miércoles, 17 de junio de 2015

CAPITULO 71





“Sara y yo discutimos. Por favor, habla con ella.Paula

PD: Lo siento”


Pedro apagó con fuerza el móvil.


“Lo siento”.


¿Qué rayos sentía? ¿Y que había pasado entre ella y Sara?


 Vio en la mirada de su madre la pregunta tácita de su gesto, pero se negó a contestar. En su lugar, se disculpó, y se levantó de su asiento y atravesando entre las personas para ir en busca de Sara. A todos les dijo que iba a felicitar a Sara y asintieron.


Preguntó a los coordinadores por Sara pero nadie le daba señas de ella. Se adentró a entrar detrás del escenario y lo detuvieron, pero al verlo a la cara, lo dejaron pasar, alegando que quería estar con su hija, pero no la vio por ningún lado.


― Disculpe, ¿no ha visto a mi hija? Es Sara, rubia, de ojos azules, así de alta. ― Y alzaba la mano hasta su cadera.


Era la misma pregunta que hacía a cuanto veía pasar, pero nadie le daba razón de ella. Vio entonces a la hija de los Montgomery con otras niñas y corrió hacia ellas. La tomó de los hombres sin delicadeza.


― Janet, ¿has visto a Sara?


La niña se mordió los labios como sólo un infante sabe hacer y asintió.


― Parece que Paula y ella discutieron, se fue llorando, pero no quiso que la acompañara.


― ¿Paula la siguió?


― No, se fue hace un buen rato.


Pedro asintió y dejó a la niña en paz. Tenía que estar en otro lado. Sólo estaba calmándose. Nada malo le había pasado. 


Lo que fuera que Paula y ella hubieran discutido, le había molestado, quería unos momentos a solas…


Entonces, ¿por qué sentía aquél cosquilleo recorrer su cuerpo, avisándole de lo contario?



* * * * *


La temperatura estaba bajando, y el viento empezaba a soplar con fuerza, mientras que el Sol estaba ya pasando al otro lado del horizontes para esconderse. Sara se limpió las lágrimas con la mano, y se limpió en su vestido, ya arruinado por la suciedad del piso en donde estaba sentada. Al salir de la sala de música, había corrido y después de varios minutos, había terminado en uno de los patios trasero del colegio. No había nadie alrededor, y Sara agradeció eso. 


Estaba echa un verdadero desastre y lo único que quería era abrazar a su papá. Pero más que nada…


― Sara.., pero, ¿por qué lloras?


Sara alzó la mano para hacer sombrilla con ella y mirar a quien le hablaba. Sonrió al ver una cara conocida pero bajó la mirada rápidamente.


― Tu papá te está buscando por toda la escuela.


Tragando con dificultad, Sara asintió.


― Le dije cosas malas a Paula hace rato. Y ahora… yo no quiero que piense que las cosas que dije son ciertas. ― sintió una gran mano sobre su hombro y sonrió, a pesar de las lágrimas. Entonces se le ocurrió una gran idea ― ¿Me puedes llevar a su casa? Tengo que pedirle disculpas.


Pensó que iba a tener que rogar para que la llevase, pero en cambio, obtuvo una gran sonrisa como respuesta, y tomó la mano que le ofrecían, como lo había hecho en otras ocasiones.


― Vamos, yo te llevo.


Sara sonrió feliz, porque vería a Paula, y le pediría perdón, que no reparó en subirse al auto de la persona en quien confiaba, y mirar feliz por la ventana, sin saber que estaba viajando hacia su propia muerte.



* * * * *


La arena entre sus pies calmó la nostalgia de Paula. Había turistas paseando por las playas de Santa Mónica, pero en general, el ambiente estaba tranquilo. A lo lejos vio la gran bola de fuego perderse entre las aguas del mar. Cerró los ojos y dejó que el aire chocaba mientras las lágrimas se deslizaban por los costados de sus mejillas. Recordó las palabras de Sara y la calma desapareció. Se tapó la cara con una mano, frustrada de todo lo sucedido. Su celular vibró y lo tomó. Vio el nombre de Maite en la pantalla y suspiró cansada. Aún así, tomó la llamada.


― ¡Hola cariño! ― la voz animada de su amiga no mejoró el humor de Paula.


― ¿Qué pasa, May?


― Quiero que me digas… Ey… ¿eso que escuchó es el mar?... Pensé que ibas a estar en el recital de Sara.


― Ya terminó.


No se había quedado a la premiación, pero sabía que Sara era la ganadora de esa noche. Sin embargo, quedarse, sólo habría agravado las cosas.


― ¿Y? ¿Nada más que contar?


Sabía muy bien a que se refería. A lo mismo que Sara había esperado de su actuación. Que algo hubiera pasado entre Pedro y ella. Tan lejos de la verdad.


― No, May, nada que contar.


Se hizo un silencio molesto. Paul estaba empezando a hartarse de la conversación. No estaba de humor para nada. 


Quería estar sola.


― ¿Segura? Porque pensé…


Paula no le dio tiempo de seguir.


― Te tengo que dejar, te hablo al rato.


― ¡Oye, no me vayas a colgar que…!


Le colgó.


El rugir de las olas sonaba con fuerza. Oía las risas de los niños jugando. Miró hacia los juegos mecánicos instalados desde siempre en la Bahía. Había esperado llevar a Sara ahí. Entonces recordó las últimas palabras de Sara y sintió una opresión. El móvil empezó a sonar, pero lo ignoró. Lo intentaron dos veces más. A la tercera, Paula lo cogió con enfado.


― Lo siento Maite, pero la verdad no quiero hablar contigo.


― No soy Maite. ― contestó la voz al otro lado del teléfono.


Una voz que había anhelado oír por días.


Pedro. ― fue un susurro. Su voz se quebró. ― ¿Qué…?


― Dime por Dios, que Sara está contigo.


El corazón de Paula se paró, para luego latir aceleradamente. Podía oír cada latido en sus oídos.


― ¿Qué? ¡No, no! Se quedó en el escenario, yo me vine antes de que aquello terminase. Estoy segura que está con Janet.


― No. Hemos puesto el colegio de cabeza y no damos con ella. Sara ha desaparecido.







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