El Westwood Memorial Cemetery de Los Ángeles estaba igual que cuando lo había visitado meses atrás. Pedro miró con tristeza la lápida y sintió la mano fría de Sara aferrarse con fuerza a su mano. Ambos se miraron y sintió un aguijonazo de furia al ver su pequeño rostro herido. Las cortadas y magulladuras estaban sanando pero el susto no se lo quitaba nadie. Había envejecido diez años en esos días.
― ¿Crees que ella nos está viendo? ― preguntó Sara mirando el granito liso de color grisáceo.
Le dio confort a su hija, rozándole su manita con sus dedos.
Sintió un nudo en la garganta antes de contestar.
― Sí cariño, estoy seguro de que ella nos está viendo y cuidando, por siempre.
Sara asintió y dejó la rosa sobre la tumba.
― Te extraño mucho, mamá.
Aguardaron silencio unos segundos, compartiendo la pérdida en sigilo.
Habían pasado tres días desde la liberación de Sara, el ingreso de Paula en el hospital, la detención de Rafael, y tantas cosas, que Pedro había perdido el conteo de lo sucesos. Oyó el trinar de los pájaros y miró hacia donde su madre y Miguel los estaban esperando. Habían decido darles su espacio y ambos sonrieron lentamente. Miguel tenía a su madre abrazada del hombre, brindándole su apoyo.
Se alegraba por ambos, que había decido darse una segunda oportunidad al amor y al parecer, parecían dos jovenzuelos enamorados.
Entonces sus pensamientos volaron hacia Paula.
Alzó la vista hacia el cielo azul, tapándose la luz del sol con una mano. Por sorprendente que fuera, noviembre les había dado un día soleado y libre de nubes grises. ¿Estaría Paula despierta para recibirlos? No podía aguantar más a verla.
― Vamos cariño, tenemos que ir al hospital.
Sara asintió, besó su mano y pasó el beso hacia la fría losa.
― Te quiero. ― susurró y se levantó, sacudiéndose su vestido y caminando hacia su abuela.
Pedro dejó la rosa que el también llevaba en la lápida, y le hizo una pregunta a su esposa. Cuando una mariposa pasó enfrente de él y se fue hacia donde Sara y su madre, supo que ya tenía la respuesta
* * * * *
La peor paciente que el hospital privado “West Holland” de Los Ángeles había tenido en una década sonrió por primavera vez al ver a la pequeña niña rubia correr hacia su cama. Entendió los brazos y dejó que la niña se fundiera en el suyo. No había visto a nadie desde su ingreso, y apenas el día de ayer había despertado de los somníferos y tranquilizantes, recuperándose de una esquirla de bala (una maldita esquirla y no una bala entera) que se había alojado en su bazo. Unos centímetros más arriba y en vez del bazo habría sido el pulmón el que le habría sido perforado, y de ese, si que no se habría salvado. Sara la miró con atención.
― Ouch, tienes peor cara que yo.
Sara solo tenía un pequeño moretón en mejilla, mientras que Paula tenía un labio partido, serios moretones en la cara, unas costillas rotas, un tendón desgarrado… pero estaba viva, así que eso compensaba todo lo demás.
― Ja, ¿quieres ver los peores?
― No gracias, paso.
Su sonrisa se apagó al ver a Pedro entrando en la habitación, pero no se acercó, sino que se mantuvo pegado a pared, junto a la puerta.
― Me alegro tanto de que estés bien. Yo… ― los ojos de Sara empezaron a brillar ― no sé… que habría hecho si…
Paula la volvió a tomar en brazos, mirando Pedro, que no decía nada.
― Lo siento tanto, Paula.
― ¿Pero qué sientes, pequeña? Nada de lo que pasó es tu culpa. ― hablaba con voz baja, mientras le limpiaba las lágrimas.
― Si no hubiera aceptado la oferta de Daniela, no me habrían atrapado y tú no estarías aquí.
― Sara, si no hubieras aceptado la oferta, de una u otra manera te habrían llevado con ellos, ¿lo entiendes? ― Le limpió una lágrima más y sonrió ― Nada fue tu culpa. Sólo confiaste en las personas que parecían merecer tu confianza, pero te traicionaron. No es tu culpa.—recordó las palabras de Robin y sonrió con dolor.
― La próxima vez, procuraré no hacerlo.
― Esperemos por todos los cielos, que no haya próxima vez. No creo aguantar otra más.
Sara sonrió y miró a su padre, y después a Paula. Era tiempo de que aquellos dos arreglaran las cosas.
― Voy con la abuela un rato.
Paula la miró como si hubiera dicho “Me voy a lanzar de un puente”. Horrorizada. No quería quedarse a solar con Pedro.
― ¿No va a pasar?
― Creo que no. Anda de manitas con Miguel.
Sara salió sin darle tiempo a ninguno de decir nada. Pedro sonrió por la nada delicada forma de su hija de darles privacidad, y cerró la puerta detrás de ella.
Caminó hacia la silla que estaba al lado de la cama de ella, y se sentó frente a ella.
― No sé como te puedo agradecer todo lo que hiciste.
―Pedro…
Posó un dedo sobre sus labios para pedirle silencio.
― No sólo por Sara, sino por mí. ― Paula lo miró como si no entendiera, a lo que Pedro agregó ― John, el chico de Rafael, ha hablado, ¿Por qué no me dijiste lo de las fotos, Paula? ¡Por dios, Paula! Casi muero ese día en la cena.
― Sí, me porté fatal, lo sé. Lo de mi pleno vuelo por los aires causó sensación. ― comentó con ironía, escondiendo las mejillas arreboladas.
― No, no eso. Ver como coqueteabas con aquellos hombres me hizo plantearme si en verdad podíamos seguir juntos. Tienes razón, somos dos mundos distintos.
Paula aguantó la respiración por unos segundos. Ella también había llegado a la misma conclusión.
― Lo sé.
Pedro la tomó de la mejilla alzando su rostro y cruzando sus miradas.
― Pero te amo más que a mi vida, y sé que tú también. Lo dijiste y lo mostraste. ― Rozó delicadamente sus vendas escondidas debajo de la bata blanca. Pensar en aquellos segundos en que se había desmayado y la vida se le estaba escapando… Apretó la mandíbula, frustrado.
El viaje en ambulancia había sido todavía peor. Había entrado en crisis y por unos segundos su pulso había desaparecido. En eso momento Pedro había sentido que su vida misma se había evaporado. Pero ella había regresado.
Y estaba viva.
Paula tomó la mano que la acariciaba, y ahora lo obligó a él a mirarla.
― Te amo, Pedro.
― Paula.
― Pero no…
El ruido de la puerta los interrumpió. Los visitantes no esperaron respuesta y entraron.
― Hola hermosa.
Jorge entró con Marla y el bebé detrás de él. Llevaba un gran ramo de rosas rojas y en su rostro se mostraban signos de tensión. Paula sintió un dolor impregnar su estomago.
Pedro quien estaba a su lado, sintió la tensión de su cuerpo.
Ella frunció el ceño y sus ojos se nublaron.
― ¿Cómo puedes mirarme?
Jorge se acercó a ella, y a pesar de no quería, se hizo a un lado para dejar que Jorge se acercara a ella. Era algo que sólo ellos dos podían arreglar. Se sentó a un costado de la cama y tomó su rostro entre sus manos.
― Pau…
― Por mi culpa, tu padre murió. ¡Dios. Jorge!
Tal vez eran los antibióticos y drogas en sus sistema, porque sino de que otra forma Paula lloraría como a una niña. Jorge colocó su frente contra la de ella y cerró los ojos, tranquilizándola.
―Paula, ― se separó de ella y le obligó a mirarlo ― Jamás se me cruzaría juzgarte por algo que ciertamente no tienes la culpa. Las cosas están hechas, y de nada serviría lamentarnos. No podemos cambiar el pasado.
― Si no me hubieran conocido, si no hubiera llegado a sus vidas, nada de esto habría pasado.
― Ciertamente mi padre no diría lo mismo. Nos brindaste años de felicidad Paula, a todos nosotros. El que lo mató, fue Rafael, Pau, no tú. Él es un monstruo, y todos somos sus víctimas.
― Lo odio tanto. ― susurró Paula entre sollozos.
― ¿Y de que te sirve odiarlo? Sólo lograrás darle lo que el quiere. Que tu vida sea amargada, viviendo en el recuerdo constante de una vida que jamás llegará a ser. En cambio, puedes pensar en el futuro, ― hizo una pausa y miró hacia Marla y Pedro― y en lo que tienes delante.
Paula asintió y lo abrazó. Con su rostro en su hombro, le susurró:
― Lo siento tanto.
― Yo también, Pau, Pero sé que donde quiera que está, te está mirando y está hinchado de orgullo de ver la gran mujer que eres. ― le limpió las lágrimas con ambos pulgares ― Y ahora borra esas lágrimas, y recupérate pronto. Queremos bautizar a Sammy pronto pero la madrina tiene que estar en perfectas condiciones.
Paula se quedo sin habla por unos segundos.
― Oh cielos, no sé que decir. Yo…
― No las des tanto. Leandro es el otro padrino. ― sentenció Jorge.
― ¿Leandro en una iglesia? ¡Eso quiero verlo!
― Eso mismo dije yo. ― concordó Marla.
Paula miró al bebé, a la familia, a su familia, y asintió.
― Será un honor ser la madrina.
Marla miró la escena. Pedro Alfonso observaba a Paula como sólo un hombre enamorado hasta médula ve a una mujer: con amor infinito. Entendió que ellos sobraban así que le dio un codazo nada discreto a su esposo en las costillas y Jorge captó rápidamente, Se despidieron con la misma falta de tacto con la que Sara los había dejado solos. Paula sonrió, a pesar de las circunstancias. Volvió a cerrar la puerta, esta vez con cerrojo y se sentó en la orilla de la cama, tomando sus manos entre las suyas.
― Paula…
Ella lo calló con un beso que lo tomó por sorpresa. Fue dulce, solo intercambiado sentimientos.
― Te amo, pero eso ya lo sabes. Te amo, más que a mi vida, ― la mirada de él se fue hacia donde sabía estaba la venda y la cicatriz (una mas en su cuerpo, pero la primera que no le traería ningún recuerdo doloroso) que lo evidenciaba ― y eso también ya lo has visto. Pero por mucho que te ame, no amo tu forma de vida. ― Los dedos de Pedro que antes habían estado jugando con los suyos se detuvieron ― He huido de eso toda mi vida. Ese día, dije algunas cosas que eran verdad.
― Pero eso es porque tú padre te hizo mucho daño. Yo no soy tu padre.
― Nadie mejor que yo lo sabe, Pedro. Y porque te amo, no puedo pedirte que sacrifiques algo por lo que tanto has luchado. ― le pidió que la dejase seguir hablando ― Tú naciste para esto, y te lo has ganado. Cuando yo salga de aquí, la prensa irá detrás de mí, por lo de Rafael, por lo de mi madre y por toda la mierda que salga detrás del apellido Hunder. Conmigo a tu lado, serás señalado, y eso es lo menos que necesitas ahora.
― Eres una heroína. ― argumentó con indignación Pedro ― Eso es lo que la gente debe saber.
― Pero eso sólo lo saben tú y unos pocos. Todos los demás, querrán saber la historia completa.
― Paula…
― Senador Alfonso. ¿Qué bien suena, verdad? ― Paula bajó la mirada hacia sus manos, ocultando el dolor de su mirada. ― Te mereces algo mejor que una mujer marcada con la letra escarlata. ― Alzó la mirada y sin más le dio un último beso, cálido, de amor eterno… que sólo duro unos segundos. Después lo miró con entrega, con todo su ser otorgándose en sus palabras ― Te amaré por siempre, Pedro.
― ¿Es tu ultima palabra? ― Ella asintió y Pedro dejó salir un suspiro cansado, levantándose de la cama. Le dio un beso en la mejilla ― Yo aún no he dicho las mías. Te las diré después.
Paula sonrió, era eso, o echarse a llorar. Pedro llegó a la puerta, le quitó el pestillo y la abrió, pero se detuvo antes de salir. La observó con esa sonrisa que conocía, tan falsa como las pinturas que colgaban en la habitación, pero él también había tomado una decisión.
― Patea muchos traseros por mi, futuro Senador Alfonso. ― dijo sonriendo, y él asintió y salió de la habitación.
Paula pensó en pedir morfina para el dolor, pero dudó en que las enfermeras le fueran a dar algo, porque hasta donde sabía, para corazones rotos, no había cura alguna.
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