miércoles, 3 de junio de 2015

CAPITULO 22




El parque Griffith estaba despejado a esas horas de la madrugada. Habían unas que otras personas corriendo también por ahí. Subir la pequeña cima era un buen ejercicio, y además, podías apreciar una hermosa vista de la parte Este de la ciudad. Desde el observatorio Griffith podías ver el Centro de los Ángeles, el gran cartel de Hollywood y apacible Océano Pacífico.


Pedro y Paula estaban descansando después del duro ascenso, pero la vista valía la pena. Cada uno jadeaba suavemente tratando de tranquilizar los latidos de sus corazones. El aire que soplaba era frío, pero agradable. Las gotas de sudor que se deslizaban por el cuerpo de ambos pero a ninguno de ellos les importaba. Habían hablado de cosas triviales, o algunas veces, disfrutando de un silencio cómodo.


Empezaron a descender para regresar a la Mansión, cuando el celular de Paula, que llevaba atado a su brazo derecho empezó a vibrar y apretando el comunicador del manos libres, aceptó la llamada mientras le hacía un ademán a Pedro para que se detuviera.


― ¿Diga? ― Un ensordecedor estornudo le contestó seguido de dos más, amortiguados por algo. Podía reconocer esos estornudos a miles de distancia. ― ¿May?


― ¡Ese contrato de amistad se va a la mierda! ― contestó una Maite muy enojada. Del otro lado del teléfono, Maite estaba tomando un kleenex nuevo, limpiando las lágrimas que corría de sus ojos debido al esfuerzo de las sacudidas. 


― ¡Coco me hizo una que jamás se la perdonaré!


― ¿Qué pasó?


Paula sabía muy bien que su pequeña gata persa era demasiado inquieta e interactiva, pero por la voz, May sonaba muy enojada.


― Ven por tu gato, ¡ya! ― gritó May ― Me niego a seguir cuidándolo.


Pedro miraba a Paula sin entender. Algo había pasado.


― Estoy en el trabajo. ― susurró Paula al audio, pero Maite seguía estornudando.


― Son las seis y media de la madrugada, ― incrédula May. 
Paula pensó que para una mujer que no vivía de horarios y que se levantaba a las doce del día, cualquier hora antes que esa era de madrugada. ― no puedo creer que entes trabajando a estas horas de la mañana. ― Hizo una pausa, dio un estornudo y siguió ― A menos que estés afuera de la habitación de tu jefe y el esté en una situación comprometedora.


― May… ― Si Pedro oyera lo que May decía renegaría de su mejor amiga


― ¡Ningún “May” aquí! ― gritó su amiga, pero después exhaló un profundo suspiro y cambió su tono a uno de disculpa ― Lo siento Pau, en serio, pero no puedo con Coco. Pensé que lo podría hacer, pero estaba equivocada.


Paula lo pensó mejor. Rogarle a May no llevaría a nada. Si los estornudos seguían y seguían, era obvio que no cuidaría a Coco ni aunque le pagara por ello. Y era la primera vez que ella le hablaba al trabajo, cosa que significaba solamente una cosa: Coco había sido una niña muy mala.


― Bien, iré en la tarde.


― No, Pau, tiene que ser ahora.


― ¿Porqué no puedo esperar a más tarde?


― Porque… ― Maite fue pensando el modo digno de contarle a su amiga que había dejado muriendo de hambre a su gata, porque la alergia no le había permitido entrar de nueva cuenta en el departamento, pero no podía caer tan bajo. Paula amaba a esa gata por sobre todas las cosas, y no estaba animada para tentar los límites de su amistad ― ¡Pues porque tienes que venir ahora!


Y colgó.


Paula miraba atónita a Pedro. La pequeña cosa esa le había colgado. Odiaba que le hiciera eso.


― ¿Sucede algo malo? ¿Algún amigo ha sufrido un accidente?


― No, no, no. Es sólo que… Tengo que ir a mi casa.


― ¿Ahora?


Paula odio sentirse comprometida. Marla y Jorge eran los que cuidaban de su preciosa nena siempre, pero con pequeño Samuel, no quería causarle contrariedades.


― En verdad lamento las molestias, pero es urgente.


Pedro asintió rápidamente.


― Esta bien, no hay problema. Sólo avisemos que vamos a llegar tarde, para que así Augusto no la espere.


Sara. No podría llevar a Sara a la escuela.


Hizo un cálculo mental. Estaban el Silver Lake y ella vivía en West Puente Valley. Así que eso la dejaba a hora y media de ida y regreso, y eso si evitaban la hora pico de las escuelas. La vía mas corta sería por el centro de los Ángeles, pero de regreso tendría que bordear Pasadena y San Gabriel para llegar a la Residencia Marshall.


― ¡Oh maldición! ― Gimió Paula por lo bajo, pero Pedro la oyó.


― ¿Eh?


Paula no contestó y empezaron a descender la montaña.







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