cirugía por ahí?


Paula frunció el entrecejo. ¿De qué hablaba esa pequeña cosa?


― ¿Quién? ¿J. Lo? Por lo que me han dicho, parece que unas cuantas.


Recibió una palmada en el brazo de parte de su amiga, y a pesar de estar enferma, seguía teniendo la mano pesada. Se talló el golpe.


― ¡No te hagas! ¡Pues tu jefe! Ningún hombre puede tener todo eso natural.


― ¡Por dios, Maite!


Pensó en Clarisse y en Marla. ¿Dónde estaba la dignidad de la mujer en estos días?


“Tú también piensas en el hombre detrás del candidato”, le susurró una voz.Paula negó rápidamente y Maite lo tomó como la respuesta a su pregunta.


― ¿No qué? ¿No es natural? ¿O no tiene cirugía?


― ¡Maite Susana…!


― Sí cariño ya me sé mi nombre completo, gracias. ― May la tomó de un brazo y la llevó a la cocina donde le tenía preparado una caliente taza de café. Una humeante taza de café. Miró con la ceja alzada a May cuando está le tendió la humeante taza. ― Y ahora contéstame. Ese hombre tiene un imán suxalnético.


Paula tenía la taza a medio camino y la paró.


― ¿Sexuaqué?


― Sexualnético. Ya sabes, como los imanes magnéticos, pero en el caso de este hombre, es un imán sexual


Paula dejó la taza en la mesa y salió echa una ventisca.


― ¡No sé! Y no me interesa. ― Mentirosa le gritó la conciencia pero la acalló.


― Algunas veces me pregunto si no te habrán hecho un transplante de cerebro y te colocaron el de un chico en el cuerpo de una mujer.


Paula la miró de soslayo y entrecerró los ojos.


― Si, yo igual te quiero cariño. Bueno, dado que esto no funcionó, me llevaré a Coco al asilo del Centro.


May cambió su postura y mostró su arrepentimiento.


― Lo siento.


Paula la abrazó y justo después Maite empezó a estornudar. 


Se separaron velozmente y Paula caminó a la puerta.


― Cuando tengas tiempo libre, me hablas. Quiero detalles de ese hombre, desde que talla de calzado usa, hasta…


Un par de golpes leves en la puerta detuvo la lista de su amiga.


― Paula…


Maite se puso una mano el corazón mientras que con la otra se sostenía contra la pared.


― ¡Oh dios, esa voz! ― gimió por lo bajo May.


Pau la ignoró y fue a abrir la puerta.


― ¿Sucede algo?


Encontró a Coco metidita entre los brazos de Pedro, perfectamente acomodada entre los bíceps del hombre, chupando su dedo.


― Sí, tu gata me está comiendo la mano. ¿Dónde está el alimento?


Paula fusiló con la mirada a su amiga y le gritó. May se acercó a ella.


― No pude regresar al apartamento. Y mi medicina de alergia se me acabó. Además, nada de “Maite”, ahora ningún hombre me mirará bien, y es por culpa de tu hija, o sea tú culpa.


― Para mi, usted es una bella persona.


Ambas mujeres quedaron con la boca abierta. Pero fue Maite quien reaccionó primero.


― ¿Qué?


Pedro seguía acariciando a Coco y sonrió.


― No importa el aspecto que tenga. Por su amiga, trató de cuidar a su gato, a pesar de saber que era alérgica. Eso la hace hermosa. Además, con ese look puede crear toda una nueva tendencia.


Paula no veía esa radiante sonrisa de su amiga, pero sabía que estaba embobadamente feliz.


― ¿Sabe qué? Tiene mi voto.


Paula pensó que era suficiente.


― ¡Por dios! ¡Nos vamos!


Empujó a Pedro pero Maite no la dejaba pasar.


― Un gusto conocerlo. Regresen pronto. Pero ahora sí avisan.


Paula regresó a su apartamento por la jaula de transporte de Coco, su comida y algunas cosas que podría llevar. Al final el coche de Pedro estaba lleno de cosas de Coco. A pesar de las protestas de Pedro,Paula subió a la parte del conductor y le dejó a Pedro el asiento de copiloto. Sin Augusto, ella era la que conducía. Punto final. Pero en vez de regresar por Valley, se empezó a dirigir a Pasadena.


― ¿Y ahora a donde vamos? ― preguntó Pedro, quien llevaba a Coco en el regazo. La muy traicionera estaba de lo más feliz recibiendo atenciones, mientras le rascaran la panza, así fuera un extraterrestre, Coco sería feliz.


― Por hoy, la dejaré con un amigo. Después la tendré que llevar con un cuidador.


― ¿Esta muy encariñada a ella, no es cierto?


Paula miró al regazo de Pedro. Coco tenía los ojos cerrados, casi como dormitando. Era floja, perezosa, pero no podía desprenderse de ella.


― Demasiado. Coco representa una parte de mi vida que me trae lindos recuerdos.


― ¿Por qué no la llevas a casa?


― ¿¿EH?? ― casi se estampa contra el auto delante de ella. Pedro alzó a Coco y la miró, esta sacó la lengua, exigiendo más caricias.


― Es la mejor opción. No te gustan los asilos, y tu amiga no la puede cuidar. Allá tienes una casa sólo para ti, y cuando estés fuera, siempre se pueden encargar Carol o Jaime de ella.


― ¿No le molesta?


―- Para nada. ― La luz roja del semáforo los detuvo y Pedro carraspeó ― Y dado que sé que tienes una hija, aunque no de la misma especie, creo que hemos llegado al momento de que me llames Pedro, por lo menos…. Paula.


Paula miró primero esos ojos, después entendió sus palabras. De pronto empezaba a hacer mucho calor en el auto.


― Esto es muy raro, ― emitió un profundo suspiro y asintió, dándole una suave sonrisa ― Pero gracias Pedro. Por Coco.


Y entonces, la luz se puso verde.











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