lunes, 1 de junio de 2015
CAPITULO 18
Durante todo el camino, Paula permaneció callada, y agradeció el que Augusto no quisiera hacer plática. Tenía muchas cosas en la cabeza. Se estaba empezando a preguntar si no había caído en las redes de Larry y había cometido un error. Se sentía tentada a regresar y tomar la cinta y romperla. Pero por otra parte, sentía algo indescriptible. Aunque jamás había creído que su madre era la amante de Lowell, había pasado más de veinte años aceptando que todos los demás lo creyesen. Nunca hizo algo para esclarecer los hechos. Sólo se había quedado como una espectadora más. Y se odió a si misma por ello.
Pero ahora quería, necesitaba saber.
Cuando Larry había sacado el tema, había vuelto a ser la chiquilla que se agarraba a golpes a quien hubiera tocado esa cuestión. Y cuando Pedro se había interpuesto… En otras circunstancias le habría roto el brazo a quien se hubiera a tomarla de esa manera, pero dada la situación, estaba agradecida infinitamente. Y cuando Larry había revelado todo lo demás, el brazo de Pedro era lo único que la había mantenido de pie.
Echó su cabeza contra el asiento y acarició el puente de su nariz con leves masajes. Tenía que dejar de pensar en esas cosas. Vio entonces las grandes murallas del Trinity Collage y dejó de pensar.
Entraron al recinto y cuando Augusto se estacionó, Paula descendió del auto y justo cuando entraba a la estancia, apareció Sara en la puerta de la escuela, alzando su cabeza buscando algo.
― Sara.
La pequeña la volteó a ver y en su mirada Paula entendió que no la reconocía. No se había cambiado la ropa de la entrevista, habría sido una pérdida de tiempo. Sara caminó lentamente hacia ella y la miró de los pies a la cabeza, haciendo sentir incómoda a Paula.
― Wuau… pareces otra con esa ropa. Te ves guapísima.
Paula extendió la mano y le quitó su mochila, para colocarla sobre su hombro.
― Si bueno… no te acostumbres. Mañana regresaré a mis ropas de pobre cenicienta.
Paula oyó el leve suspiro proveniente de Sara.
― Estoy segura de que a Alfred le encantaría que te quedarás así. Tus chamarras de mezclilla le causan un dolor de…
Sara se tapó la boca con ambas manos haciendo un ruido estrepitoso. Paula alzó la ceja hasta casi juntarlas con la línea del cabello y se aguantó las ganas de echarse a reír.
― ¿Pero qué fue eso? ¿Acaso fue una broma?
Sara agitó violentamente su cabeza de un lado a otro negando. Paula no pudo evitarlo por más tiempo y echó su cabeza hacia atrás y soltó carcajada tras carcajada.
Augusto las esperaba y frunció el ceño al ver a una tan alegre como la otra avergonzada.
Durante el trayecto, para aliviar las tensiones, Paula buscó alguna estación de música, y encontró una decente, de música de los ochentas y noventas. Una estaba terminando y segundos después, Bon Jovi con “It’s my life” empezó a resonar por las bocinas del auto. Augusto iba marcando los bajos con sus dedos sobre el volante, Paula susurraba las letras de la canción. Entonces Paula notó que la rigidez de Sara en el asiento trasero fue desapareciendo, moviendo rítmicamente su cabeza y sus pies que volaban en el asiento. Cuando el coro llegó fue Sara la que se estiró para subir el volumen del estéreo, y empezar a cantar. Augusto se quedó anonado y Paula optó por lo más sano: Cantar.
El regreso fue aun más corto, y sin darse cuenta, ya estaban de nuevo en la residencia. Aún cuando llegaron a la casa, Paula seguía sonriendo. La pequeña le había alegrado la tarde. Una vez estacionado el auto, Paula ayudó a Sara a bajar del auto, ahorrándole el trabajo a Augusto.
― Entonces, ¿crees que Jaime no me mirará con la ceja alzada si visto así?
Sara enrojeció hasta la punta del pelo, y Paula notó que sus orejas eran las primeras en enrojecerse. Interesante.
― No quise decir que Jaime… ― empezó Sara pero Paula le dio un golpecito en sus hombros.
― Vamos pequeña ― La animó Paula ― Era una broma.
Caminaron hasta la entrada de la casa, donde Alfred/Jaime las esperaba en el recibidor y por su mirada, era claro que se había quedado sorprendido al verla y entonces Paula recordó que él no había visto tan “arreglada”. Paula le dio la maleta de Sara y cuando Jaime se dio la vuelta, Paula rodó los ojos hasta Sara y alzó una ceja. Sara se rompió a las carcajadas junto con Paula y Jaime las miró de nueva cuenta. Las dos se carcajearon con fuerza está vez. Al final Paula se estaba limpiando las pequeñas lágrimas que las risas habían provocado.
Sí, después de todo, podía ser un buen día.
Larry se quedó a comer pero su fotógrafo desapareció misteriosamente. Mientras tanto, Paula ya había pasado el presupuesto de las cámaras a Miguel y éste había dado el visto bueno. Miguel a su vez, le había informado que al día siguiente empezarían con las obras en los muros traseros.
Paula se sintió satisfecha, incluso pudo entablar una plática decente con Larry sin querer sacar a Lou fuera de su funda.
Sara se había mantenido al margen de la plática, y Paula sintió un poco de pena. No sabía si tenía amigas, y ella sabía lo que era estar recluida en un lugar donde no tenías un amigo con quien charlar, pero por más que trataba de ingresarla en la conversación, Sara se retraía más. Era como si estuviera conforme con estar en un segundo plano.
Carlos y Viviana se quedaron también a comer y ahí, Paula no pudo objetar. Hablaban de campañas y campañas, y si bien Paula entendía que de eso vivían, habían otras cosas que platicar en la mesa. Ah, claro, también pudo observar el fruncido ceño de Carlos cuando vio que ella iba a comer en la mesa principal con todos ellos. Pero fue tan rápido que quizás los demás no lo vieron, pero ella sí que lo vio.
Agradeció cuando la tortura terminó. Se sintió observada entre segundos. Sentada entre Miguel y Sara, no era tan malo como tener a Carlos y a Larry enfrente de ella. Era como si esperaran que en cualquier momento tomara el suculento bistec entre las manos y lo comenzara a arrancar con los dientes, y se limpiara con la mano o con el mantel, o eructase en la mesa. Por dios, tenía modales.
Viviana le dio al cabo de unos minutos un par hojas, con las actividades de esa semana, los horarios, lugares y direcciones de donde irían. Por lo que leyó rápidamente, esa semana solo se tenía que encargar de Sara y dos eventos de Pedro. Suspiró agradecida. Pero cuando miró a Viviana y esta sacó un par de folios repletos, que pesaban casi cinco kilos, se quedó en shock.
― ¿Esto es todo lo que harán en el año?
Viviana la había mirado incrédula y después había agregado con un tono burlesco.
― No te ilusiones. Son las actividades de las próximas dos semanas sin contar esta. Y están sujetas a cambios.
Paula había examinado los papeles y comprendió que tenía mucho trabajo por hacer, quiso mirar más a fondo los papeles pero consultó su reloj de pulsera y comprobó que la cita con la psicóloga de Sara estaba próxima, así que decidió dejar tanto la lectura como mudanza para lo último.
Se encontró con una Sara pulcramente arreglada, llevaba un vestido de mangas cortas abultadas de color azul marino y un listón color blanco alrededor de su cintura y atado en un gran moño en la parte posterior. Se quedó horrorizada al ver que utilizaba calcetines con unos zapatos blancos de tacón bajo. ¿Es que acaso todavía se seguía utilizando esa ropa para niñas? Paula recordó que su madre jamás le había hecho pasar tal dolor. Pero al ver el retraimiento de Sara, cambió rápidamente su expresión y le dijo que Augusto ya las estaba esperando en la entrada. Una vez dentro del auto, Paula observó por el espejo retrovisor que Sara volvía a encogerse en el asiento. Cuando habían regresado de la escuela ese día, ella se había soltado y había olvidado su temor, pero no hacía falta ser un genio para imaginarse el porque de su temor. Cada vez que visitaba a la psicóloga recordaba que tan cerca había estado del peligro.
Hizo un repaso mental de lo que había leído de la agenda de Sara y las notas que le había dado Viviana.
― ¿Cuántas sesiones llevas con la doctora Gilmore? ― Ya sabía la respuesta, pero quería hacer conversación.
Sara alzó la cabeza y miró hacía el espejo y se encontró con la mirada de Paula. Era un imán que le hacía no poder mirar a otro lado. Sus ojos la obligaban a mirarla y hablar. Era una mirada poderosa, pero no se sentía tan asustada como cuando miraba a su padre. Era esa mirada, la que siempre rehuía.
― Con la de hoy, cinco.
Hizo dos preguntas más y decidió callarse. Cada pregunta ponía más tensa y nerviosa a Sara. Treinta y cinco minutos después, llegaron al consultorio privado de la doctora Gilmore, ubicado en el centro de Los Ángeles. Augusto hizo unas maniobras impresionantes para estacionar el auto en un espacio mega reducido. Le preguntó entonces a Augusto si regresaría por ellas, pero éste contestó negativamente y le informó que igual que las otras veces, él tenía que esperar por Sara. Paula no objetó y bajaron del auto. Ayudó a Sara a bajar también y entraron al edificio para caminar al elevador y subir al piso cuatro. Cuando llegaron, Paula inspeccionó y caminaron hacia la puerta que tenía una leyenda con el nombre de la doctora. Paula tocó con los nudillos tres veces y se oyó un ruido de pasos caminando hacia ellos.
Los recibió una radiante sonrisa. Era lo primero que podía ver, después observó a la dueña de ella: su cabello era oscuro, casi negro, y tenía unos ojos un poco saltones y se notaban pequeños bultos debajo de ellos. Su nariz era redonda y gruesa, y aunque debajo de un traje sastre color verde botella que estilizaba su figura, debido a su pequeña altura, se veía llenita. Pero todo eso, quedaba opacado por su sonrisa y el brillo de su mirada. Era una sonrisa que de alguna manera, te llegaba al cuerpo, no era una sonrisa estudiada, o fingida. Paula observó las leves arruguitas que se producían en sus ojos por sonreír. Aquella mujer era feliz.
No había duda de ello.
― Tu padre me dijo que vendrías acompañada ― habló dirigiéndose primero a Sara y después miró a Paula y extendió su mano ― Soy la doctora Robin Gilmore. Encantada.
Paula saludó a la doctora, pero su atención había regresado a Sara, que no se veía nada tranquila. Se dieron los saludos cordiales, y como ella no estaba para hacer relaciones sociales, miró a Sara y se agachó para estar a su altura,.
― Te espero aquí afuera.
Regreso con Augusto, que estaba en la salita ubicada fuera de la oficina. Habían plantas y velas aromáticas que en seguida creaban un ambiente relajado. Paula y Augusto empezaron a platicar de cosas cotidianas, y cuando la plática se fue apagando, Paula tomó el periódico del día de hoy, mientras que Augusto se enfrascó en una revista de deportes. Empezó a hojearlo sin ganas hasta que reparó en el título: L.A. Times. No se pudo resistir y empezó a hojearlo con detenimiento, quizás se encontraría a Larry dando alguna noticia de pacotilla. Eso la haría sentirse mejor. Pero no, no se sintió mejor. En ningún reportaje estaba su nombre, sino fue hasta que llegó a la primera página y encontró con el curriculum del periódico y en la primera línea en letras negras se leía: “Editor Jefe: Larry King”. Enfada y molesta, dejó el periódico en la mesa.
La tarde se le iba a hacer eterna. Miró a hacía Augusto para tratar de entablar nuevamente una charla, pero se encontró a un hombre enfrascado en la revista. Augusto había desaparecido. Se acomodó y sin ganas dejó caer la cabeza hacia atrás en el sillón. Mejor se ponía a contar ovejas, quizás así, el tiempo pasara más rápido.
― Una oveja, dos ovejas, tres ovejas…
Que aburrido era no hacer nada.
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Buenísimos los 3 caps Carme.
ResponderEliminarBuenisimos caitulos !!
ResponderEliminarMuy buenos capítulo! El padre de Paula parece peor de lo que pensaba, mató a la mamá de Pau?
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