miércoles, 17 de junio de 2015

CAPITULO 70







Escondida detrás de las bambalinas, Paula miraba a la gente llegar. La sala de recitales y obras del colegio Trinity estaba a rebosar. A su llegada, se había sentido incómoda, observando a la gente llegar en parejas o familias. May se había ofrecido a ir con ella, pero a últimas le había cancelado obligándola a ir sola. Había estado dos minutos sentada en las incómodas sillas forradas de gamuza roja, pero se había hartado y se había metido en el escenario. De alguna manera quería comprobar la seguridad del lugar, viejas costumbres. Y sí, odió reconocer, mientras chocaba con una cuerda de contrapeso, que quería esconderse de Pedro.


Los últimos días habían sido un infierno para ella. Sólo lo poco que decían Alex y Larry la había mantenido a flote. 


Quería a Rafael entre las rejas y cumpliría su promesa. Sin embargo, entre más buscaban e investigaban, salía a relucir que aquél maldito hombre era un santo. Pero ella lo conocía mejor que nadie, y sabía que de santo no tenía ni un pelo. 


Las opciones se le estaban agotando y no daba con nada en concreto. Alex le había dicho que todo serían pruebas circunstanciales. Uno veía lo que quería. En una última opción, habían tratado de buscar información acerca de Lowell y ver si por ese lado podían sacar algo. Pero se habían dado contra la pared. Larry había buscado en la base de datos y había encontrado que su esposa, Margaret Curtis había muerto al poco tiempo de él, y que sólo tenía un hijo, Dan Lowell, que parecía haber sido tragado por la tierra.


Parada en un rincón del espacio, miró hacía la multitud, aprovechando la oscuridad. Vio a Clarisse sentada junto a Matt, y al otro lado estaba una réplica de su esposo en los años de primaria, platicando muy efusivamente con todo mundo. Frunció el labio con pesar. Aquél tipo de espíritu era el que Pedro necesitaba. A pesar de haber gritados cosas que no sentía y de las cuales se arrepentía, una pequeña parte de ella, había empezado a dudar. Una parte de ella, había dicho esas cosas, porque en verdad las pensaba. No quiso herirlo, pero ella no partencia a esa élite. Miró a las mujeres, elegantemente vestidas, con trajes de chaqueta, y zapatos de aguja, capas de maquillaje ocultando imperfecciones que las hacían únicas, peinados que eran resultado de horas en el salón, joyas por todo el cuerpo que gritaban “asáltame”.


Bajó la mirada hacia su cuerpo. Llevaba la misma chamarra de todos los días, sus botas de tacón no tan alto, pero realmente cómodas, vestida con jeans de mezclilla, su cabello agarrado en una coleta y ni una pizca de maquillaje.


 Si un asesor de moda la viera en esos momentos, se suicidaría al ver el glamour saboteado en una persona.


Había pensando en dar media vuelta, largarse y mandarle una postal de felicitación a Sara cinco mil veces, pero se había arrepentido cada una de ellas. Veinte minutos después, escondida entre el telón, esquivando a la gente al mostrar su placa de seguridad. Mentía, pero que era una mentira pequeña entre conocidos.


Más gente entraba y salía de la habitación, pero su cuerpo sintió casi al segundo en que Pedro entró en la sala. Era como si una brújula la guiara hasta donde él estuviera. 


Retrocedió con más recelo, y lo observó por unos segundos. 


Su corazón saltó al verlo en persona después de tantos días.


 ¡Dios! Parecían años.


Vestía un traje grisáceo, con una corbata… un segundo, era la corbata que ella le había comprado en Rodeo. Paula abrió los ojos y exclamó una palabrota, y se escondió detrás de la mampara al ver que Pedro buscaba algo, o alguien. ¿Qué podría significar aquello? No quiso pensar en ello.


Volvió a asomar la cabeza y sonrió al ver a Nadia y a Miguel tomados de la mano, buscando asientos. Pero la risa se desvaneció al ver a Viviana a su lado, con un traje blanco de pantalón y saco, estilo Channel. Apretó la tela de las cortinas con fuerza, pero después la soltó. ¿Aquello era lo que había esperado, no es así? Una mujer de su nivel para él, y quizás Viviana no era tan mala como parecía.


Y los cerdos volaban.


Quería correr y darle un par de buenos trancazos a Viviana por dejar de andar de acaramelada junto a Pedro. Después tomar a Pedro y propinarle los mismos, por haberla llevado, y después besarlo…


Colocó la espalda contra los mandos de control del escenario. ¿A quien iba a engañar? Ella sola había hecho que eso pasara. Los vio a todos sentarse, y observó con más felicidad que iban Mariana muy bien arreglada y feliz al lado de Jaime, con un traje que parecía al de mayordomo. 


¿Todos sus trajes eran los mismos? En cualquier caso, vio detrás de ellos, a Carlos, Ramiro, Daniela, Magdalena y Andres. Vaya, al parecer todos se habían reunido para el gran día.


A Sara no la veía por ningún lado, pero era seguro que anduviera con los organizadores del evento, al igual que la hija mayor de Clarisse. Entonces la Directora Carmichael apareció en el escenario con su misma ropa negra y sencilla, acomodándose sus lentes de armazón gruesa ajustados a una cadena, y luciendo un collar de perlas como único accesorio. Dio la bienvenida a todos, y sin más, el concurso comenzó.


La verdad es que se quedó sorprendida. No había asistido a un concurso de aquellos desde sus años en el colegio, y quedó maravillada al ver la calidad y cantidad de talentos que había en la sala. Chocaba con niños y jóvenes que pasaban y caminaban de un lado a otro. Algunos jalaban sus pesados violonchelos, otros sólo llevaban sus flautas y violines. Algunos baterías y dúos. Las cortinas se cerraban algunas veces y otras no. Cuando unos hombres empujaron un piano de cola al centro del escenario y el banquillo lo colocaron en su posición, supo inmediatamente quién seguía.


La vio antes de salir a la luz, respirando y buscando fuerzas. 


Las cortinas se abrieron y la directora hizo la presentación. 


Sara titubeó y Paula deseó poder ir con ella.


― Vamos Sara, tú puedes. ― susurró con amor, observándola abrir los ojos y salir con determinación.


Llegó hasta los focos y observó su vestido esponjoso. Su cabello rubio iba suelto con un solo listón del mismo color de su ropa atado a su cabeza. El color del vestido era de rosa pálido casi blanco, y la tela brillaba con cada movimiento que daba. Calzaba unas zapatillas de tacón bajito abiertas adelante con tiras, un tanto infantiles. La vio sonreír en dirección hacia su padre y a los suyos y después, buscar con la mirada a todos lados. La buscaba a ella. Su corazón se encogió por el gesto, pero no hizo ninguna seña para desconcentrarla.


Se sentó de manera delicada en el banquillo e hizo una pausa. Fue una sorpresa ver un micrófono en el piano, a su lado. Eso quería decir que Sara iba a cantar también. 


Aquello si que no se lo esperaba. Se acercó al micrófono y lo dobló hasta su altura.


― Esta melodía está dedicada para mi padre, a quien quiero mucho, y para otra persona que en pocos meses, se volvió mi primera y verdadera amiga. A ellos le dedico esta melodía. “Your Guardian Angel”.


Alzó las manos y entonces, el espectáculo comenzó. La melodía empezó suave y ligera, como brisa fresca en las playas de California. Sara tenía una voz hermosa, y la melodía de las cuerdas del piano acompañándola creaban un ambiente de ensueño.


Agregándole a eso, la canción que había elegido, dejando atrás a piezas de Beethoven, Mozart o Chopin y tomando una balada de rock actual y convirtiéndola en tan sinfonía…



Se quedó sin palabras al ver a Janet salir de la nada, con el violín en su hombro y acompañando a su amiga. Ambas niñas estaban dejando al público sin palabras. Prestó atención a la letra de la canción y se quedó sin palabras al entenderla.



Nunca te dejare caer me levantare contigo siempre estaré ahí por ti a pesar de todo aun cuando salvarte me mande al cielo Porque tú eres, tú eres, tú eres,
Mi amor verdadero, todo mi corazón por favor no desaproveches eso por que estoy aquí por ti por favor no te vayas por favor dime que te quedaras, quédate


Los ojos de Paula viajaron de Sara hacia Pedro y se sorprendió al encontrarse con su mirada. La había estado observando y ella no se había dado cuenta. Ninguno se movió una pulgada ni bajaron la mirada. Oía la dulce voz de Sara al fondo, pero había perdido el hilo de la canción. Sólo podía sentir la conexión con Pedro. Deseo poder pararse en medio del escenario –lo cual iba definitivamente en contra de su naturaleza- y decirle de una vez por todas que lo amaba con todo su corazón, que era parte de ella tanto que el primer pensamiento al despertarse era en recordar sus besos, y pensar en si había despertado soñando con ella. Y al terminar cada día, después de sobrevivir en cada jornada, en cada lucha diaria contra el dolor, sólo podía conciliar el sueño, recordando los viejos y más hermosos momentos juntos. Que se dormía llorando abrazando su cuerpo, extrañando su calor, que no se quería separar de él jamás, que quería quedarse con él, por siempre.


Pero desvió la mirada, y sepultó con fuerza las lágrimas que querían delatarla. Aquél sería su mayor deseo, que jamás vería cumplirse.


Oyó los aplausos y volvió a poner los pies en la tierra. Sara se levantó del banquillo e hizo una reverencia. Aplaudió orgullosa, y sonriente. Pedro, Nadia y los demás se levantaron de sus asientos, aplaudiendo con orgullo. Advirtió que Nadia y otras cuantas personas tenían caminos plateados, evidencia de sus lágrimas. Clarisse y toda su familia estaban igualmente de pie y muchas personas más que no conocía.


Miró a Sara, sonriendo, feliz y sintió algo estacándose en su corazón. Aquella pequeña se había colado en su corazón también.


Sara salió del otro lado del escenario y la Directora Carmichael anunció al siguiente participante. Esquivando las cuerdas y artilugios por el escenario, caminó hacia el extremo de la tarima, escondida detrás de la gran pantalla negra y vio a Sara, con Janet y otras niñas, felicitándose y gritando. Era como dos mundos. De un lado, un chico tocando algo, no sabía que. Y frente a ella, las niñas, en su propio mundo. Janet la vio pero Paula, colocando el dedo índice sobre sus labios le pidió que no dijera nada. Se acercó sigilosamente detrás de Sara y se hincó a unos cuantos centímetros de distancia.


― Fue una grandiosa pieza.


Sara se dio la vuelta lentamente hacia donde ella y la vio abrir los ojos. Jamás había sentido el “tic tac” de su reloj biológico, en parte por su trabajo, y en parte porque jamás había querido alimentar falsas esperanzas cuando sabía que su cuerpo jamás albergaría otro ser dentro de sí. Pero aquél día, en aquel momento, deseó poder tener a un pequeño que la mirara con la adoración y el cariño, con el sentimiento y la alegría con la que Sara la miraba.


― ¡Paula! ¡Viniste!


Corrió hasta ella, y Paula la estrechó entre sus brazos, abrazándola fuertemente. Janet, tan discreta como su madre, se llevó a las otras niñas a golpes y las dejó solas, compartiendo ese momento de júbilo. Segundos después, la soltó y su corazón se oprimió al ver que estaba llorando.


― ¿Te hice una promesa, no es así? ― contestó, mientras le limpiaba las lágrimas. Pero no terminaba de secar una y salía otra.


Sara se limpió y le acarició el rostro.


― Te ves cansada.


― He estado muy ocupada.


― Coco y yo te extrañamos ― dijo a media voz.


La sonrisa triste que había mantenido, al acariciar sus mechones rubio, vaciló.


― Yo igual los extraño. Pero las cosas son mejor así.


― ¿Mejor para quien? ― insistió Sara, con sus el cielo en su mirada pidiendo respuestas.


― Para todos, pequeña. Algunas veces los adultos tienen que tomar decisiones que duelen.


― Papá también te extraña.


Si todo lo demás no había sido suficiente, aquél comentario le hizo el daño suficiente para que una maldita lágrima se le escapara de la cárcel de sus ojos. Parpadeó con fuerza y aspiró profundamente, sonriendo.


― Sara, mi dulce Sara.


― Puedes regresar a la casa.


― No puedo.


La paciencia de Sara empezó a evaporarse. Los ojos azules empezaron a brillar a causa de las lágrimas.


― ¿Porque eres así? ¡Papá te quiere! ¡Yo lo he visto! ¿Por qué nos abandonas?


― Sara, esto no es…


― ¿Acaso somos una carga para ti? ¿Es eso? ¿Es que no significamos nada para ti? ¿No puedes decirle a papá que lo amas? ― Las lágrimas empezaron a salir de su cause, pero cuando trató de limpiárselas, Sara se hizo a un lado, alejándose de ella ― Quiero que regreses. No recuerdo a mamá, y tú has sido la primera persona que se ha preocupado por mí. ¡Por mí! No te quiero perder, no puedo perder a una madre por segunda vez.


El corazón de Paula sangraba de verdad. Las palabras de Sara le dolían como nada en el mundo lo había hecho. Pero no podía darle lo quería.


― No puedo cariño.


Sara dio un paso hacia atrás y luego otro. La miró con dolor, con las ilusiones hechas pedazos. Se oían los aplausos del público, pero ninguna estaba en ese mundo. Las lágrimas seguían saliendo y saliendo, y al final Sara la miró por primera vez con rencor.


― ¡Te odio! ― gritó ― ¡Desearía que jamás hubieras llegado a la casa!


Con esas palabras, Sara se dio la vuelta y se echó a correr, hacia el otro lado. Paula trató de alcanzarla, pero para cuando cruzó la puerta, Sara había desaparecido.


Completamente devastada, pensó que ya no tenía nada que hacer ahí. Ya había arruinado las cosas suficientemente.


Por cualquier cosa, decidió mandarle un mensaje de texto a Pedro. Al menos así, estaría al tanto de ella. Sólo un mensaje.







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