jueves, 18 de junio de 2015

CAPITULO 75





Un mes después...


― May, joder, cierra la boca al masticar.


Pero su amiga no le hizo el menor caso y siguió aplastando las frituras contra sus muelas. A pesar de todo, adoraba que le hiciera compañía aunque fuera de manera ruidosa y mirándola con ganas de asesinarla. Había pasado un mes desde que había abandonado el hospital. Se había trasladado a su casa inmediatamente, aunque estuvo a punto de regresar al hospital por el cuello roto, luego de esquivar a las cámaras y reporteros que la siguieron por toda una cuadra afuera de su casa cuando la vieron llegar.


Con la ayuda de Larry y el apoyo de Miguel había salido adelante con los medios. La detención de Rafael, el asesinato de su madre y de su protector, el secuestro de Sara, las relaciones de Rafael con los carteles de droga y prostitución… todo eso y más: la prensa no se había dejado ningún cabo suelto.


Pero su… Rafael había tenido razón en una cosa: jamás pisaría una prisión. Luego de la captura, había ofrecido entregar a una gran lista de su buró de ayudantes, entre ellos el tan afamado Guillermo Díaz, al que Alex y su primo William querían atrapar. Cuando Protección a Testigos lo había metido en su programa, Paula había gritado enfurecida en cuanto se había enterado provocando una fuerte pelea con su amiga Alessandra. Sin embargo, una semana después, había aparecido muerto, degollado y torturado en una casa donde lo habían mantenido supuestamente escondido.


Paula no había llorado una lágrima.


La prensa había vuelto sobre ella, pero Paula no había comentado sobre ello. Con respecto a Rafael y sus fechorías, ella ya no tenía nada que decir. Había hecho una visita a las tumbas de su madre y de Samuel, había vuelto a rezar, después de años, y había llorado por sus verdaderos muertos. El culpable había pagado, y no por su mano. No había jalado el gatillo contra Rafael, sólo por ellos, y por sus vivos, pero no por eso, podía evitar sentir algo de tranquilidad al saber que Rafael jamás volvería a ser una amenaza.


Miró a Maite sentada en el otro extremo del sillón, librando una Segunda Guerra Mundial en su boca, batallando contra los Cheetos y masticándolos hasta pulverizarlos, haciendo un ruido detestable, pero aquella era la manera en que su mejor amiga canalizaba su furia contra ella luego de que le contara como habían acabado las cosas con Pedro.


Treinta días después, y aún no la perdonaba.


Con Pedro como ahora Senador de California, tenían una agenda muy apretada, de la que se enteraba, ya que todas las noches salía en la televisión, en la radio, en los periódicos… y en su mente. En el día de las elecciones, la victoria de Pedro fue sobresaliente. A pesar de antes del suceso de Sara tenía más puntos que Rafael, cuando salió toda la verdad detrás del Senador Hunder, la victoria fue definitiva.


¿Por qué nadie podía entender que ella había obrado bien?


 Veía las noticias y se alegraba mucho por Pedro y Sara, quienes se veían felices y seguían sus vidas adelante. Ella estaba haciendo lo mismo.


“Sí claro”, susurró su conciencia.


May le cambió de canal a la televisión y vio a Nadia en el canal de las noticias. La noche anterior se había celebrado una cena para las mujeres líderes, que ella encabezaba. La última vez que había hablado con ella, dos noches atrás, había acabado regañada y moralmente desecha.


― A veces eres más tonta de lo que pensé. ― le había dicho y había entrado a su casa sin más.


Había aparecido con su ropa de camuflaje exorbitante, unos lentes oscuros enormes y una mascada alrededor de su cabello. Desde luego la frase la había dejado sin palabras.


― Pedro no come, Sara esta triste todo el tiempo incluso Jaime ha perdido su vitalidad.


Oír que Jaime la extrañaba la había dejado sorprendida, y lo peor es que, de una manera masoquista, también extrañaba al mayordomo de nariz alzada. Nadia había hablado, susurrado y gritado acerca de su tonta decisión. Había tratado de defenderse bajo la tonta excusa que se repetía día a día.


― ¡Lo intenté, lo intenté de verás! Pero aquella no es mi vida. Mira a tu alrededor, y ve lo que hay. ― Su departamento no había estado en sus mejores días, pero aún así, recalcaba la diferencia entre sus mundos ― Esto no es la residencia Alfonso.


La pregunta que le había hecho después, sin embargo, la había dejado desarmada.


― Soy discreta, pero no tonta Paula. Lo supe desde el primer día en que los vi juntos. Al principio tenía mis dudas, pero el día de la entrevista en San Francisco era más claro que el agua que ambos mantenían una relación, y que había algo entre los dos. Soy su madre Paula, hay cosas que no pasan desapercibidas. Lo amas, ¿verdad?


Había dejado caer las manos y había guardado silencio, después se había acercado a la ventana de su departamento. La palabra hogar había desaparecido luego de que Samuel muriera. Adoraba a Jenn y a Jorge, pero Samuel era quien le había hecho sentir segura por primera vez en su vida. Después había aprendido a cuidarse ella sola, hasta que había llegado a la Mansión Alfonso y había conocido a Pedro. La sensación de seguridad había regresado, y al paso de los días, había dejado de pensar en aquella casa como un lugar, una residencia, un sitio donde trabajaba y descansada. Había empezado a considerarla su hogar.


― Sí, lo amo, Nadia. Y por que lo amo, no puedo vivir obligarlo a cargar conmigo.


Había oído el suspiro de la madre de Pedro, y la oyó acercarse a ella, obligándola a darse la vuelta, tomándola de las manos. Paula alzó las manos y las observó, como si sintiera el tacto de Nadia en esos momentos.


― Él también te ama, mi niña.


La voz maternal de Nadia había aflorado las lágrimas, había luchado con ellas, pero había perdido.


― Lo sé.


― ¿Entonces por qué estás aquí cuando ambos están destinados a estar juntos?


― No funcionaría, Nadia. ― le había susurrado entre lágrimas.


Las siguientes palabras sin embargo le habían hecho dudar si había tomado la decisión correcta.


― Si alguien sabe de mundos distintos soy yo, Pau. Una sirvienta, inmigrante, pobre, se enamora del hombre guapo y rico. Quien haya dicho el “vivieron felices por siempre y para siempre” no pudo estar más equivocado. Fue muy duro adaptarme a la vida de mi esposo. ¿Pero sabes que? Lo amaba demasiado para dejarlo ir. Sopesé mis opciones, y vivir sin él, no era una de ellas. Además, él jamás me presionó para hacer lo contrario. El me amaba a mí por lo que era, no por lo que quisiera pretender ser. Ambos sacrificamos muchas cosas, tuvimos nuestros momentos de dicha y de tristeza, pero al final tuve veintinueve años de dicha con el padre de Pedro, Pauña. Y a pesar de que no está conmigo ahora, siempre lo amaré. Y no me arrepiento de lo mal que lo pasé al comienzo, y sé que el jamás lo hizo. El amor es un gran escudo. Cuando se tiene el amor correcto, puedes ofrecerlo todo, incluso la vida. Pero creo que eso ya lo sabes. A cada persona en este mundo, le corresponde por ley de vida un momento de felicidad, no lo olvides. La cuestión es, saber aprovecharlo.


Se había marchado sin más, dejándola sola. Las últimas palabras de Nadia seguían repitiéndose en su cabeza. 


Amaba a Pedro, pero las pesadillas las acechaban.


Nadia había puesto en una balanza sus opciones…


“Lo amaba demasiado para dejarlo ir”


Se levantó como si hubiera sido impulsada por un resorte y fue por su cazadora y sus llaves.


― Vengo en un rato. ― le dijo a May, quien la miraba como si se hubiera vuelto loca.


― ¿A dónde vas?


― A ver si tengo cura.


Salió antes de darle otra explicación a May y se dirigió al único lugar que le podía proveer una cura contra todo sus males. Una cuadra antes de llegar, se detuvo en un bar y fue por un buen trago, necesitaba todo el valor del mundo para dar ese paso. Llegó al pintoresco edificio, saludó al guardia y subió al consultorio como lo había hecho otras veces. El salón de espera seguía igual. Vio a alguien esperando, y cambió de idea. Se dio la vuelta, pero justo cuando iba saliendo hacia el ascensor, la puerta se abrió y oyó su nombre por detrás. Se giró muy lentamente y se preguntó si no había cometido un error al haber ido.


Robin la miraba con sus ojos brillando de felicidad, siempre tan radiante y sonriente que Paula se preguntó si no tendría costurada la sonrisa. Entonces dejó salir un suspiro y se acercó. Robin se despidió de su paciente, una adolescente terriblemente flaca, la cual Paula no tardó en averiguar su mal. Las observó marcharse y pero sintió la mirada de Robin sobre ella, y tuvo que voltearla a ver. Correr ya no era una opción. Tenía una linda cicatriz en el costado que afirmaba que cobarde no era.


― Bienvenida. ― exclamó Robin, resplandeciendo felicidad por todos sus poros. Bueno, en otras cosas era una cobarde, pensó con ironía.


― Yo no sé… quizás fue mala idea.


Robin se hizo a un lado, y abrió la puerta.


― ¿Quieres un café?


― Yo… ― entonces recordó lo que había meditado sentada en el sillón esa tarde. Dejó salir un suspiro y asintió ― Vale.



Entró en la habitación como lo había hecho otras veces, vio a Robin, como lo había hecho otras veces, entonces, ¿Por qué estaba a punto de tener un ataque de pánico en esos momentos?


― Tienes una hermosa vista desde aquí.


― Lo sé, me encanta. Relaja a mis pacientes y a mí misma.


Miró la oficina nerviosa, recorriendo con la mirada a su derredor y se detuvo en un pequeño helecho en el que no había reparado las otras veces. Se acercó y observó entonces la planta verdosa, y acarició con sus dedos una hoja.


― No tengo una planta. Nunca me han gustado, y sólo tengo… o tenía a Coco ― se corrigió al recordar a su pequeña gata ahora con Sara ― por cuestiones sentimentales, pero creo que jamás me habría comprado una mascota si de mi hubiera dependido. Los lazos emocionales no son lo mío. ― se dio la vuelta y miró a Robin, quien la observaba atentamente ― Me es difícil confiar y dejar que la gente se me acerque. Mi pasado es una mierda, mi presente es un caos, y mi futuro, vaya, no tengo ni la más jodida idea.


― ¿Y?


― Necesito ayuda. ― susurró Paula.


Robin se levantó de su asiento.


― Lo sé querida. ¿Qué te parece un abrazo para comenzar?


Una vieja Paula habría dicho que no. Una vieja Paula habría corrido antes esas muestras de afecto. Una vieja Paula jamás se habría arriesgado a amar. Pero ella estaba ahí, y ella amaba con locura, así que respondió.


― Creo que sería sensacional.


Las lágrimas fluyeron de sus ojos, pero Robin la sostuvo. Se calmó y entonces empezó a hablar, como no lo hizo la otra vez. Soltó todo cuando tenía atorado en su garganta, y entornes, sólo porque sabía que podía confiar en ella, no como doctora, sino como persona, le habló de su relación con Pedro. Quería deshacerse de sus fantasmas, quizás entonces, podía ofrecerle algo mejor a Pedro, que una mujer llena de problemas, con un pasado tan turbio como una taza de café colombiano. Habían pasado casi dos horas, cuando tomó el pañuelo de papel de la caja que Robin le tendió, y se limpió las lágrimas. Odiaba llorar pero odiaba más tener testigos. Entonces vio que Robin sonreía de una manera, rara, misteriosa, como si estuviera complacida.


― ¿Por qué sonríes como si tuvieras un gran festín?


― Porque al fin has dado el primer paso a tu recuperación.


― ¿Eh? ¿Estoy curada en una sola sesión?


― Ni de lejos. ― contestó entre risas la gran Dra. Robin Gilmore ― Pero has dado el primer paso hacia ello. La vez pasada solo habías hablado de tu pasado, siempre del pasado. Por primera estás enfrentándote a tu presente. Has dejado de pelear con el pasado, con tu padre, con tu madre. Has venido porque quieres un futuro, uno para ti, y para los que te aman. Eso es el primer paso. Dejar a un lado el pasado, y seguir.


Paula sonrió.


― No entendí nada, pero gracias, creo. ― Se levantó de su asiento y abrazó a Robin en un acto espontáneo ― Gracias Robin.


― Mi puerta siempre estará abierta, Paula. Aunque la próxima vez has una cita.


Paula sonrió y salió del consultorio. Lo había hecho. Y había salido viva del intento. Hablar si que le había servido. Ahora sentía una cierta calma que no había sentido mucho tiempo. 


Se despidió del guardia, y salió del edificio con los ojos cerrados, disfrutando la suave brisa que avisaba que el invierno estaba próximo. Aspiró con fuerza y abrió los ojos.


Pedro estaba enfrente de ella, observándola en silencio. Iba vestido de ropa informal, con un polo verde oscuro y un pantalón gris. Nada de trajes, y sin embargo, se veía glorioso. Verlo a tan solo unos metros de ella, le hizo un nudo en el estómago.


― ¿Qué haces aquí?


― Maite me habló hace unas horas, preocupada por su mejor amiga que había salido de la casa sin saber a donde, Tenía miedo de que te fueras a tirar del Library Tower.


― ¿Me fuiste a buscar ahí? ― preguntó mientras sus labios se curvaban hacia arriba.


Pedro sacudió la cabeza.


― No, en cuanto dijo que fuiste por una cura, supe donde estarías.


Paula se maravilló que Pedro la hubiera entendido.


― Esto parece un tipo de dejá vú. ― soltó Paula, tratando de quitar la tensión que había en el ambiente. ― Pedro


― Paula…


Ambos sonrieron, y se siguieron mirando. Paula miró hacia piso de Robin, y la pudo ver en la ventana de su oficina, observándolos, y sonriéndoles. Miró a Pedro nuevamente, y sintió que una gran carga era quitada de su espalda. Ahí estaba su futuro. Recordó las frases dichas, y caminó hacia él, hasta quedar frente a frente.


― No puedo vivir sin ti. ― dijo, mirándolo a los ojos, asombrada de que ella lo hubiera dicho en voz alta.


Pedro sonrió provocando que una mirada de ofendida en Paula.


― Esto parece tan curioso. Era yo el que iba a rogarte, y que estaba pensando en secuestrarte hasta hacerte entrar en razón y que dijeras precisamente eso, y mira con lo que me encuentro.


Ambos se miraban sin dar otro paso, sin hacer otro movimiento. La poca gente que pasaba los observaba, pero ahora, él no era el senador, y ella no era su guardaespaldas. 


En esos momentos eran un hombre y una mujer, amándose con sus miradas. Pedro le acarició su mejilla y el cuerpo de Paula respondió a su caricia. Lo había extrañado tanto.


― Decidí darte tiempo, pero no estar contigo me estaba consumiendo.


― ¿Qué puedo decir? Soy muy impulsiva.


Pedro sonrió y la soltó para meter su mano dentro de su pantalón.


― Una vez me dijiste que bien podías casarte conmigo bajo cierta condición.


Oía la palabra matrimonio la dejó sin aire. Pedro sacó una cajita de su pantalón, y se la tendió. Paula la estuvo mirando unos segundos, estudiándola y lo primero que pensó fue que era demasiado grande para ser un anillo. Aún así, la tomó con recelo, frunciendo el ceño; la abrió con temor, de no saber que tendría dentro, y cuando lo hizo, se quedó de piedra al ver el logotipo.


― ¿De qué va esto?


Pedro tomó con una sonrisa triunfadora el pequeño objeto con unas alas plateadas en el centro del cuero negro y una gran “B” en medio de unas alas recubiertas de plata.


― Digamos que nuestras vidas son todo, menos comunes. Aunque Sara insistió en que comprara el anillo, creo que esto es más apropiado. ― Tomó las llaves entre sus manos y entre la argolla estaba un hermoso anillo de un solo diamante, sencillo y justo a la medida. Pero Paula estaba sin palabras, no solo por el anillo, sino porque sabía condenadamente bien, que quería decir esa letra y esa llave. Sintió el anillo deslizarse en su dedo anular, junto con el resto de las llaves. Ania se sintió tonta y al mismo tiempo, dentro de un sueño del que no quería despertar jamás ― Claro, nos tuvimos que deshacer del BMW, demasiado lujo y mis votantes pensarán que me gasto el dinero de sus impuestos en ello. ― Terminó de colocar el anillo y la miró. 
― Aquél día en el hospital te dije que yo aún no había dado mis últimas palabras. Y creo recordar que una vez me dijiste que por este auto harías muchas cosas, incluso…


― Pedro, cállate.


Sus bocas se encontraron a medio camino, ansiosas de lo que se les había negado por demasiado tiempo. Pedro la abrazó mientras que ella colocaba una mano sobre su corazón, donde sabía que ya estaba, y descansaba la otra mano sobre su hombro. Y las llaves de un hermoso y lujoso Bentley BY 8.16 Hunaudieres colgando de su dedo anular.






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