Nadia abrió la puerta de la habitación, atraída por la música.
Observó a Sara tocando el piano con el semblante triste.
Dejó salir un suspiro de cansancio.
Las cosas en la casa estaban de cabeza. La súbita partida de Paula, la intromisión de la Sra. Perkins al infórmale de que Paula había sido despedida por haberle hecho daño a Sara, la actitud de su hijo, todo estaba mal. Tenía que ser tonta para no darse cuenta de pasaba algo entre aquellos dos, y sabía que la huida de Paula no era del todo por lo que le había pasado a Sara durante sus entrenamientos con Paula. Algo había pasado entre ellos, pero cada vez que intentaba hablar con Pedro cambiaba la conversación.
Al tercer día, se habían gritado como no lo habían hecho jamás. Había dejado su punto de vista muy claro, no quería saber nada de ella. Esa misma noche, Pedro le había pedido
perdón por su compartimiento pero también le había rogado que dejara a Paula fuera de las pláticas. Desde ese día, no la había vuelto a mencionar.
La melodía cambió de un sonido estruendoso a algo parecido a una nana, lento y con tonos suaves. Sara la vio entonces y sonrió, tocando el tema sin equivocarse una sola vez. Se acercó ella y se sentó a un lado, y esperó hasta que las últimas notas sonaron. Sus manos se quedaron sobre las teclas, pero Nadia se intrigó así que ahuecó su rostro entre sus manos.
― ¿Qué sucede, princesa?
Los delgados y pequeños brazos se aferraros a sus manos. Sus ojos eran dos pozos profundos de melancolía. De un azul que anunciaba una tormenta en verano.
― Abuela, estoy preocupada por papá.
Ella se había esperado algo así.
― Esta bien, es sólo que las elecciones... ― Pero se calló al ver la cabeza de Sara agitarse.
― No es de eso, abuela, Es de Paula.
Así que ella también se había dado cuenta.
― Cariño, son cosas de adultos…
― Abuela, tengo ocho años. ― con la firmeza con la que dijo su edad bien podría haber dicho “Soy una adulta” ― No es como si tuviera dos. Papá está así desde que Paula se fue. Y lo veo en su mirada. El está enamorado de Paula.
Nadia sonrió. Su niña si que había crecido. Veía lo que su padre no podía aceptar. Pero sólo él podía cambiar eso.
― Cariño, hay cosas en las que nosotros no podemos interceder.
― Y leí las noticias… ― Sara sonrió al ver los ojos de su abuela abrirse como platos pero se aguantó y en vez de eso se quejó. ― Sí, sé que las escondieron aquí en la casa. Pero Janet me llevó el periódico de su casa. No creo en nada de eso. Paula no es así. Nosotros la conocemos. Tiene que haber algo más para que ella haya hecho eso en la cena. Lo de la casa en la piscina fue sólo una excusa para irse.
Con el dorso de su mano derecha, acarició la mejilla de su nieta.
― Sabes que pequeña, yo también creo eso.
Ahora fue el turno de Sara de quedarse en shock.
― ¿En serio?
Nadia suspiró.
― Pero aún así, creo que ellos tienen que arreglar sus cosas. Tu padre tiene las elecciones ala vuelta de la esquina. Además, no sé cómo podemos reunirlos.
Sara bajó la cabeza, derrotada, y tocó el piano, deslizando el índice sobre cada tecla. Se detuvo en la “mi” menor. Y la esperanza iluminó sus ojos. Miró a su abuela con un entusiasmo renovado.
― Tengo una idea. Y tú me vas a ayudar.
* * * * *
Trató de ojear por la mirilla antes de abrir pero le separaban quince centímetros, así que abrió la puerta y se encontró con un pecho ancho y musculoso. Empezó el recorrido desde los pies, calzando unos lustrosos zapatos cafés, subió y vio un pantalón de color beige, y le gustó lo que envolvían: piernas fuertes, caderas estrechas, cintura fuerte. Siguió su recorrido y llegó hasta el pecho y luego el cuello, para terminar con una barbilla fuerte, unos labios gruesos una nariz afilada y unos ojos azules intensos que la dejaron sin respiración.
― ¿Diga?
El ojiazul la miró con la ceja arqueada. Sabía que ese día no vestía lo que se definía como algo glamorosa, pero que rayos. No era alta, no era delgada, no era rica, así que…
― ¿Maite Jenkins?
― ¿Te conozco? Porque estoy segura de que sí lo hiciera, no te habría olvidado. ― Sí, aparte del glamour, había nacido con una bocota que había logrado sacarle los colores desde el cuello y hasta las orejas al hombre macizo ― ¿Te sonrojaste?
Y para suma la santa trinidad de la desgracia de una mujer, Maite no tenía pelos en la lengua.
Leandro miró a la chaparrita preguntándose cómo rayos una mujer como aquella era amiga de la para nada femenina, muy discreta y reservada Paula Chaves, y quizás en otro momento se lo preguntaría. Carraspeó olvidándose de la pregunta que le había hecho la mujer.
― Ejem… ¿Se encuentra Paula?
Con los ojos como rejillas, Maite estuvo a punto de despachar al tío, pero entonces recordó una vez una plática con Paula de un tío que combinaba al esposo de Julia Roberts en la película de Magnolias de Acero, aquél ojiazul guapote, pero sin esa mirada de perrito a medio morir, y esa descripción iba para…
― ¡Tu eres Leandro! ― Vio la pregunta en su mirada y sonrió ― Se te ve en la cara, ya sabes, ese aire de “no me molestes y no vengas con esa mierda”. ― Maite alzó los hombros. No estaba conquistando a nadie así que podía ser ella y siguió ― Es el mismo aire que tenía Paula, cuando la conocí, pero el efecto desapareció ― sonrió de su propia broma y para consternación de Leandro. Se hizo a un lado para darle un pase y gritó ― ¡¡¡PAU!!!!
Leandro entró en el gran “departamento”, que parecía más una bodega. La casa de la piscina era un palacio comparado con eso. Entonces vio a Paula, parada frente a una mesa, con papeles y cosas desordenadas por todo el lugar. Estaba ahí, pero no parecía estarlo. Se veía desmejorada y un poco más delgada.
La bajita se colocó a su lado con los brazos cruzados.
― Si puedes hacerla regresar, te estaré eternamente agradecida. ― dijo Maite solo para sus oídos, con voz melancólica, pero cuando lo miró puso su mejor sonrisa, habló con la voz alta ― Un placer Leandro, regreso al rato cariño.
Fue cuando la puerta sonó al cerrarse, que Paula lo miró por primera vez.
Se miraron unos segundos, como si no se hubieran visto en años. Leandro reaccionó primero, caminando hacia ella y señalando hacia la puerta.
― ¿De dónde conoces a esa loca?
Paula lo miró con furia.
― No es ninguna loca, Leandro, es mi mejor amiga. Es un poco anormal pero es una gran amiga.
Leandro sonrió. Paula defendía a la pequeña con furia. Se alegró por ello, pero ocultó la sonrisa.
― Lo que tú digas. ― Caminó hasta ella se sentó en una silla ― Vine a hablar.
― Espera, ¿Qué haces aquí? ¿A quien dejaste allá? ¡Leandro!
Con aquella preocupación Paula se delataba por si sola.
― Tranquila…
― No estoy tranquila, tienes que regresar a la casa, tienes que…
Frunció el ceño al ver lo histérica que se estaba poniendo.
Sabía que algo estaba pasando y su conducta lo confirmaba.
Se levantó y la tomó con fuerza de los hombros.
― ¡Paula! ¡Paula! ― cuando lo miró le habló pausadamente ― Contrataron más personal Miguel y Carlos así lo pidieron. Vino el chico de San Francisco, Octavio y yo recomendé a Joseph Knight. ¿Feliz? ― ella asintió ― Entonces, ahora habla conmigo.
La satisfacción en su mirada de desapareció y fue sustituida por la rabia, pero no hacia él.
― Mira Lean, hay cosas que no te puedo decir. Dame un par de días y hablaremos. Tengo que verificar unas cosas antes.
― Paula…
― Lean, por favor. ― rogó cansada ― Si necesito algo, sé que puedo contar contigo, pero ahora no. Tengo que corroborar unas cosas y entonces hablaremos.
Miró la carpeta pero no pudo leer nada. La mano de Paula cerró con fuerza el folder con lo que fuera que estaba tan absorta. Apretó la mandíbula.
― Si estas en peligro, de cualquier manera, me lo dirías, ¿verdad?
Paula sonrió con tristeza y le acarició la mejilla. Un gesto poco común en ella.
― Eres un gran amigo, Leandro O’Brien.
Pero no contestó su pregunta.
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