jueves, 18 de junio de 2015
EPILOGO
― ¡Senador Alfonso! ¡Senador! ¿Es cierto que el partido quiere que se postule como Gobernador en las próximas elecciones?
― Bueno Apple, creo aún es muy pronto para ello
Pedro sonrió. Desde que habían trasladado a la rubia periodista, de la central de San Francisco a la de Los Ángeles, y para sumarle, bajo la tutela de Larry-molestoso-cuéntame-todo-King, no se había despegado de su espalda en todos esos años. Y el que supiera de las aspiraciones de ser gobernador le indicaba lo buena rastreadora que era aquella mujer. Pero no podía asegurar nada, así que se limitó a seguir sonriendo y mostrar un rostro insondable.
― Señores, apenas han pasado cinco años desde mi mandato como Senador.
― ¡Y vaya cinco años, Senador! ― contestó otro reportero, que se encontraba al lado de Apple ― De acuerdo con el “People”, usted es el hombre del año, además, tiene una larga lista de premios humanitarios, sociales, de seguridad entre otros más.
― ¿Su esposa tiene algo que decir? ― inquirió otro reportero.
Parados en la entrada del Parque Griffith,Pedro se giró hacia su esposa, la cual tenía agarrada de la cintura, observándolo atentamente. Adoraba que alguien dijera la palabra “esposa” y ella estuviera presente; algunas veces lo repetía tantas veces al día que a Paula le desesperaba y acaba propinándole un buen golpe y callándolo a besos; esa era la parte que más le encantaba.
El compromiso y la boda había sido más que aceptada por la comunidad, arrancando suspiros de amor entre las mujeres, al decir que era el final que deseaban para la película de Whitney Houston. A Paula, sin embargo le había costado un poco de tiempo, y paciencia adaptarse. Jaime, su madre, Miguel, Carlos y todo el mundo la había ayudado a ello. La mirada de Paula brilló y Pedro alzó la ceja, tentándola. A esas alturas parecían leerse la mente, como si fueran una sola.
― Creo que ella les puede responder. ― le contestó sin separar la mirada de ella.
― ¿Señora Alfonso? ― preguntó de nuevo el reportero, pero ahora mirándola a ella.
Paula Alfonso Chaves sonrió gustosamente y miró al reportero
― Bueno Bob, ― dijo tuteando al reportero ― sólo puedo responder que pase lo que pase, su familia siempre lo apoyará. ― hizo una pausa y volvió la mirada a su esposo ― Hasta el final.
Los reporteros abordaron con otras preguntas a Paula, mientras que Pedro la estudiaba abiertamente. La primera vez que habían hecho esas comidas en el parque, había deseado que Paula estuviera a su lado; la segunda vez que hicieron el evento, ella lo estuvo, pero con un ataque de pánico que rara vez veía en ella. Le tomaba el pelo por aquella vez, y claro se ganaba todo el amor de su esposa lanzado en un puñetazo en el hombro. Ahora, cuatro años después, era una profesional en esa área, parecía haber controlado sus ataques y sonreía a las cámaras como si nada.
― Señora Alfonso, ¿Si su esposo se lanza como Gobernador, cómo hará ahora para lidiar entre su trabajo y la campaña de su marido?
― Una de las cosas que aprendí en el manual de ser esposa, era delegar responsabilidades. No puedo estar en todos lados, Por eso, querido, tengo al mejor socio del mundo.
Paula pensó en Leandro, desterrado en algún lugar de Washington, cuidando a la hija del Gobernador Estévez. Juntos, habían abierto un centro de seguridad privada, al cual, le iba más que bien. Claro, había causado sensación que la esposa del nuevo senador fuera una de los dueños.
Algunas veces cooperaban con la policía en secuestros y rescates y tenían un gran personal capacitado, y más que nada una gran familia. Jorge era el gerente junto con Leandro, y ambos se encargan de todo.
― ¿Y la familia? ― preguntó Apple. ― Con cuatro niños supongo que ha de ser un poco exhausto.
Paula y Pedro sonrieron, compartiendo su secreto. Ambos vestían ropas deportivas, pero Paula llevaba una blusa holgada para que no marcara su vientre que empezaba a mostrar su estado.
Sólo los más cercanos a la familia, y los trabajadores de la casa, sabían de aquella noticia, y se consumían de felicidad.
Había sido un milagro, había dicho ella. Y él le creía.
Aunque su milagro le costaba toda la paciencia del mundo, ya que todos la trataban como si fuera de porcelana, cosa que desde luego, la independiente señora Alfonso odiaba, así que se refugiaba en su casa de la piscina, su propio espacio, donde sabía, realizaba ejercicios de yoga. Jaime, de todos los que sabían era el que no la dejaba sola a sol y sombra. Ni siquiera la dejaba levantar su plato. Él la adoraba, y ella a él, pero ninguno de los dos se lo confesaría al otro, La noche en que Paula se lo había confesado, luego de haber pasado el primer trimestre del embarazo, casi se cayó desmayado, por el impacto de la noticia. Ella lo había sospechado desde semanas, pero no había querido dar falsas esperanzas a nadie, luego de que su cuerpo siempre le había traicionado. Esa misma noche, habían hecho el amor con tanta dulzura y suavidad, que casi había sentido el mismísimo cielo dentro del cuerpo del otro.
Paula sintió la mano de Pedro apretarla con cariño, como si supiera lo por lo que su mente pasaba. Tomo un suspiro y se encogió de hombros.
― Creo que puedo hablar por todas las mujeres que trabajan en este estado y en este país. Las mujeres de hoy, nos damos tiempo para trabajar y la familia. Algunas incluso merecen mi respeto, porque hacen acrobacias. ¿Por qué yo tendría que ser diferentes de ellas? Además, mis hijos tienen a toda una familia que los adora, y los cuida, y desgraciadamente los miman, más de lo que me gustase.
― ¿Senador? ― preguntó, ahora dirigiéndose hacia Pedro.
― Creo que mi esposa ha dicho todo. La familia primero. ― le dio un cálido beso en la frente a su esposa y después se dirigió a la prensa ― Y con esto chicos nos despedimos por ahora, coman unas buenas hamburguesas, y los aros de cebolla son la especialidad del día. El ex-senador Anderson tenía a un chef escondido.
Pedro tomó a Paula de la mano y se alejaron de los medios, sonriendo y saludando a las gentes que encontraba en el camino. Al fin encontraron un respiro entre la gente y Pedro la abrazó. Quería gritar a los cuatro vientos su felicidad, pero su esposa lo mataría, o mínimo lo atontaría con la pistola, y con su puntería, no quería tentar al destino.
― Tus comidas se han vuelto famosas, Senador Alfonso. ― le susurró Paula al oído.
― Gracias a ti, Señora Alfonso.
Le dio un beso inicial, que sabía iría por más. No podía tener las manos quietas de ella, no podía…
― Por Dios, dense un respiro, provocan envidia en los pobres. ― Maite se acercó a ellos, con su ropa habitual, de falda larga y top ajustado, enseñando el ombligo. Su cabello ahora estaba corto, algo menos que a la altura de los hombros. Saludó a Pedro en la mejilla y le dio una palmada en el hombro ― Por cierto, Miguel te busca para presentarte a no se que empresario que está encantado con no se qué cosa y quiere no se qué de ti. Y de paso le dices a Miguel que Nadia lo anda buscando para no se qué.
― Tan precisa como siempre, May
― Blah blah blah. Dame ese contrato de renovar las pinturas del Centro de Arte Contemporáneo y entonces si hablaremos.
Todos sonrieron, aunque May sabía que Pedro acabaría cediendo. Todos lo hacían, y no era precisamente por su encanto.
― Las dejo. ― le dio un beso en la mejilla a Paula y le susurró a May ― Cuídala.
― Cuídala. ¿Que soy? ¿Una niña de tres años? ― inquirió entre susurros al ver a Pedro marcharse.
Maite sonrió y tomó a su amiga de su brazo, para caminar un poco.
― Eres la cosa más valiosa para él. Junto con los peques, claro, que por cierto… ― Buscó con la mirada y entonces su boca se cerró, soltó a Paula y miró al otro lado. ― Oh, creo que Clarisse me está haciendo señas de que vaya con ella.
Paula buscó a Clarisse con la mirada, pero no vio a nadie.
Mientras, May ya estaba volando al otro lado del parque.
― Espera,May, que te…
― Parece feliz, Señora Alfonso.
Paula se olvidó de su amiga y se dio la vuelta para ver a la persona que menos esperaba.
― ¿No se supone que estarías en Washington cuidando…?
La cabellera oscura de Leandro se sacudió.
― Lo siento, pero tenía una cita concertada con anterioridad. Estas comidas no me las pierdo por nada del mundo. Además, no te puedes enojar conmigo. Te oí decir que tu socio es una monería.
― Tenía que dejar al negocio con buenos ojos. No puedo decirles que tengo al peor socio del mundo, y que además, es un cabeza hueca bueno para nada. ― dijo sonriendo y le dio un abrazo fuerte ― No puedo creer que te haya echado de menos, mentecato.
― Lo que pasa es que las hormonas te tienen así, mamita. ―- contestó Leandro, hablando bajo, para que nadie se oyese.
― Calla. ― susurró Paula y miró a todos lados. ― Aún no quiero a la prensa sobre mi, preguntando como se llamará, si será senador, a que escuela irá. Por Dios, no ha nacido y ya esperan que tenga su vida planeada.
― La maternidad te sienta bien.
― Hago mi mejor esfuerzo.
Ambos sonrieron y compartieron un momento de recuerdos pasados, cuando el grito proveniente de la zona de juegos los volvió a la realidad.
― ¡¡¡¡MAMÁ!!!!
A una velocidad instantánea, Paula miró hacia los juegos y suspiró.
― Hablando de maternidad. ― susurró Paula a Leandro y ambos corrieron hacia los juegos que habían cerca.
Observó la escena mientras caminaba, sonriendo y sintiendo una grata calidez formándose en su pecho, y asentándose en su corazón. Cada vez que veía a todos los niños reunidos no podía evitar sentir un nudo en la garganta, y las lágrimas acumularse en sus ojos. Sara, ahora una hermosa adolescente lidiaba junto con su hijo mayor, Javier y la hija de Clarisse, Janet, a toda una manada de niños. El hijo de Jorge, Samuel , y los gemelos, Manuel e Isabel, ambos de cinco años, estaba privados en llanto., mientras que la pobre de Sara trataba de calmarlos.
En su primera visita al primer orfanato que había asistido a dar una conferencia como la ya, esposa de Pedro, tan solo tres años atrás, se había enamorado de aquellos dos pilluelos. Habían pasado todo el día con ella, y al final, al llegar a casa, le había pedido la primera cosa a Pedro en años, y había solicitado la adopción de los niños. Aquella noche, Paula y Pedro forjaron un nuevo lazo, el de la paternidad. Paula jamás se había sentido tan frustrada por no ser madre como el primer año de su matrimonio, esperando que un milagro ocurriera y estuviera embarazada, pero cada vez que su cuerpo seguía los dictámenes de la naturaleza, la tristeza le embargaba. Hasta el día en que conoció a los gemelos. Los habían abandonado en la puerta del orfanato casi recién nacidos, y habían tenido miedo por ellos. Pero habían salido adelante, y Paula sabía mejor que nadie, lo que era luchar contra todo, para vivir. Admiró su pelo oscuro y su piel bronceada, pero eran sus ojos, de un color tan parecido a los de Pedro, los que la habían intrigado con solo verlos una vez.
Desvió la mirada hacia Javier. En una de las actividades de Paula, habían círculos de ayuda para jóvenes con problemas, rebeldes, y que la vida, desgraciadamente les había tratado mal.Paula había visto en Javier la misma coraza que ella había creado cuando niña y adulta, y su pasado había sido casi el mismo, o quizás peor. Robin, quien brindaba su tiempo para esas causas, había sido una parte fundamental de su recuperación, pero como Robin le había dicho, ella y su familia, habían sido todo lo demás. Con su piel tostada y sus pecas y ojos de color grisáceos, sin duda, Javier destacaba en la familia, y ahora, con la misma edad que cuando conoció a Sara, cuidaba a los suyos con su vida misma.
Pero para ella y Pedro, no había favoritismos ni distinciones, ni habría jamás. Cada uno era de ambos, en carne y en corazón, y lucharían por ellos sin importar qué.
Acarició su vientre, rozándolo suavemente. Quizás era un mito, quizás era cierto, o quizás era un milagro, pero había leído que las parejas que no podían tener hijos y adoptaban, al cabo de los años, terminaban teniendo el suyo propio.
Paula no lo había comenzado a creer, hasta el día en que había visto el botón azul en la prueba, la cual guardaban en la caja fuerte Pedro y ella. Llegó hasta ellos y aguantó la risa al ver la escena, casi cotidiana cuando todos estaban juntos.
― ¿Que pasa aquí?
Sara suspiró. Durante su primera pubertad, como ella le llamaba, había estirado diez centímetros y ahora, pasaba del metro cincuenta y cinco. Por su complexión delgada, sus pómulos resultantes, junto a su rubia cabellera y sus ojos azules, era la clara promesa de una hermosa mujer. Su dulce niña había crecido frente a sus ojos.
― Los gemelos quieren subir al mismo columpio, y Samuel quiere jugar con ellos. Uno lloró, el otro lloró y el otro los siguió.
― Cuando los tres están juntos, sin duda, parecen efecto dominó. ― contestó Javier cargando a Isabel, cantándole.
Adoraba al hermano mayor.
― ¿Que les parece algo mejor?
Los niños repararon en Leandro, que se había mantenido silencioso.
― ¡Tío Leandro! ― gritaron todos y se fueron encima de él.
Abrazó a cuantos pudo, alzándolos al aire y obteniendo besos a cambio.
Con una mano en la cadera, Paula lo miró con reproche.
― Malcrías demasiado a mis hijos.
― Yo soy el bueno de la película, ¿verdad niños?
Oyó un grito coral de “sí” y agitó la cabeza. Marla y Jorge llegaron en ese momento y admiraron la escena. Después, las madres desaparecieron del radar de los niños, para luego irse a jugar escondidas con su tía Leandro y el tío Jorge. Marla abrazó a Paula y se fueron a sentar a una de las mesas campestres. Paula no podía evitar mirar a todos lados, lo que causó una risita en Marla.
― Calma,Pau. Jorge y Leandro esta con los niños jugando.
― Lo sé. Además, Octavio y Juan Pablo los están vigilando.
Paula había contratado a Juan Pablo porque sabía que después de lo de Rafael nadie volvería a entablar relaciones con él. Las viejas amistades se habían recuperado, y Juan había resultado ser un excelente niñero-guardaespaldas.
― Eres aún peor que Pedro. ― sentenció Marla.
Paula sabía que Marla tenían razón, pero no podía evitarlo.
Eran su todo, y si algo le pasaba a alguno de ellos, sería cien veces peor para ella. No se imaginaba una vida sin cada uno de sus hijos y su esposo. Cinco años atrás se habría reído de esa pintura: ella como madre abnegada, y no de uno, sino de próximamente cinco niños, una respetada mujer de sociedad, esposa de un famoso político, y tantas cosas más. Nadia le había enseñado a no ver cada espacio como una parte, sino como un todo. A base de práctica, había aprendido a controlar su gran bocota, mientras que su marido había aprendido a decir demasiadas malas palabras para su gusto, y para colmo, las soltaba cuando sus hijos estaban cerca. Sara, la mayor del rebaño, era su ayuda oficial. Quería a todos sus hermanos por igual, y en la casa no había temas tabú. Todos sabían quienes eran, Eran integrantes de la Familia Alfonso.
― Sólo me gusta que estén protegidos. Eso es todo.
― Sí claro, ahora lo último que falta es que me digas que Sara e Izzy tendrán cinturones de castidad hasta que cumplan cincuenta años.
― ¿Pero como crees eso de mí? ― inquirió indignada. Hizo un barrido general del lugar y se detuvo al ver a Sara de platicando con un adolescente-me-veo-mayor-de-quince-años para después ver a su esposo dirigiéndose a jugar con los niños, pero observando a Sara con aquella mirada sobre protectora. El pobre chico no tenía oportunidad. Sonrió y miró a su amiga con un aire complaciente ― Pedro se encargó de eso antes que yo.
Ambas soltaron una risa que duró unos segundos. Marla le tendió un vaso de limonada que Paula lo tomó gustosamente.
― En una escala del uno al diez, ¿Cuánto le das a tu marido?
Como si Pedro hubiera oído su nombre, giró la mirada para encontrarse con la suya, y darle aquella sonrisa que la volvía loca, que le hacía flaquear las piernas y que le paralizaba el corazón por unos segundos. Demasiado cursi, pero era la verdad. Contestó sin dudarlo, y sin apartar la mirada de él.
― Infinito más uno.
― Eso es ser imparcial.
Paula sonrió. No pudo evitarlo. Como si fuera un deja vú, recordó aquella tarde frente a la ventana del cuarto de Marla y Jorge, donde ella le había hecho esa misma observación a Marla, y recordaba muy bien la respuesta. Pero no era sólo que la recordaba. La sabía al pie de la letra. Abrazó a su amiga con felicidad.
― No, eso es estar enamorada.
Oyó su nombre gritar por todos lados para que se acercara a jugar. Oyó el “Paula”, el “Chaves”, pero nada la hizo más feliz que oír “Cariño” de Pedro y el “Mamá” de los pequeños.
Dejó el vaso en la tabla de madera y corrió hacia su gran familia y abrazó a todos. Mientras sonreía y sentía los besos de su marido e hijos peleando por su atención, no pudo evitar recordar las palabras de Nadia que alguna vez le dijo tiempo atrás.
A cada persona en este mundo, le corresponde por ley de vida un momento de felicidad. La cuestión era saber aprovecharlo.
Paula abrazó a su esposo y lo besó, absorbiendo su amor.
Aquél era su momento.
Y lo aprovecharía.
Para siempre.
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Ame .. ame esta historia, llore , rei, me emocione .. me angustie , pero sobre todo disfruté cada momento de lectura, Gracias Carme !!! Bellisimo final .. quedo EMBARAZADA ❤
ResponderEliminarAme .. ame esta historia, llore , rei, me emocione .. me angustie , pero sobre todo disfruté cada momento de lectura, Gracias Carme !!! Bellisimo final .. quedo EMBARAZADA ❤
ResponderEliminarAmé esta historia, fascinante hasta el final.
ResponderEliminarAmé esta historia de principio a fin! Me hizo pasar por todos los estados, fue hermoso leerla!!! El final, exquisito, sin dejar cabos sueltos y cerrando cada historia (como no suele pasar en otras novelas) y el broche de oro, es que haya podido quedar embarazada! Gracias por compartirla y sin dudas una de las mejores que adaptaste! Gracias!
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