viernes, 5 de junio de 2015

CAPITULO 32




― Augusto, cuando lleguemos a la dirección que te dí, por favor, entra a la tienda y compra lo que sea, pero tárdate diez minutos.


Augusto asintió, sin preguntar, mientras que Paula se ajustaba sus gafas oscuras. Augusto se estacionó en un lugar apartado, siguiendo las indicaciones de Paula y bajó al mercado. Ahora tenía que esperar a Alex.


Había platicado con Leandro y con Pedro sobre ello. Tenían que encontrar a los atacantes de Sara, pero dado que Pedro estaba en elecciones y plena campaña electoral y no quería que Sara estuviera involucrada, habían accedido a que ella se contactaría con viejos amigos, y haría todo lo más discreto posible. Después se habían separado.


Desde el fatídico día en que había dejado de escuchar las palabras de Leandro y había besado a Pedro, se habían tratado tan formalmente, mucho más que los primeros días de trabajo.


Pero, rayos, el hombre había rebasado todas las expectativas de un beso. No era virgen, pero había encontrado placer en una caricia, en un simple beso, que en todas las noches de sexo que había compartido con sus antiguos amantes.


Había enfocado su mirada con la de él, sólo unos segundos, y después se habían encontrado en el camino, porque Pedro también iba sobre de ella. Había empezado suave, dulce, tocando sus labios, tanteando terreno. Paula había podido sentir la suavidad de sus labios, y la delicadeza de sus gestos la habían derretido. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que había sentido la sal de sus propias lágrimas en sus labios y en los de Pedro. Y eso fue sólo la primera parte.


Después de la exploración, fue la misma Paula la que había ido por más. Había profundizado el beso, exigiendo más, y Pedro había respondido con fervor a su demanda. Sólo podía recordar que ella ya tenía sus manos agarrando fuertemente el cuello de su camisa polo, y él, deslizando su mano sobre su cuello para meter sus dedos en su cabello. 


Eso la había puesto en alarma, pero se había sentido tan necesitada de contacto, que lo había dejado pasar.


Ambos habían jugado con sus labios, con sus lenguas, con sus alientos. Se habían olvidado de todo, de donde estaban, de quienes estaban alrededor, de quienes eran. Aquella noche, cuando se habían besado, habían sido sólo un hombre y una mujer. Víctimas de la carne y de la pasión.


Si Pedro diera un beso a cambio de un voto a cada mujer del estado de California, definitivamente sería el nuevo senador del estado, pensó con sarcasmo.


Ninguno de los se había movido, sólo sus rostros buscando un nuevo ángulo para profundizar sus besos, mientras sus narices se rozaban, pero sabían inconcientemente que con un solo movimiento el fuego de la magia se acabaría, y en ese momento habían estado a punto de prender fuego al mismísimo sillón donde habían estado sentados.


Que ironía de las vida, que Coco fuera la que rompiera el encanto. Se había subido al regazo de Paula y había maullado exigiendo atención, estirándose y clavándole las garras dulcemente en las piernas de Pedro, atravesando la fina tela de sus pantalones.


Un clic de la puerta siendo abierta y cerrada la volvió a la realidad.


― Vaya guardaespaldas resultaste ser. Ahora mismo serías mujer muerta.


Paula sonrió pero no se movió sino que siguió mirando hacia delante, desde el espejo retrovisor.


― Di lo que quieras, pero escóndete.


Observo a su amiga acostarse en el asiento trasero sin mucho entusiasmo.


― ¿Sabes? Si así es como cobras los favores, jamás volveré a dejarte que me salves la vida.


Paula se aguantó la risa. Así era su querida amiga Alex. Malhablada, un chicazo, que prefería la inteligencia antes que la belleza, y que su mejor amigo era una Magnum calibre 22 que nunca soltaba. Se habían llevado de maravilla cuando Paula había intentado trabajar en el FBI, pero lo había dejado porque estar detrás de un escritorio, no era lo suyo.


― Es un placer volver a verte Alex. No te preocupes, la próxima vez dejaré que te peguen ese balazo.


― Eres una maldita. ― gruñó Alex, y se movió hasta encontrar un lugar cómodo en el asiento trasero. Si estuviera sentada sobre el suave sofá, estaba segura de que sería comodísimo, pero acostada en el piso, doblada, el elegante carro era una molestia ― Me hiciste ir de lugar en lugar y ahora me metes en la parte trasera del auto como si fuera un costal de papas.


― Ya te lo expliqué. Esto es…


― Es por seguridad, blah, blah, blah… y porque si alguien se entera que la guardaespaldas de los Marshall se reunió con la mejor agente del FBI, podrían empezar a sospechar. Lo capté en tus mensajes Paula.


Paula aguantó la risa, tapándose con una mano. Una familia estaba metiendo las compras en la cajuela de su auto y miraban a Paula intrigados hablando sola.


― Si claro, sobre todo por lo de la mejor agente. Que yo sepa, William sigue en Nueva York.


Alex sabía que era broma y siguió el juego.


― Oh, te voy a dar una buena en cuanto me pueda parar. ― Y se acordó de cómo cobrarse el chistecito ― Por cierto, te mandan saludos.


― Vaya, gracias.


― Seth y Will, te mandan a decir “Preciosa, eres la ley dando entrevistas”. ― no eran esas las palabras exactas, pero hey, ella no sabría.


― ¿Lo vieron? ― Paula se giró súbitamente mirando hacía abajo.


― Oye, que estoy escondida. ― La regañó Alex y esperó a que Paula volviera a su papel ― Y sí, lo vimos. Sabías que en Google encuentras de todo. Y más cuando te mandan un mensaje a tu celular diciendo: “Tienen que ver lo que hizo Paula ahora”.


― Oh mierda. ― Paula sintió la venita de la frente saltar ― ¿Quien les aviso? ¿Quien fue el maldito que me traicionó de esa manera?


― Pues si me vas a pagar por decírtelo, quizás pueda hablar…


Entonces Augusto apareció con una bolsa de Chetoos y una botella de coca cola en la otra. Se ubicó en su asiento y miró a Paula con el ceño fruncido porque la había visto hablando sola.


― Augusto, tenemos compañía ― hizo un gesto hacia el asiento trasero ―- Augusto, Alessandra “dolor de cabeza” McAllister, o Alex, para abreviar. Alex, el dulce chofer, Augusto.


Augusto medio se giró y vio a una mujer acostada en el piso del auto. Ella hizo un gesto con la mano.


― Mucho gusto. Ahora, si no es mucha molestia, mi espalda les agradecería poder largarnos.


Paula sonrió y se fueron de regreso a la Mansión.


Tardaron menos de media hora en regresar, y sin necesidad de hablar, Leandro les abrió la puerta rápidamente. Augusto, por indicaciones de Paula se fue hasta el garaje y no estacionó en la parte delantera de la casa, donde solía hacerlo. Paula bajó y le abrió cortésmente la puerta a Alex, que ya estaba sentada y masajeándose la espalda.


― ¡Mi dios! Uno piensa que con el ejercicio que hago, aguantaría cualquier cosa, pero esto…


Salió del auto y se estiró lo más que pudo, oyendo el sonido de sus huesos acomodarse.


― Vaya, veo que sigues igual. ― dijo Paula.


Alex seguía con ejercicios y sonrió.


― Lo mismo digo.


Augusto salió del auto y se quedó embobado viendo a la mujer que había venido atrás. Desde ese ángulo era totalmente diferente. A pesar de sus ropas, Alessandra era una mujer con un aura que atraía miradas, no sólo por su belleza rara, sino por su carácter. Llevaba unos pantalones de pinza negros y una camisa de botones completamente blanca sin fajar, y encima un saco negro, a juego con lo demás. Era rubia, con su pelo mal cortado en picos hasta los hombros, pero brillante bajo la luz del sol. Quien había dicho que las rubias eran tontas, no la conocían, tenía un IQ que sobrepasaba la mayoría de la gente, pero no era presumida. 


Contrario a Paula, media alrededor de un metro setenta y poco, pero tenía unos buenos puños y una puntería de cien. Ah, y claro, un golpe en la ingle que casi había dejado sin herencia a un tío que le había tocado el trasero sin su permiso. De ojos grises claros, tenía una nariz recta y unos labios delgados y refinados. Pero esa mirada, seria, que te paralizaba, cuando Alex te analizaba sentías como hielo recorrer tu cuerpo. Se volteó hacia Augusto, quien seguía mirando a Alex.


―Augusto, hazle saber al Sr. Alfonso que la visita ya está aquí. Y no le digas a nadie de esto, ¿entendido? ― Sabia que podía confiar en Augusto , así que después miró a Alex ― Vente, vamos por acá


La llevó a su casita en la piscina. No quería que Daniela ni Magdalena ni aquellos que no sabían de la visita de Alex se enterasen. Sabía que sólo Carlos y Viviana serían los únicos que se enterarían de ello, pero que no estarían en la reunión, al menos eso esperaba. Entro y cerró la puerta con cuidado de que nadie las viera, y se fue a la cocina por un refresco para Alex.


― Vaya, ― exclamó Alex admirando el lugar ― Esto de trabajar por tu cuenta deja bien. Joder, esto parece el Cesar Palace, ¿vives aquí sola?


― Aja, entre ratos viene Leandro, y después regresa a trabajar.


Alex detuvo la inspección de la casa y la miró sorprendida.


― Espera, ¿quieres decir que Leandro esta trabajando aquí?


― Aja.


― ¿De seguridad privada?


No era técnicamente ese su trabajo, pero sabía que Leandro era un orgulloso, así que mejor dejar por la paz las explicaciones.


― Bueno sí, algo así.


― No me lo puedo creer, ¿Cómo rayos lo convenciste?


El rostro de Pedro vino a su cabeza, y después una visión de aquel beso compartido. ¡Dios! ¿Jamás lo olvidaría?


― Pues ha decir verdad, fue Alfonso el que lo convenció. ― le tendió la lata a Alex y la ésta la tomó.


― Wuauu… pues tiene que decirme como lo convenció. Así lo podría convencer de que acepte mi oferta de trabajo. El buró lo necesita.


― ¡Ja! Ya quisiera ver a Leandro haciendo de secretaria.


― Pues te puedes quedar esperando nena.


Paula saludó con la lata a Leandro y Pedro como si nada, mientras que Alex fue a saludar a saludar.


― ¡Leandro!


― Alex.


― ¡Ven acá idiota! ― se dieron un caluroso abrazo ― Gracias por el mensaje secreto.


Paula dejó la lata con fuerza en la mesa, mirando a Alex.


― ¿Fue él? ― después miró a Leandro con ganas de asesinarlo ― ¿Fuiste tú?


Pedro no sabía de qué iba todo el asunto, pero podía ver que entre ellos se llevaban bien, y a pesar de la cara de enfado de Paula, sabía que no lo estaba de verdad.


― Oh vamos Pau, compórtate. Después me pateas mis pelotas si quieres ― Se acercó a Pedro llevando a Alex ― Alfonso, te presento a la agente del FBI, Alex McAllister


Se dieron un fuerte apretón de manos.


― Mucho gusto. ― contestó Pedro e hizo un gesto hacia los muebles ― Por favor.


Alex, Paula y Leandro siguieron a Pedro y se sentaron. Alex fue la primea en hablar.


― Bueno, dado que sólo vine por un par de horas, quiero un informe de todo. Qué pasó, cuándo pasó… Todo.


Pedro empezó con el relato. Todo lo que Augusto le había platicado, incluso habían ido por el mismo Augusto para saber más. Entre ambos fueron formando la historia, los detalles. La calle en la que los habían intentado abordar, de dónde venían, sus rutas. Alex iba tomando nota mental de todo lo que le iban contando. Si algo podía saber con seguridad, es que la niña era solo un arma contra el padre. 


Con las elecciones cerca, podían chantajearlo y exigirle su renuncia o algo más.


Cada dos o tres minutos Paula interrumpía, agregando cosas que ella había investigado. Cuando le preguntaron a Augusto si recordaba el rostro de alguno de los atacantes algo, el negó contestando.


― Honestamente señorita, estaba más ocupado tratando de no estrellarme con algún auto.


Pedro le confió a Alex que había sido Miguel quien había tratado con las autoridades, después de que siguieran a Augusto hasta la casa, por exceso de velocidad, y algunos hubieran reportado el incidente. Alex tomó nota de aquello, pensando en ponerse en contacto con los oficiales.


Al cabo de una hora y más, Alex asintió conforme con lo había obtenido. No era mucho, pero podía partir de ahí.


― Vale, nos pondremos en ello. Y pueden asegurarse de que mantendremos esto en secreto. ― Miró a su viaje amiga para confirmárselo ― Seremos discretos Paula.


Pedro se levantó estrechando manos con Alex.


― Muchas gracias. Significa mucho para mí. ¿Quisiera quedarse a comer?


― Gracias, pero tengo que regresar a la oficina. Tengo trabajo que hacer.


Leandro y Pedro salieron dejando a Paula con Alex y Augusto. Este último fue a alistar el auto para llevar a Alex devuelta al centro de la ciudad.


― Me enteré de lo que pasó con Christopher. Lo atrapaste.


― Sí, lo hice. ― contestó, pero Paula no detectó alegría ni nada en sus palabras.


― ¿Pero?


― Pero eso no ha hecho que los fantasmas se vayan.


Paula entendía perfectamente las palabras. Sin más que decir, salieron de la casa.


― Vamos, te dejaremos en el centro.


― Sí, pero deja que antes estire mi espalda. El piso del auto no es muy cómodo que digamos.





4 comentarios:

  1. Buenísimos los 3 caps. Cada vez se atraen más Pedro y Paula

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  2. Muy buenos cap , pau revoluciono la casa jajajjaaja

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  3. Muy buenos capítulos! Y ojalá Pedro haga algo pronto por mejorar la relación con Sara! Pobrecita!

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