Leandro se extrañó de ver en la pantalla de las cámaras de seguridad a Alex, aferrada al volante. Sabía que no le gustaba la prensa, pero ni una pizca y en ese momento estaba enterrada hasta la copota, de cámaras, micrófonos, personas, flashes, pero no era para tanto. Le dio el pase automático, observando que los policías que estaban en la puerta, no dejasen ningún reportero se infiltrase dentro de la mansión.
Salió de la cabina de cámaras y fue a recibirla. Se encontraron en la entrada de la casa de Paula, en la piscina.
Alex venía corriendo y se veía pálida. Leandro se extrañó de verla tan alterada pero antes de que él pudiera preguntar, ello lo hizo primero.
― ¿Dónde está Paula?
Leandro frunció el ceño, pero contestó.
― Pues ahora que lo dices, tiene unos minutos que no la veo por toda la casa. ― Al ver la tensión en el rostro de Alex, sus sentidos se pusieron en alerta. ― ¿Qué ha pasado?
― No lo sé. ― Sacó una grabadora pequeña, de esas de bolsillo que usaban para grabar las entrevistas durante los interrogatorios. Pulsó play y salió la voz de Paula de la cinta ― “…ley está donde te acabo de decir, y cuando esto termine iremos a ver “Thunder Cats” solo las niñas y nosotras.”. ― La cinta paró y Alex lo miró preocupada. ― Grabé lo que pude. Al principio dijo que la llave del Bentley estaba donde me acababa de decir.
― ¿Qué rayos es eso? ― A Leandro se le estaba acabando la paciencia.
Alex le extendió el folder que llevaba consigo.
― Estuve investigando a esta mujer. Daniela Curtis, antes Lowell.
Leandro abrió el papel y se encontró la foto de la morena que trabajaba para Alfonso. Tenía una linda sonrisa, pero…
― ¿Lowell? ¿Familia de C.D. Lowell?
― Su hija. ― dijo Alex, confirmando sus peores temores.
― ¡Mierda! Todo el tiempo estuvo enfrente de mí.
― Y lo de la película de dibujos animados, no puedo creer que Paula aun lo recuerde. Fue una noche de copas, en su primer día de trabajo en el buró. Le dije que si su padre se llamara Tom o Timothy o algo así, en vez de Rafael, en las urnas pondrían T. Hunder, como la serie animada. Al hablar de las niñas, quiere decir que Hunder tiene a Sara.
Leandro no podía creer lo que estaba oyendo. Octavio y Miguel habían llegado media hora atrás y se habían puesto a trabajar rápidamente bordeando la zona y ayudando a los guardias de seguridad. Tomó su radio y se conectó todos.
― ¿Alguien reporte si han visto a Chaves? ― preguntó sin apartar la mirada de Alex.
― No está aquí.
― No.
― Negativo.
Alex y Leandro intercambiaron miradas de miedo, aprensión, desosiego, y de temor. El ruido de unas pisadas corriendo y acercándose a ellos hizo que apartaran las miradas. Pedro apareció detrás de la arboleda.
― ¿Dónde esta Paula? ― entonces reparó en Alex que lo miraba sin saber que contestar a su pregunta ― ¿A que hora llegó usted?
― Larga historia. ― contestó Alex pero se colocó al lado de Leandro e intercambiaron miradas.
― ¿Donde está Paula? ― volvió a preguntar Pedro ― La he buscado por toda la casa, pero no la encuentro por ningún lado.
― Díselo.
Leandro miró a Alex como si esta le hubiera dicho que lo matara ahí mismo. Alfonso estaba demasiado involucrado y demasiado de todo.
― No creo que sea buena idea.
― Díselo Leandro. ― insistió Alex, con firmeza, dejándole ver que, o se lo decía él, o se lo decía ella.
Leandro dejó salir un largo suspiro y se preparó.
― Creemos que ha sido raptada.
― ¡¿Qué?! ¿Y qué carajos hacen aquí tan tranquilos?
― Por eso no quería decírselo ― dijo Leandro mirando a Alex. Tomó a Pedro de los hombros, y lo obligó a detenerse sentándolo en una de las tumbonas para tomar sol ― Estamos seguros de quien la tiene, pero no sabemos donde esta, no tenemos ni una idea.
Pedro alzó la mirada, el sol ya había desaparecido y la luna reinaba el cielo en esas horas. Aún así, con la ayuda de esa tenue luz pudo vislumbrar el rostro de Leandro cuando le preguntó:
― ¿Es Rafael, verdad? ― vio su rostro, primero el de la sorpresa y luego el de la confirmación. Se levantó y aguantó las ganas de romper algo. ― ¡Ese maldito hijo de puta! ¿Pero como…?
Leandro colocó una mano en su hombro, si bien no lo tranquilizó, lo mantuvo aplacado.
― Tenías un topo en la casa. ― Leandro sabía que no se esperaba algo de eso ― Paula llevaba semanas tratando de averiguar quien era, desde las compras en Rodeo, empezamos a sospechar de ello, pero no dábamos con nadie. Creo que lo que sucedió en la cena, tiene que ver con ese topo. Ahora sabemos quien es. Es Daniela.
Le extendió la carpeta que minutos antes le había dado Alex.
― ¿Daniela? No puede ser. Ella es tan… tan tímida y reservada.
Leandro también había pensado eso, y lo había engañado. La muy zorra lo había engañado con sus sonrisitas tímidas y aspecto medio mojigato.
― Es la hija de Lowell, el hombre que murió junto con la madre de Paula.
― No tiene sentido. ― susurró Pedro mientras hojeaba las hojas. Toda una vida llena de mentiras.
― Nada de lo que está sucediendo lo tiene ― murmuró Alessandra con una nota de melancolía. Alzó la mirada para ver a Alfonso ― En todo caso, ¿para qué buscabas a Paula?
― Hay un hombre que quiere hablar con ella, Según Jaime, el hombre ha llamado tres veces pero no ha querido dejar mensaje, solo que hablaría personalmente con Paula. En el último mensaje solo dijo que le dijeran que J.P. había marcado.
Ambos agentes se miraron sorprendidos.
― ¿Juan Pablo está aquí en California? ― preguntó Alex.
― ¿Tienes su número? ― inquirió Leandro al mismo tiempo.
Alex cabeceó.
― No, pero lo conseguiré en un segundo.
― ¿Qué esta pasando? ― demandó Pedro, porque no entendía nada de lo que aquellos dos hablaban, pero ninguno se digno a hacerle caso.
― Will, soy Alex… Paula está en problemas, Will. Necesito que me localices el número de Juan Pablo Lumber, en California… Es para ayer Will… Rápido Will. Es de vida o muerte. La hija de Alfonso también esta involucrada… Mueve tus obesos dedos mientras… Iré algún día. Gracias Will ― Se giró triunfante hacia los hombres ― Listo.
Discó el número desde su móvil y lo puso en altavoz.
Mientras sonaba, Leandro les pidió a los demás que guardaran silencio.
― ¿Paula? ― la voz tenía una nota profunda de miedo.
― No, soy Leandro, Juan Pablo.
Se hizo silencio y Pedro rezó para que aquél hombre no le colgara a Leandro.
― Tengo que hablar con Paula. ― demandó el hombre del otro lado de la línea.
― No está aquí, y creo que tú sabes donde está.
― No soy un asesino, ni un secuestrador, Lean. Tú lo sabes… Pero él me amenazó Lean Quise salirme de su trabajo… ― Entonces Pedro reparó en el hombre. ¡Era el guardaespaldas de Hunder! ―…pero me amenazó con mis hijos Leandro, ¡mis hijos!
El hombre se oía desesperado, y por unos segundos Pedro sintió pena por él. Leandro los miró recordándoles que guardaran silencio.
― Juan, ahora mismo, tenemos que ayudar a Paula, y es probable que la hija de candidato Alfonso esté también con ella. Te ayudaremos a salir de esta J. P. pero primero necesitamos que nos ayudes a localizarlas.
Fueron los segundos más largos de su vida. Pedro deseó poder meterse dentro del móvil y estrangular al hombre si no hablaba, pero al oír la voz, sintió que se le quitaba un gran peso de encima.
― A las afueras de San Fernando, saliendo de la carretera libre Golden State, antes de llegar a la bifurcación que se une con la Intersección 5, en la carretera Gentilli Ranch encontrarás unos almacenes retirados.
― Gracias J.P.
Leandro colgó y se dirigió a Alex.
― Habla a Jorge, mientras yo me pondré con el detective Sheffield. Haremos un plan.
Alex asintió y se alejó para hacer la llamada. Leandro, quien se dirigía a ver al agente a cargo, fue detenido por Alfonso.
― Voy con ustedes.
― Alfonso, creo que no es buena idea.
― Mis dos mujeres están en peligro, O’Brien. Dos de las tres mujeres más importantes en mi vida están en peligro, así que se joden las reglas y todo. Yo he dicho que voy.
Leandro curvó los labios. Ese ímpetu le recordaba a alguien.
― Buen, si lo pones así. ― Caminó pero al tercer paso se detuvo y lo miró con un nuevo sentimiento de aprobación ― Creo que Paula y tú hacen muy buena pareja.
Pedro intentó sonreír.
― Repítemelo cuando esto se acabe.
* * * * *
Tenía que ver a donde la llevaban, si la llevaban con Sara, o ver que resultaba de todo esto. Era arriesgado, pero tenía que tomar la oportunidad. Salieron de Los Ángeles, para pasar por San Fernando y entraron en la 14 Estatal y luego tomaron la libre 5, y de ahí se perdió. Las ventanas oscuras no le permitían ver mucho. No podía arriesgarse, solo esperaba que Alex hubiera captado su mensaje.
― En unos momentos llegaremos con Rafael.
Paula apretó los dientes, aguantando las ganas de golpear a la tipa. Pero no era tonta. Lou estaba cargada y ella le podía disparar en cualquier momento. Además, tenía que ver a Sara. Dios.
Cerró los ojos y mostró indeferencia. No le daría el gusto de verla preocupada o molesta. En cambio, la miró con sorna.
― Eras tú el topo. Siempre fuiste tú.
Daniela sonrió y se encogió de hombros.
― Una pequeña desconsideración mía.
― Danielle Lowell, no lo puedo creer.
― Vaya, pensé que esa mujer estaba muerta. Daniela Lowell dejó de existir hace muchos años, Paula. Daniela Curtis nació en cambio, con la ayuda de Rafael.
― El mató a tu padre, ¡Rafael mató a tu padre junto con mi madre, y aún así le sirves! ― dijo en voz fuerte, pero sin ser un grito.
Danielq se relamió los labios, a la espera de poder sacar su verdadera naturaleza. Odiaba ser la dulce y tímida mujer de negocios, tanto como odiaba acostarse con Ramiro. Había intentado acercársele a Carlos, pero desde el comienzo le había plateado los pies en la tierra. Ramiro era el segundo al mando y aunque le había costado mucho tiempo, paciencia, y aguantarse las náuseas cuando lo tocaba, había logrado que él confiara con ella.
― Rafael me salvó de la miseria. Le debo todo a él. ― Sólo Rafael la había cuidado y querido. Era suyo, por siempre. Lo amaba con todo su ser. ― Quien sabe, quizás en otras circunstancias hubiera sido una linda madrastra para ti.
Las arcadas llegaron a la garganta de Paula. ¡Ella y su padre! ¡Por Dios!
― Rafael jamás ha amado a nada en su vida. Te engañas a ti misma al pensar que él te quiere. Te está usando. Como a todo los que le rodean.
Paula observaba con atención cada lugar, pero las ventanas polarizadas no le permitían saber hacía donde iban, sólo sabía que la gran ciudad había quedado atrás. No oía le bullicio del tráfico, ni la animosidad de la gente. Veinte minutos después, el auto al fin se detuvo. Daniela se quedó adentro, mientras el otro hombre le habría la puerta.
― Ni lo intentes cariño, un movimiento en falso, y… ― sacudió la Beretta de un lado a otro ― Que te quede claro que si te quisiera muerta, lo habría hecho hace mucho tiempo.
La miró como si nunca la hubiera visto. Esa mujer estaba loca. Salió lentamente, estudiando el lugar. A pesar de la oscuridad, podía reconocer el lugar como un viejo almacén abandonado. El conductor la tomó con rudeza de los brazos y la obligó a caminar. Daniela se les unió en la marcha.
Habían tres hombres en la parte exterior, resguardando el lugar, todos portando AK-47 y Paula estaba segura, de que debajo de sus cazadoras tenían más armas. El ruido de una gran puerta de metal deslizándose llamó la atención y no se sorprendió de ver a su padre en la entrada de la vieja estación. Sonrió complacido al verla acorralada, y por enésima vez se aguantó las ganas de golpear a alguien.
Caminaba hacía ella con aires de suficiencia y poderío, como si fuera el amo y señor del mundo.
― Jamás confíes en una mujer hermosa, ese es el refrán, ¿no? ― Llegó hacia Daniela y le acarició el rostro, para después plantarle un beso en los labios. Paula hizo la cabeza a un lado, asqueada de la escena. ― Bienvenida mi pequeña.
Paula lo fulminó con la mirada, sólo tenía una cosa que decir.
― ¿Dónde está Sara?
― Tranquila, tranquila. Todo a su tiempo.
― Quiero verla. ― insistió Paula.
― ¿Alguien te vio? ― preguntó Rafael a Daniela ignorando la petición de Paula. Su sirviente negó con la cabeza y la sonrisa de Rafael se ensanchó aún más ― Espléndido. Todo marcha según el plan. ― Vamos adentro.
El tipo que la tenía agarrada la empujó y se echó a andar. El lugar estaba abandonado y se oían solamente las pisadas de los zapatos sobre el metal. Bajaron unas escaleras y llegaron a otra sala, equipada con una decoración rústica, sillas y mesas solo lo necesario. Habían otros tres hombres en ella, uno viendo televisión y los otros dos comiendo hamburguesa. Vio una puerta al fondo de la habitación y sintió la adrenalina correr su cuerpo. Se giró hacia Rafael por segunda vez.
― Quiero ver a Sara.
Rafael soltó un aire de resignación e hizo un ademán hacía uno de los hombres, el cual se levantó de su silla y se dirigió a la puerta. Tocó la puerta y al cabo de unos segundos, ésta se abrió y el su viejo amigo Juan Pablo salió con Sara delante de él.
― ¡Paula!
Cuando la vio su corazón latió de alegría y tranquilidad… por el momento. Corrió hacia ella, y Sara hizo lo mismo. Con las manos aún apresadas, Paula se hincó y recibió el abrazo de Sara, quien lloraba un mar de lágrimas.
― Cariño, todo esta bien. ― deseó poder tomarla en brazos, pero las esposas se lo impedían. Entonces advirtió con furia ciega, el moratón que tenían en la mejilla, sus ojos hinchados y su labio inflado y herido. Miró a Rafael escandalizada ― ¿Qué le hiciste, maldito?
― Había que disciplinarla, luego de que le diera una mordida a mi guardia.
― Te juro que me las pagarás.
― De nada te sirve las amenazas. No lo ves, aquí se termina todo.
Paula se puso en alerta.
― ¿De que hablas?
Rafael llegó hasta una silla donde se postró como un soberano, y Daniela caminó hasta su lado.
― Imagina mañana cuando la prensa se entere de que mi hija, la gran Paula Chaves formaba parte del grupo de secuestradores de la hija de Pedro Alfonso. ― Los ojos de Paula se abrieron como platos, y pudo sentir la tensión de Sara a través de sus manos ― Entró en una crisis emocional, ya que todos sabían que no estaba en sus cinco sentidos. Tus cómplices ― y señaló hacia los hombres que estaban presentes ahí ― querían sacar más dinero pero tú no te quisiste arriesgar. Las cosas se salieron de control y la pequeña Alfonso se entera de que tú formabas parte de los malos por lo que la acabaste matando, y con la conciencia remordiente, te suicidaste. Mis chicos se entregaran y dirán exactamente eso.
Sabía que Rafael era un asesino, pero Paula se encontró sorprendida de la maquiavélica mente de su progenitor.
Tenía que sacar a Sara de ahí a como de lugar. Entonces un rayo de escalofríos recorrió su espina.
― No tenías intención de regresar a Sara a salvo, ¿no es así?
― Creo que vale más muerta que viva. ― lo dijo con el mismo tono con el que se habla del clima ― Imagina, el joven Alfonso estará tan desolado, que no podrá seguir participando como candidato a Senador, y yo, bueno, todo mundo sabe que tú y yo no teníamos una relación muy cercana, así que me sobrepondré, tal y como lo hice con tu madre.
― No te atrevas a mencionarla. ― susurró con los dientes apretados.
Rafael golpeó la mesa que tenía enfrente.
― Debiste dejar las cosas así, pero tenías que seguir indagando, igual que ella. Al final, cuando se enteró de mis relaciones con Díaz, y me oyó hablando con él, supe que no la podía dejar ir. ― Vio la mirada de sorpresa en los ojos de Paula y sonrió, estupefacto. ― ¿Acaso lo habías olvidado? ― Paula cerró los ojos, tratando de recordar, pero no tenía nada. Rafael se levantó de la mesa y sonrió ― Veo que sí. Bueno, ahora ya no tiene importancia. Juan Pablo se encargará de ti de ahora en adelante. ― miró a su guardia y sonrió ― asegúrate de que se vea verdadero. No quiero errores. ― Rafael sacó su teléfono celular para después mirarlo. ― Juan Pablo, encárgate de todo. Daniela y Lucas, vengan conmigo.
Tomó a Daniela y el otro hombre que los había llevado, y salieron del lugar, mientras que Juan Pablo caminaba hasta ella. Paula lo miró con desprecio, recordando al que una vez había sido su amigo, ahora era su enemigo.
― No puedo creer que le ayudes.
― Tengo que hacerlo. No me dejó opción.
― Deja de lloriquear Juan, ― gritó uno de los hombres, atento a la conversación ― Haz lo que se te pide y tus preciosos niños estarán bien.
Entonces entendió. No podía creer lo que aquellos dos hacían con las personas, utilizarlas como si fueran marionetas a sus gustos.
― Lo siento. ― Le susurró Juan a Paula.
Paula se puso en medio de él y Sara, colocándose como protección. Observó a todos lados, buscando una salida. Con las manos esposadas no podía hacer mucho, pero no se iba a dejar morir en ese lugar. Y menos a Sara. Observó a otro de sus “cómplices” se acercó a ellos.
― Hay que quitarle las esposas y crear un escenario de lucha acorde. ― el hombre si iba a inclinar, pero Juan se interpuso, diciéndole que él lo iba a hacer.
El hombre lo miró con recelo, pero asintió, aún así, sacó su pistola, pero no le apuntó a ella, sino a Sara. Con ello la obligaba a permanecer quieta. ¡Maldición!, pensó Paula.
― Es una pena, no verás jamás la película de Thundercats cuando salga.
Entonces la realidad golpeó a Paula. La esperanza llenó su corazón. Su mente empezó a trabajar a miles de revoluciones por segundo. Sus muñecas fueron liberadas, y el otro hombre se acercó antes de que Juan Pablo o ella reaccionaran y le dio una patada en la cara, lanzándola al piso. Luego el otro la alzó y le dio una cachetada mientras que el primero la seguía pateando.
Paula oía los gritos de Sara, pero se aguantó las ganas de devolver el golpe. Entonces Juan Pablo gritó y todos se detuvieron.
― Hay que terminar esto.
Se acercó a Paula y la tomó del cabello, levantándola. La sangre le corría por el labio, y presentía que tenía una costilla rota, quizás más. Apenas si podía abrir el ojo donde había recibido el primer golpe. Paula tomó la mano de Juan Pablo, oyó a los hombres ponerse en alerta, pero se mantuvo firme.
― No dejes que Sara vea esto, por favor, Juan. Por favor. ― volvió a insistir.
Juan Pablo asintió y miró al hombre que tenía el arma en las manos.
― Lleva a la chica al cuarto y enciérrala, luego nos encargaremos de ella.
El hombre al principio se resistió, pero obedeció y fue por Sara, quien empezó a patalear, y gritar, pero el hombre la fue arrastrando al cuarto. Paula fue contando los pasos, los segundos que faltaban para que ella estuviera segura.
Entonces la puerta se cerró.
― ¡Ahora! – gritó Juan Pablo y giró hacia el hombre que había encerrado a Sara, y le disparó en el hombro haciéndolo caer, pero los otros dos hombres, que estaban cerca de ellos se lanzaron cada uno contra ellos.
Paula se impulsó y empezó a luchar contra uno de ellos, y Juan se encargó del otro. Esquivó un golpe y vio que iba a sacar su arma, así que se aventó contra él, dándole un gancho, lo que provocó que soltase el arma. Paula corrió por el arma y la tomó entre sus manos. No pensó en dispararle, pero entonces vio que era el que le había dado la patada inicial. Apretó el gatillo y le disparó en la pierna. Miró a Juan Pablo, que había desmayado al otro hombre.
― Tenemos que salir de aquí. ― gimió Juan Pablo.
Paula afirmó gustosamente, y fue a la habitación por Sara.
Estaba llorando a gritos, acorralada en la esquina de la habitación.
― ¿Sara? ― la tomó entre sus brazos, pero Sara peleó, Paula la sacudió con poca delicadeza ― Cariño, estoy bien. Soy Paula, tenemos que irnos.
Sara salió del shock y al verla, la abrazó con fuerza.
― Tenía tanto miedo.
― Lo sé, pero tenemos que irnos.
― ¡Paula! ― Juan Pablo apareció en la puerta ― ¡Tenemos que largarnos de aquí, antes de que vengan!
Paula tomó a Sara y la alzó entre sus brazos.
― Cariño, cierra tus ojos. – Paula no quería que la escena que estaba fuera de la habitación estuviera en la mente de Sara. Suficiente era con lo que veía venir. Juan Pablo abrió otra puerta y cerraron detrás de si.
― Lo siento Paula, no quería que las cosas se pusieran así.
Corrían sin saber a donde la dirigía Juan Pablo, pero no tenía mas remedio. Primero tenía que encargarse de Sara. Habían escaleras, tubos gigantes, conductos por todos lados. Bajaron unas escaleras y siguieron corriendo.
― Calla J.P. y corre por salvar tu jodido trasero. ¿Alex viene ya en camino?
― Esperemos que sí, porque si no…
Paula le lanzó una mirada amenazadora.
― Ni se te ocurra decirlo. ― Doblaron en un pasillo y siguieron corriendo. Podía oír los sollozos que Sara ahogaba. ― Sólo vi a tres hombres afuera.
― Hay cuatro más en la parte trasera y otros dos que hace ronda general. Sin contar los que se supone vendrán a ayudar a recoger las cosas y a Rafael.
― ¡Mierda! ¿De donde sacó Rafael tanta gente? ― protestó Paula.
― Son gente de Guillermo Díaz, nena, y créeme, no querrás tener la oportunidad de conocerlo. La salida oeste es la mejor opción que tenemos.
Paula recordó el nombre, de los expedientes que Alex le había mandado, y pensó que Rafael tenía muchas, pero muchas cosas por las cuales responder. Unos pasos corriendo detrás de ellos les llegó. Se escondieron detrás cajas enormes de metal que había. Paula bajó a Sara, y le hizo un ademán de que guardara silencio, al que ella respondió afirmativamente.
Juan Pablo y Paula observaron a los cuatro hombres que venían corriendo por su dirección. Juan Pablo disparó primero a uno, y Paula lo siguió, disparando al otro restante, pero no le dio. Se trasladó a la otra caja, y desde ese ángulo, cuando volvió a disparar, pudo darle directamente en el hombro. Volvió con Sara y la tomó de la mano, y siguieron corriendo. El jodido lugar parecía más grande que el mausoleo romano. Doblaron en una ruta más y vieron la puerta final. Pablo le abrió y salieron a la oscuridad de la noche, pero la felicidad de la libertad se esfumó al ver Rafael, Daniela, y otro hombre esperándolos.
― Eres tan tonta, arriesgándote así. ― dijo Rafael, después desvió a mirada hacia Juan Pablo ― Y tú, acabas de sentenciar a tu familia. Creo que yo mismo les haré una visita. Tiren sus pistolas.
Ambos dejaron caer sus armas al piso.
― La policía está a sólo unos minutos de arribar. Todo ha acabado. ― gritó Paula, echándose un farol. Aquello pareció llamar la atención de Rafael, que bajó el arma, pero miró a Daniela y le dio un beso en la mejilla.
― Daniela, encárgate de esto. Tengo que arreglar unas cosas con Guillermo.
Sin más se fue, dejándolos solos. Paula sonrió. Rafael no era tonto, y estaba buscando ahora mismo, la forma de salir de ahí, tan rápido como fuera posible. Miró a Daniela.
― ¿Ahora quien es la tonta?
― ¿De que hablas?
Paula hizo un ademán a Sara, quien estaba escondida detrás de ella, que se quedara quieta, y dio un pequeño paso hacia Daniela.
― De que ahora mismo Rafael está huyendo. No puede permitir que la policía lo encuentre aquí. Aunque nos mates, tú estarás aquí, y adivina quien pagará los platos rotos. ― mientras hablaba seguía deslizándose pequeños pasos.
― Rafael no dejará que nada me pase. ― respondió altiva y segura de sí misma.
― Rafael se ha largado, y estoy segura que te va a dejar a ti como la organizadora de todo esto.
― Él no haría eso.
― ¿Entonces dónde está tu grande y omnipotente Rafael?
El ruido de un motor encendiéndose hizo que Daniela se distrajera. Paula aprovechó el momento y se lanzó contra Daniela, mientras que Juan Pablo recuperó su arma y le disparó al otro hombre. Le dio un puñetazo a Daniela en la cara, pero Daniela reaccionó rápido y se lanzó contra ella, cayendo ambas al suelo arenoso. Le dio un golpe en las costillas adoloridas pero Paula le mordió la mano, provocando que Daniela la soltara y aprovechó la ocasión para cambiar los papeles, y ponerse encima de ella, y azotar contra el piso su cabeza. Daniela quedó tendida inconciente en el piso, y Paula miró el arma con el que le había apuntado.
― Creo que esto es mío, preciosa. Dulces sueños. ― tomó a Lou y se la metió e los bolsillos de su pantalón.
Oyó el ruido de autos acercándose a toda velocidad y comprendió que la caballería venía en camino. Se quedaron unos segundos ahí, esperando. Paula se quitó de encima de Daniela y se dejó caer en la arena. Sara corrió a su lado, y Paula la abrazó, llorando de alegría. Entonces oyeron las pisadas, los murmullos acrecentándose y Alex fue la primera en aparecer en escena. Seguida detrás de Leandro y otro agente. Alex corrió hasta ella enfundada en su traje del FBI azul marino, con el arma a la mano, pero lo guardó al verla quieta, en el piso.
― Entendiste el mensaje. ― dijo Paula, sonriendo.
― Cariño, desde que me dijiste que Coco andaba muy hiperactiva, supe que algo andaba mal.
― Tu gata es la mascota más ociosa que conozco sobre la faz de la tierra e hiperactiva no es una cualidad que la definiría. ― contribuyó Leandro sonriendo ― Nena, odio decírtelo, pero ya no eres mi chica sexy.
Paula soltó una carcajada, pero se cayó, porque las costillas le dolían una barbaridad.
― ¿Dónde está Rafael?
― Lo atrapamos antes de que pudiera salir. Está encerrado en su auto.
― ¡Paula! ¡Sara! ¡Oh por dios!
La voz de Pedro fue como un canto divino. Sara y ella voltearon a mirarlo, y éste corrió hasta ellas, dejándose caer a su lado, entre ambas.
― ¡Están bien, ambas están bien! ¡Oh cielos! ― besó la cabeza de Sara, la abrazó y la sostuvo contra su cuerpo, entonces reparó en ella y sonrió ― Estás loca, Paula Chaves, y te amo. ― Dicho esto, la besó con furia, pensando en lo cerca que estuvo en perderla, en perder a ambas.
Tal vez fue el calor del momento, pero a Paula no le importó esa muestra de afecto. El carraspeo de Alex y Leandro los trajo a la realidad, y Paula sintió sus mejillas enrojecerse.
Dios, vaya escena, y con la cara de pena que de seguro tenía, Paula no quería ni verse en el espejo.
― Más vale que quien les hiciera esto, este muerto.
Por la forma en que lo dijo, Paula comprendió que hablaba en serio.
― Toma a Sara. Que la revisen los médicos lo antes posible.
Pedro se levantó, tomó a Sara en sus brazos y le tendió la mano para que se levantase, pero cuando ya estaba de pie, Paula sintió el calor de la sangre advertirle. Dos hombres salieron de la parte trasera, del monte que rodeaba el lugar, y abrieron fuego contra ellos con metralletas que disparaban en forma aleatoria. .
― ¡Cúbranse! ― gritó empujando a Pedro y Sara, cubriéndolos con su cuerpo.
Alex, Juan Pablo y otro agente lanzaron fuego contra los hombres. Sólo hasta que oyó que los disparos había cesado, se quitó de encima de Pedro, quien a su vez, cubría a Sara.
Alex y Leandro corrieron a ellos
― ¿Están bien?
Paula asintió. Le costaba respirar, y aún le seguía doliendo el costado un infierno, pero tenía una cuenta pendiente que saldar.
― Tengo que ir por Rafael.
Se levantaron del piso, mientras que otros agentes llegaban y ayudaban con el desastre que había ahí.
― No puedo creer que ella haya sido parte de esto ― comentó Pedro, al ver a Daniela tirada en el piso, como a una muñeca rota.
― No pienses en eso y vamos. ― dijo Paula, caminando con esfuerzo hacia la entrada del almacén. Pedro se colocó a su lado y le pasó la mano por el hombro. Sólo eso fue lo que mantuvo a Paula viva para llegar al pórtico, donde vio el auto en el que Daniels la había llevado, ahora rodeado de agentes. Y entonces vio a Rafael esposado contra el auto.
Paula se soltó de Pedro y caminó hasta él. Por su parte, Pedro dejó a Sara con Leandro y se fue detrás de ella, tenía un mal presentimiento de esto. Paula caminaba dificultosamente y no veía al cien por ciento, pero logró llegar hasta él. Cuando Rafael la vio sonrió y la miró con una sonrisa irónica alumbrando su rostro.
― Jamás pisaré la prisión. Tengo amigos, por todos lados.
― Me aseguraré de que lo hagas.
― Tu madre era tan débil, tan tonta… al menos tú sacaste eso de mí. La fuerza, el coraje, eres igual a mí.
Paula se lanzó contra él y le dio un puñetazo que lo lanzó al piso. Entonces sacó a Lou del bolsillo y apuntó directamente hacia Rafael. Este la seguía mirando, sonriéndose, burlándose de ella. Los agentes sacaron sus armas contra ella, Alex y Leandro llegaron y le gritaban que bajara el arma. Pero Paula no oía nada. El costado le dolía demasiado, y su mano se empezaba a acalambrarse, pero con Rafael hincado en posición de redención, era tan tentador, además, no se callaba, sino que le decía más cosas, para que ella se enojara.
― No soy igual a ti en nada.
― Eres mi hija. Claro que eres igual a mí. En cambio tu madre, solo demostró ser un estorbo. Y cuando se dio cuenta de mis pláticas tuve que desarme de ella. Fue una suerte esa pelea, ¿sabes? La excusa perfecta. Los frenos ya habían estado amañados. Era sólo cuestión de dejar que ella se fuera.
― Eres una rata, eres estiércol andando.
― Sí, y Samuel fue por el mismo camino. Empezó a ser una molestia, haciendo preguntas y más preguntas. Sabíamos que no se iba a resistir en ayudar a un débil, era su naturaleza. Un hermoso somnífero potente mientras bebía su café mientras manejaba. Fue genial.
― Paula, no lo hagas. ― era la voz de Pedro.
Sujetó la pistola con fuerza. Ella tenía que hacerlo. Se lo debía a su madre. A Samuel. El había matado a las personas que habían significado algo para ella. Quitó el seguro… pensó en fácil que sería deslizar su dedo y apretar el gatillo.
― Paula, suéltala. Ellos no querían esto para ti. ― insistió Pedro.
Las lágrimas le estorbaban la visión, pero la furia le hacía permanecer con la pistola en alto. Su costado le escocía pero la ira la mantenía de pie en esos momentos. Pensó en la cálida sonrisa de su madre, en el fuerte abrazo de Samuel, en su propia vida, desgraciada por culpa de aquél hombre y el dolor, la ira se mezclaron con su sangre. Apretó el gatillo…
… y la bala dio contra la arena y se enterró en el piso. Paula dejó caer la mano que apretaba el arma sin vida mientras miraba con desprecio a su padre.
― Soy mejor que tú. Siempre lo he sido.
Soltó la pistola, y la aventó hacia los pies de los uniformados.
Colocó una mano sobre el dolor, aguantando. Pedro llegó hasta ella corriendo.
― Paula, hiciste lo… ― se calló al ver la palidez de Paula ― ¿Paula?
No llegó a soltarle una respuesta. Se desplomó ante sus pies, solo a tiempo de que la tomara entre sus brazos.
― Paula, cariño, ¿qué pasa? ― Siguió la mirada hasta sus manos, sujetas contra su costado. Quitó una de ellas y ahogó un grito de horror. ― ¡Oh por Dios! ¡Una ambulancia! ¡Que venga un paramédico pronto ― La gente se empezó a mover de un lado a otro pero Pedro solo tenía ojos para Paula ― ¿Por qué no dijiste nada? Paula…
La frialdad de su mano acariciando sus pómulos contrarrestó con la calidez de las lágrimas de Pedro; de sus propios ojos empezaron a surgir ríos plateados que se deslizaron por los costados de sus ojos. Quizás no era tan tarde, solo tenía unos segundos para hablar. Los escalofríos empezaron a dominar su cuerpo, y se preguntó si así era como la muerte se sentía. Sofocó un grito de dolor, y apretó sus labios, guardando cada aliento de su ser, para poder decir las únicas palabras que la dejarían ir en paz.
― Te amo, Pedro.
― ¡No! ― gritó Pedro, sintiendo el dolor carcomer su alma.
Aquella no era una declaración de amor, era una despedida, y él no podía permitir aquello. La acomodó entre sus brazos y apretó la herida, pero se horrorizó al sentir más líquido viscoso fluir de ella. Gritó por ayuda y volvió su atención a ella. ― No, no, no, yo… Tienes que aguantar, aquí vienen los doctores, no te puedes… no, Paula, cariño.
― Te amo, ― su respiración estaba cada vez más pausada, la fuerza de su manos contra su cuerpo se iba perdiendo. Ella solo quería descansar. ― Te amo, y siempre te amaré…
Y entonces la oscuridad se adueño de ella.
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