miércoles, 17 de junio de 2015

CAPITULO 69





Sara miró hacia la puerta, temerosa de si él o alguien entraba en la habitación y la encotraban ahí, revolviendo entre los papeles. Y entonces, lo encontró. La agenda.


Alzó el libro como si fuera un tesoro y fue directamente a la pestaña de la C. el nombre de Paula y sus datos eran los primeros en la lista. Copio todos con manos temblorosas,
garabateando la información en una hoja, sobre la moqueta del piso. Cuando terminó, volvió a dejar las cosas en su lugar y se levantó sacudiéndose las rodillas, cuando la puerta se abrió.


― Sara, ¿Qué haces aquí?


Carlos, Daniela, Ramiro, y estaban en el umbral, y la miraban sorprendidos. Escondió el pedazo de hoja detrás de si, arrugándolo entre su mano.


― Buscaba a papá, pero veo que no está.


― Sabes que salió. Te despediste de él hace una hora.—dijo Carlos y la miró con más atención.


Sara sintió las manos sudar, pero respiró con tranquilidad y le sonrió.


― Cierto, pero pensé que ya había regresado. Me pareció oír el ruido del auto.


― ¡Oh sí! Viviana llegó hace unos minutos. ― confirmó Ramiro y Sara suspiró agradecida.


Daniela se interpuso entre ellos y le dio un golpe a Ramiro en el antebrazo.


― Dejen a la pobre niña. ― se inclinó hacia ella y le dio una cálida sonrisa ― Sara, me encanta tu blusa.


Ese día llevaba una blusa de tirantes de estampado militar. 


Sentía que iban acorde con la ocasión, al entrar de ilegal a la oficina de su padre. Exagerando su sonrisa, estiró los labios y agradeció.


― Gracias Dani. Bueno, los dejó chicos, yo voy a llamar… encontrar a la abuela.


Salió corriendo prácticamente del despacho y subió corriendo las escaleras para entrar en su cuarto y cerrar la puerta detrás de sí.


Su corazón iba a salirse del pecho en cualquier segundo si no se calmaba. Dio una nota mental a despachar un trabajo de su lista: jamás sería investigadora privada, militar, guardaespaldas, o algo que involucrara cosas como las que acaba de hacer. Mentía fatal, temblaba demasiado, y era muy miedosa para esas cosas. Con un último suspiro, más clamada, observó la hoja escondida en su mano derecha y se aventó sobre la cama, y tomó el teléfono.


Contestaron al primer tono.


― ¿Chaves?


― ¡Paula! ― Sara sintió una grata calidez al oír la voz de su amiga. La extrañaba demasiado.


― Sara, ¿Qué pasa? ¿Estás bien?


Notó la preocupación en el tono de voz, y se apresuró a calmarla.


― Sí, sí, estoy bien. Pero te hablo por otra cosa. ― hizo una pausa dramática y cambió el tono, justo como el que había practicado ― Paula, siempre cumples tus promesas ¿verdad?


Se hizo un silencio del otro lado de la línea, y sintió las manos sudar. Si respondía que no…


― Sí Sara, siempre cumplo mis promesas.


― Entonces quiero que me cumplas la que me prometiste.


― No entiendo…


― Mañana es el concurso de piano, ¿lo recuerdas? ― Oyó una exclamación ahogada del otro lado pero siguió ― Tú prometiste que irías a verme en primera fila.


― Sara, las cosas no están para que…


― Por favor.


― Tengo que…


― Por favor… ― puso el tono y los ojos aunque estos últimos no los podía ver, de la manera en la que nadie le negaba nada.


Oyó una larga espiración y agitó los brazos. Había ganado.


― ¿A que hora es?


― A las cuatro. Ya sabes donde es.


Cuando Paula le colgó, Sara estaba tan extasiada de felicidad, que no oyó el clic que dio la línea del teléfono de la sala.



*****


El celular empezó a vibrar en la mesa, y Rafael lo tomó. 


Maldijo internamente, era casi media noche, y había tenido un día largo.


― ¿Diga?


― Señor, ― Rafael recoció la voz al momento y se despertó por completo ― creo que le interesará saber esto.


Para cuando Rafael colgó, pensó con felicidad que ya tenía la jugada final. La distracción necesaria para que por fin, ganara su juego.







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