sábado, 30 de mayo de 2015
CAPITULO 12
Vale, las cosas iban bien con la niña, reflexionó Paula.
Estaba segura de que con el tiempo podría ayudarla a ser un poco más… más… más abierta con la gente. Además, se notaba que era una niña de buenos sentimientos.
Salió de su habitación, después de lavarse los dientes, y se dirigía a la oficina de Pedro, una vez más, rogando no encontrarse con ninguno de esos “ayudantes” con los que contaba, y no por miedo. Dios sabía que Paula Chaves no le tenía miedo a nada. Ni siquiera a la muerte. Pero no quería encontrarse con gente que la sacaba fuera de sí, y su sentido común se evaporaba como agua en el desierto.
Caminó hacia el despacho, y oyó voces familiares.
Maldición, estaban ahí.
Respiró un par de segundos, y tocó la puerta.
― Adelante.
Pedro estaba de pie, hablando por teléfono y consultando a la vez unos papeles con Viviana. Carlos estaba sentado hablando por otro teléfono y Miguel, bueno, el abuelo estaba sentado degustando una copa de algo.
― ¿Sucede algo? ― preguntó Pedro, tapando con una mano el auricular del teléfono.
Todas las miradas recayeron en ella.
― Deseaba poder tener esa plática que hemos estado posponiendo.
― Verá… ― Volvió a colocarse el receptor y se encogió los hombros en disculpa ― Sí, claro… Sí, aja.
Pedro estaba platicando con uno de sus viejos amigos, y mentores, y no podía colgarle, aunque ganas no le faltaban.
Podía intuir lo que se avecina entre Carlos y Paula.
― Creo que tendrás que esperar un poco. ― sugirió Miguel.
― La verdad es que es urgente.
Carlos colgó su llamada, y se paró para acercarse a Paula.
Aunque era un hombre alto, Paula bien le llegaba a la barbilla.
― No lo dudo. ― se cruzó de brazos y la apuntó ― Pero verá, usted es una empleada más en esta casa, así que creo que no puede andar imponiendo su voluntad sobre su jefe.
Paula alzó la mirada, sin dejarse intimidar por aquel hombre.
― No estoy imponiendo mi voluntad. Sólo deseo poder platicar sobre ciertas cosas sobre seguridad con el Sr. Alfonso.
― Carlos ― Miguel había usado un tono para indicar que se estaba pasando con sus comentarios, pero al parecer a éste no le importo en lo más mínimo.
Había usado mucho control para modular su voz y que esta sonara lo más normal posible, como si su comentarios no la afectaran.
― Como podrá ver, está muy ocupado. ― insistió Carlos.
― Así es, pero esto creo que es importante.
― Mire Señorita Hunder, creo que ya se lo expliqué, pero por si no lo entiende, su jefe está…
Esa fue la gota que derramó el vaso.
― Chaves ― interrumpió Paula.
― ¿Que?
― Es Chaves, no Hunder. No desde hace mucho tiempo.
― ¿Puedo preguntar por qué ese alejamiento con su padre?
Paula respiró y apretó sus puños. Bien podría darle un buen puntapié, o una rodillera, romperle la nariz, o quebrarle un dedo. Eso sí calmaría su estado.
― Que yo sepa, me contrataron por mis aptitudes, no por mi árbol familiar.
― Pero es no estaría de más por lo…
Pedro no pudo aguantar más. Se despidió rápidamente del Senador Anderson, y colgó.
― Carlos, ya basta ― pero su intervención había llegado demasiado tarde.
― Creo señor, que regresaré más tarde. ― Contestó Paula y se dio media vuelta para salir de la estancia.
― Paula, espera. ― gritó Pedro, y al pasar frente a Carlos, miró a su amigo y en esos momentos todo signo de amistad se había desvanecido momentáneamente. ― Aclararemos las cosas cuando regrese.
Pedro no había sido lo suficientemente rápido. Buscó a Paula por toda la casa, empezando por tocar en su habitación. Al no recibir respuesta, había entrado sigilosamente, y había encontrado nada. No estaba ahí. Se golpeó la frente fuertemente.
― ¡Ella no es una niña malcriada, Pedro, no vendrá a encerrarse a su habitación!
Se dio la vuelta, y fue al lugar que le restaba, y, le dijo su subconsciente, por el que debería de haber empezado.
Mariana estaba leyendo un libro sobre la encimera, mientras Laura estaba lavando los platos. Ambas interrumpieron lo que estaban haciendo para mirarlo detenidamente.
― ¿Joven Pedro, desea que le sirva de comer algo? ― preguntó Mariana, mientras cerraba su libro y se acercaba a él.
― No. Mary, ¿has visto a la señorita Chaves?
― Oh, Paula salió señor. ― Pedro no se extrañó de que Mary ya tuteara a Paula ― Se llevó a Augusto con ella. Dijo algo de caminos. Fue lo único que le entendí. Aunque estaba de mal humor. Esa chica, con lo poco que come, con razón tiene ese genio.
― ¿Salió con Augusto?
― Sí, se llevaron el auto. Tendrá como unos dos minutos.
Maldición, pensó Pedro. Se había escapado.
― Bueno, gracias Mariana. Cuando regrese dile que quiero platicar con ella, por favor.
― Claro que si joven. ¿No quiere comer algo? No ha probado bocado desde el desayuno.
― Mas tarde quizás.
Se estaba dando la vuelta pero Mariana no lo dejó escapar.
― Se lo diré a su madre.
Pedro se detuvo en seco. A su casi cuarenta años, todavía le tenía respeto, o quizás mejor dicho, miedo, a su madre. Daba gracias al cielo de que estuviera de viaje, en México visitando a su familia, antes de que regresara para entrar de lleno a su campaña. Miró a Mariana pensando en lo que venía.
― Eso es jugar sucio.
― Hay que recurrir a todas las mañas que se pueda. ― Mariana se colocó una mano en la cadera ― Entonces. ¿Un sándwich?
Pedro suspiró. Su estómago le estaba pasando factura en esos momentos, pero tenía tanto que hacer.
― ¿No me dejarás ir, verdad?
― Mi respuesta depende de la suya. ― contestó con una sonrisa tipo “La Gioconda”, llena de misterio ― Así que ¿un sándwich?
― De pollo ― contestó resignado Pedro.
Después de comer el bocadillo, fue a su despacho, para encontrarlo en un siniestro silencio. Viviana estaba centrada en sus papeles mientras que Miguel miraba a Carlos censuradamente. Este último se acercó a Pedro caminado pesadamente.
― Lo siento. No hay justificación para mi comportamiento hace un momento.
Pedro sabía lo mucho que a Carlos le costaba pedir perdón, pero aún así, al recordar el rostro de Paula…
― No es mí a quien le debes pedir disculpas. ― contestó seriamente Pedro.
Miguel se levantó y se acercó a él.
― ¿Hablaste con ella? ― preguntó Miguel.
― No, se fue con Augusto.
Carlos caminaba de un lado a otro, masajeándose la barbilla. Su mente estaba trabajando al cien. Pedro sonrió para sí mismo. Ahí estaba el Carlos que él conocía.
― Bueno, dejando a un lado mi terrible actuación. ¿Sabes lo que hará la prensa cuando se entere?
― ¿De qué? ― Aunque ya se lo había planteado la noche anterior. Pero no quería pensar en ello, porque estaba seguro de cual era la solución que Carlos propondría.
― Pedro― Carlos cantó su nombre con un tono de advertencia.
― Carlos. ― Pedro le respondió con el mismo tono ― Te preocupas excesivamente por las cosas. Cuando yo contraté a Paula, lo hice asumiendo el cargo de que es un buen guardaespaldas. Cualquier relación con su padre queda fuera de lugar.
― Podríamos utilizar para…
Carlos se calló. Algo en la mirada de Pedro no le permitió seguir.
― No. ― el tono de voz de Pedro no era frío, pero tenía un timbre extraño, que no sabían bien como definir ― Y es mi decisión final. Ella se mantendrá al margen de todo. Hará únicamente para lo que se le contrató.
― Bueno, en ese caso, tienes que permitir que Viviana se encargue de publicar algo de ella que nos favorezca a nosotros.
Pedro iba a negar pero Miguel lo interrumpió.
― Hazle caso a Carlos, Pepe. Tiene un buen punto a su favor. Si no lo hacemos, la competencia se adelantará y dirá que estás haciendo trampa, o recurriendo a cosas bajeras. Eso lo sabes de antemano.
Carlos y Miguel tenían razón. Cuando la prensa se enterare de eso, harían comidilla a Paula, y también a él. Pedro estaba entre la espada y la pared. Pero no podía dar una respuesta en ese momento.
― Tengo que hablarlo con ella primero.
― Pero… ― empezó a refutar Carlos, pero Pedro no lo dejó seguir.
― He dicho que tengo que hablarlo con ella, Carlos. Si ella acepta, Viviana se hará cargo. Si no, veremos que podemos hacer, sin molestarla. ¿Viviana?
Miró a Viviana y esta asintió sonriéndole.
― Por mi no hay problema. Esperemos a ver que dice ella.
― En ese caso, regresemos a lo que estábamos.
Miguel estiró sus brazos, aburrido de estar ahí. Le dio una palmada en la espalda a Pedro.
― Bueno, en ese caso, yo voy a la cocina. Mariana de seguro ha de tener algo de comer. ¿Ustedes no quieren nada? ― anunció Miguel.
Carlos y Viviana negaron y Miguel se encogió los hombros, y salió de la habitación.
Estuvieron trabajando alrededor de tres horas más. Después de eso, cada uno se despidió para hacer los trabajos en sus casas. Miguel se había ido más temprano, pues tenía reuniones pendientes. Cuando los tres se fueron, Pedro se quedó esperando a Paula, pero esta no aparecía por ningún lado.
Eran las diez de la noche cuando tocaron a su oficina. Pero no era Paula.
― ¿Y la señorita Chaves? ― preguntó Pedro a Augusto.
― Paula me pidió que le dijera que lo ve en la casa de la piscina. Algo sobre aclarar su trabajo. Por mi parte, me voy a dormir, estoy agotado. Esa mujer es un demonio. Y conduce como tal. He perdido diez años de mi vida hoy. Con su permiso señor.
Pedro quiso reírse de la detallada descripción de Augusto acerca de Paula. Y la verdad es que se veía batido. La corbata la llevaba desatada y el saco lo llevaba en la mano, mientras que su las mangas de su camisa las tenía dobladas y subidas hasta el codo. En una palabra, Augusto estaba fatal.
― Gracias Augusto, vete a descansar.
Pedro caminó hacia el pequeño bungalow que había cerca de la piscina. Esa mujer debía de tener vista de halcón, ya que el no recordaba haberle comentado sobre el lugar, quizás había dado la vuelta por la casa. La encontró parada frente a la alberca. La luz de la piscina iluminaba su perfil.
Estaba parada con las manos enfundadas en su chamarra.
Tenía la cabeza agachada, como si estuviera recordando algo, pues ni siquiera se había dado cuenta de su presencia.
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Wowwww, qué buenos los 3 caps. Me encanta esta novela Carme.
ResponderEliminarMuy buenos capítulos! Que vida la de Pedro! No para ni a comer!
ResponderEliminarBuenísimos capitulos .... otra nevela que me atrapa !! Pau genial de guardaespaldas !!
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