miércoles, 27 de mayo de 2015

CAPITULO 3




― ¿Papi?


Paula supuso que la pequeña era la hija del Sr. Alfonso. 


Sara, había dicho él. La pequeña tenía, según sus informes, ocho años. Pero no sabía que era niña. Sólo había visto, hijo del matrimonio. Observó con detenimiento que la niña debería de poseer los caracteres de su madre, pues era rubia, aunque de un tono oscuro, y su tez era blanca. Parecía una de aquellas muñecas de porcelana que su madre había acostumbrado a comprar cuando ella era pequeña.


Pedro se agachó hasta la altura de su hija, y la tomó de sus pequeños brazos.


― Sara, estoy reunido


― Lo siento. ― Miró a Paula, y está notó que la niña se sonrojaba. Volvió a mirar a su padre ― Es sólo que…


― Sara, después.


― Pero papi… ― insistió la niña.


Entonces el la puerta apareció una mujer, algo mayor, enfundada en uno de esos vestidos “conservadores”, de falda y chaqueta azul marino. Paula se persignó mentalmente, rogando a Dios jamás usar algo así.


― Discúlpeme Sr. Alfonso. La niña salió corriendo que no tuve tiempo de… ― iba a decir algo, pero se arrepintió en el último segundo. Se paró en forma recta, con las manos entrelazadas ― Lo siento.


― Está bien, Señora Perkins.


― Pero papi, no…


― Sara, vete con la señora Perkins. Yo subiré a verte en cuanto termine la conversación.


La niña, sin nada más que decir, agachó la cabeza derrotada, y salió de la habitación. La Señora Perkins le había dado la mano a Sara, pero la niña no lo había tomado.
Paula sólo fue una espectadora en todo momento. Pero al ver salir a la niña, sintió que su corazón se estaba partiendo en pequeñas piezas. Observó cada paso que Sara daba en cámara lenta, y para cuando alzó la vista, en vez de una niña rubia, vio a una castaña. Y entonces la niña desapareció detrás de las puertas.


― Lo siento. A veces Sara entra así. Lamento la interrupción, ¿en que nos quedamos?


La voz del Sr. Alfonso trajo a Paula de vuelta a realidad.


― ¿Porque la corrió? Ella solo quería hablar con usted. ― Para cuando Paula dejó salir la expresión, ya había sido tarde. Solamente lo había dejado salir.


Ella, que tenía por regla de oro, jamás, jamás inmiscuirse personalmente con sus clientes, había hecho ese comentario.


Observó como el Sr. Alfonso se ponía tan tenso como una cuerda de violín. También notó que estaba tomándose su tiempo para contestarle.


― No permito que critique mi forma de educar a mi hija.


― Si algo sé sobre como son los de su clase, es sobre como educan a sus hijos. Ella solo quería platicar con usted. Y usted estaba muy ocupado para ella.


― No le permito… ― pero Paula siguió hablando. Si ya la había jodido, que le costaba joderla totalmente.


― Estoy casi segura de que no pasa mucho tiempo con ella. Y cuando está en casa, casi no la ve. Estoy segura que ni siquiera sabe el nombre del profesor de su hija, o su mejor amiga, o si tiene algún miedo o alergia. Ella está relegada a los cuidados de extraños. Quizás tienen años con usted, pero son extraños. Algunas veces, ella sólo quiere estar con su padre.


― ¿Lo dice por experiencia propia? ― atacó rápidamente Pedro.


Paula sintió como si un puñal hubiese sido clavado en su pecho. Y no era por el comentario en sí, sino por los recuerdos que en esa oración había.


― Sí. ― contestó con la cabeza alta, retándolo a que dijera algo más.


Pedro vio, por un fugaz momento el cambio en la mirada de la Srita. Chaves. Había sido fugaz, pero lo había visto. Dolor. Sufrimiento. Pena. Se sintió una escoria al haber dejado que su ira lo dominase, a él que siempre se jactaba de ser una persona controlada.


― Lo siento, no debí hacer esa clase de comentario.


Paula alzó los hombros, y alzó la mano dejándole ver que superficialmente, no le había importado.


― No tiene importancia. Todos saben que mi padre y yo no nos llevamos bien. Como dijo usted… no tenemos ese vínculo paternal. Y yo también necesito disculparme. Mi comentario fue del todo inapropiado, y para nada profesional.


― ¿Bueno, acepta? ― preguntó él, olvidando lo sucedido, como si no hubiese ocurrido nada.


Paula lo sopesó varias veces. Ella había ido por curiosidad. 


Más que nada, para conocer personalmente al hombre al que le daría su voto. Porque de algo estaba segura, era que a su padre no se lo daría. Y de la curiosidad, ahí estaba. 


Pero entonces recordó a la pequeña niña. Instintivamente miró hacia la puerta, cerrada ahora, y pensó en lo triste que ella debería de estar.


Por segunda vez la puerta se abrió, pero no fue la pequeña, sino el abuelito el que entró.


― Vaya, ya está aquí, señorita Chaves.


― Hola.


El abuelito se acercó a ella, sin saludar a su “candidato”. Al parecer éste estaba acostumbrado a ello, y ni se inmutó.
― Creo que no nos presentamos hoy en la mañana. ― ofreció su mano y Paula la tomó. El abuelito saludaba con fuerza ― Soy Miguel Clauser. Pero para todos, Miguel a secas.


Paula sonrió. A pesar de su edad, el señor se veía que poseía un gran sentido del humor.


― ¿Que te trae por aquí Miguel? ― preguntó Pedro, sentándose en una de los sillones y subiendo una pierna sobre la otra.


― ¿Que? ― Se giró sorprendido Miguel ― ¿No puedo venir a hacer una visita de cortesía, a mi candidato preferido, y amigo de muchos años y…?


― Si, córtale. Ella no ha dado respuesta, si es lo que viniste a saber.


Miguel se giró rápidamente hacia Paula.


― Pero señorita Chaves. ¿Por qué no? Estamos pidiendo que haga algo por amor a su nación.


― Amo a mi nación. ― contestó Paula.


― Vale, eso no debí de usarlo. ¿Que le parece, porque tendrá una gran paga en este trabajo?


― Eso no me llama mucho la atención ― contestó alzando los hombros.


― Sí, eso veo.


Paula en verdad que se sintió ofendida, y no pudo evitar preguntar.


― ¿Qué se supone que quiere decir? ― Paula vio que su vestimenta no era lo que dictaba el último grito de la moda. Pero ella se sentía cómoda, y eso era lo que importaba. ¿Además, que no sabía el abuelito que al mostrar todas esas joyas y pieles y guardarropa andando, era la causa de muchos robos, asaltos y secuestros?


― Pues que es evidente. ― ¿Evidente? El abuelito la estaba cargando lo suficiente como sacar su arma ― Ha trabajado con grandes personajes, por dios bendito, incluso con un Presidente.


― Sólo fueron dos años. ― Y nada gratos, a decir verdad, pensó Paula. Cada año le había costado la paciencia que jamás pensó tener.


― Si, pero son dos años más de los que nadie ha tenido. Y sin embargo, se que no es una compradora compulsiva. Tiene sus cuentas al corriente. No posee un coche, pero si su piso. Aunque no lo tiene amueblado. De eso hace cinco años. No hace viajes esporádicos, y procura ahorrar. Valora su trabajo.


― Si, bueno, creo que la investigación la han hecho a fondo.


― Teníamos que hacerlo. Entonces, ¿acepta?


Vale, después se podría descargar con el abuelo. Perdón, Miguel.


A continuación miró a su alrededor. Ella odiaba eso. Había huido de ese tipo de vida. Y sólo había ido por curiosidad. “La curiosidad mató al gato”, recordó sabiamente. Y por lo visto, su curiosidad la había jodido a ella, porque se vio diciendo:
― Acepto.


Pedro no dijo nada. La mujer no se veía del todo segura, y sin embargo, había aceptado. Miguel, por el contrario, aplaudió su respuesta.


― ¡Perfecto! ― sonreía de oreja a oreja ― ¿Y cuándo se puede mudar?


― ¿¿Qué?? ― preguntaron en un grito al unísono Pedro y Paula.


― Obvio. ― dijo Miguel, espantado por la respuesta de ambos. Señaló a Paula ― Su trabajo es de veinticuatro horas. Usted será la encargada principal de seguridad, pero si siente que necesitamos contratar a alguien más, si siente que hay necesidad de ello, háganoslos saber. Pero que queremos que sea lo mínimo posible. No queremos que la prense piense que nos estamos volviendo locos y paranoicos, y eso que aún no ganamos. Pero tiene que quedarse aquí. Corrección, vivir aquí.


― Jamás me quedo a dormir en las casas de los clientes.


― Lo hizo con el Presidente Gates.


― ¡Era el Presidente! ― dijo Paula, enfatizando la palabra con P ― Y yo era parte del Servicio Secreto. Teníamos que quedarnos ahí. Y no era algo permanente. Nos rotábamos las estancias.


― Pues esto es casi lo mismo, sólo que a escala pequeña.
― Insisto, No me quedo a dormir.


El hecho de quedarse a dormir en casa del cliente, no era nada bueno para Paula. Eso hacía que las cosas se volvieran más… intimas. Bueno, no intimas, pero si cercanas. Y después, al protegerlos, inmiscuiría sentimientos que no debería.


― Según he investigado, eso se debe a que, sus trabajos son de dos días. Una cena, un cóctel, una gala. Tres días como máximo. Nosotros queremos tiempo completo hasta las elecciones, y después de ellas, veremos su contrato. Y estamos a meses de ese día.


― ¿Es usted insistente, verdad?


― Como no tiene idea ― le contestó Pedro, quien sólo había estado observando la negociación. ― Y yo que usted, aceptaría de una vez. Es un viejo duro de roer.


― Eso saldrá más caro de lo normal. ― dijo Paula, esperando ver alguna muestra de recelo por parte de los hombres. Pero no observó ninguna. Muy al contrario, el abue… Miguel, estaba sonriendo.


― Contamos con ello.


― ¿Y que tendría que hacer? Específicamente. Por lo que he entendido, serían los dos, y no sólo a uno al que tendría que vigilar.


― Sara, en estos momentos es nuestra prioridad. Queremos que vaya con ella a la escuela, y de regreso. Esto solo se hará en las primeras semanas, para mostrarle que es seguro. Queremos que entrene al chofer para futuras emergencias que se puedan presentar ― Paula observó como la mirada del Sr. Alfonso se oscurecía. Al parecer, recordar lo que había pasado con su hija, aún lo tenía desconcertado. El abue… Miguel, en cambio, siguió con su discurso. ― Si el Sr. Alfonso tiene una cena, un debate, una rueda de prensa, un evento, lo que sea, usted también tendrá que ir, en calidad de su guardaespaldas. Aunque mayormente estamos trabajando en la casa de campaña. O aquí en la casa, donde tenemos nuestra propia oficina. 
Cuando estemos en casa, usted puede tomarse el día libre. 
Los detalles mínimos los iremos resolviendo con el tiempo. 
¿Alguna duda?


― Ninguna.


― Perfecto. ¿Cuando comenzamos?


Paula empezó a hacer un repaso mental de todo lo que tendría que dejar preparado antes de mudarse temporalmente. Tendría que pedirle a May que cuidase su apartamento. Cancelaría el cable. No vería la televisión. 


Aunque la reconexión saldría cara, pero que más daba. Sólo habría un pequeño problema: Coco. Tendría una larga plática con May sobre ello.


― Mañana a primera hora me instalaré aquí. Y comenzaré mi trabajo. ¿A que hora entra la niña a la escuela?


― A las ocho, y su nombre es Sara ― contestó Pedro.


― Entonces estaré aquí a las siete. Y si eso es todo, me retiro. ― Sara. Era un bonito nombre. Pero ella no trataba con nombres. Al ver que ambos hombres iban a moverse de sus lugares, Paula agregó ― No se molestes, sé donde está la salida.


― Una cosa más. ― Paulaa se dio la vuelta para mirar a su futuro jefe… y cliente, que se había levantado de su asiento y estaba a unos escasos metros lejos de ella ― Yo no me meteré en su vida, así que espero lo mismo de usted.


Paula no se molestó en contestar. Sólo le dio una breve sonrisa y asintió. Se dio la vuelta, y caminó hacia la salida.


Miguel se quedó en silencio hasta que oyó la puerta del la casa cerrarse. Después miró a Pedro, con una mirada extraña.


― ¿Que rayos fue eso? ― preguntó Miguel.


Pedro por el contrario, estaba absorto en la mujer que acaba de contratar. Bueno, que Miguel acababa de contratar. Tenía la ligera impresión de que traería problemas, en vez de evitarlos o resolverlos. Uno de esos problemas, había sido claro, el que su miembro hubiera escogido ese día para darle la bienvenida a la Señorita Chaves. Al parecer, se había puesto muy alegre. Al entrar en la habitación, se había olvidado de su nombre. Había visto su foto, pero ninguna foto le hacía justicia a su belleza. Lo cual, en sí era extraño. 


Una mujer como ella debería de ser modelo, no guardaespaldas. Alta, erguida, justo en medio de la sala, se había visto totalmente encantadora. Y cuando le había dado la mano, le había costado una fuerza sobrehumana no reaccionar. Había sido sólo un roce, pero lo había afectado en escalas monumentales. Por eso, se había pasado toda la entrevista sentado. Genial.


― ¡Hola! ― Le dijo Miguel lentamente plantándose enfrente de él, y pasando una mano sobre sus ojos. ― ¿Estás aquí? Te hice una pregunta.


― ¿Y fue…? ― ¡Maldición! Se había olvidado de Miguel.


― ¿Que rayos fue eso?


― ¿Que rayos fue qué? ― contestó Pedro, yendo hacia su propia oficina. La que alguna vez, había sido de su padre.


― Eso de “Tú no te metas en vida, o te haré pagar”. ― contestó sarcásticamente Miguel.


― Eres un exagerado Miguel, y sólo dejamos claros nuestros puntos.


― Adolescentes. ― Suspiró Miguel. Una vez que entraron en su oficina, Pedro se fue por su taza de café. Era lo único que lo mantenía activo. Miguel se acomodó en una de las sillas enfrente de su escritorio y preguntó ― ¿Y que piensas? ¿Nos servirá?


Pedro no lo miró. Se acercó a la ventana de su oficina, y vio que Paula ya no estaba por ninguna parte. Había salido ágilmente, sin hacer ruido. Tomó un sorbo de café.


― Si tu pregunta es si nos servirá como guardaespaldas, espero que sí, después de todo, me has hablado miles de veces sus vastas recomendaciones. Y me tomo muy en serio la seguridad de Sara. ― Miró a Miguel, y se sentó en su escritorio ― Ahora, que si me preguntas si nos servirá para averiguar algo sobre el padre, creo que te dejé bien claro que no apoyaba esa parte. No voy a ganar las elecciones de esa manera. Y no, no creo. Al parecer, no se llevan bien, pero aunque no se lleven bien, no creo que sea la clase de mujer que tenga una rabia reprimida.


― Chico, todas las mujeres tienen rabia reprimida.


― Si tú, experto de mujeres te llaman.


― Bueno, hasta ahora ninguna se ha quejado ― dijo Miguel acariciándose un bigote invisible. Pedro sólo pudo reírse.


― Viejo rabo verde. Con razón jamás te casaste, un viejo libidinoso como tú no podría conformarse con una sola mujer.


― Oye chico, respeta a tus mayores. Que porque haya sido el mejor amigo de tu padre no me puedes hablar así.


― Bla, bla, bla. Lo que tú digas, viejo libidinoso.


― Los jóvenes de ahora no respetan a nadie. ― Contestó más para sí que para Pedro. Se paró y se fue a servir una copa ― ¿Ya llegaron los hermanos Chip y Dale?


Esa era la broma personal de Miguel, hacia sus dos directores de campaña. Que no tenían nada que ver con la famosa serie de Dibujos animados, aunque Miguel afirmaba que ellos se parecían a las célebres ardillas.


― Carlos y Ramiro no han llegado aún.


― Mejor. A veces son una hostia, si quieres que te lo diga ― Alzó la mano al ver que Pedro ya estaba dispuesto a protestar con él ― Pero… soy el primero en admitir que son buenos, muy buenos. ¿Ya tienes frase para el slogan?


― Miles, y honestamente, ninguna me convence. Todas suenan tan… plásticas.


― Si buscas honestidad al cien por ciento, muchacho, te hubieras buscado otra profesión.


― Mira quien lo dice, San Miguel. ― Entonces se acordó de Sara. ¡Diablos! Le había dicho que la iría a ver en cuanto se fuera Paula ― ¿Me esperas un momento? Tengo que hablar con Sara.






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