lunes, 8 de junio de 2015

CAPITULO 41





Dejando a los chicos a cargo de todo, Paula bajó al lobby del hotel con una pequeña mochila en la cual tenía su ropa de entrenamiento y se fue directo a la sala de ejercicios. Se cambió en uno de los cuartos quitándose la ropa formas y cambiándola por unas mallas hasta las rodillas de lycra negra y un top pequeño también negro. Se quitó los zapatos y los cambió por unos cómodos tenis y fue directo al saco de arena. Su favorito.


Ese día tenía muchas cosas que descargar.


― “Yo confío en ella”. Idiota. ― Como un espejismo la cara de Pedro apareció en el saco y le dio un gran gancho al hígado. ― ¿Le niega las llamadas a su hija y aún así confía en ella? ― Dio una patada de media luna al saco y después dos más frontales ― “No Pedro, así tenía que ser”. ― Dijo Paula imitando la voz de arrastrada de Viviana de aquella noche. Podía recordar esas palabras con fuego ― ¿Pero qué estupidez es esa? ¡Por Dios! ¿Dónde quedó el orgullo de mujer? ― Dio un swing y después un crochet al saco ― ¿Y porque todos piensan con la entrepierna?


Siguió golpeando a la bolsa, agradeciendo que fuera una cosa y no alguien. Era como una visión de Grace Hart dándole golpes al saco, pero sin guantes. Después de varios minutos más, abrazó el saco cansada, con su piel sudada y algunas hebras de su pelo ya pegadas a su rostro. A pesar de haber descargado su energía en el costal no sentía alivio alguno.


Oír que Pedro confiaba en esa arpía, y que había comparado su confianza con la de Leandro había sido un golpe, uno directo y limpio. Ella confiaba en Lean con su vida, de la misma manera que en Jorge, y creer que alguien de esa manera implicaba muchas cosas. Él que Pedro confiara en Viviana de esa manera, que el mismo dijera eso…


Un pequeño ruido de pasos le hizo saber que no estaba sola, y en un segundo se giró con rapidez y fue hacia la toalla donde tenía la pistola escondida, pero no encontró nada. Se sentía vigilada pero no veía a nadie por ningún lado. Tomó la toalla y la pistola escondida y la sacó discretamente tomándola entre sus manos y caminando sutilmente. Escrutó la zona pero no vio a nadie. Llegó a un muro y asomó solo un poco pero tampoco vio nada, aunque la sensación no se iba. Trató de comportarse natural y fue hacia el saco por sus cosas, se inclinó para hacer tiempo fingiendo en amarrarse las agujetas de los tenis y entonces escuchó los pasos acercarse, cada vez más cerca, un poco más.


Se levantó de golpe y sacó el arma para encontrarse con una de las mucamas gritando. Paula bajó el arma rápidamente y la escondió detrás de su pantalón.


― Lo siento tanto, en verdad lo siento, pensé que era otra persona.


La mujer respiraba agitadamente, y Paula se acercó lentamente para poder ayudarla pero se detuvo al ver que la mujer había retrocedido unos pasos.


― Soy una agente de seguridad privada. Estoy trabajando ahora.


La mujer pareció calmarse, y Paula se sintió una tonta por su compartimiento. Todo estaba saliendo mal ese día. Fue por sus credenciales rápidamente y se las enseñó. La mujer se calmó visiblemente y Paula sonrió avergonzada.


― Lo siento mucho, estaba tensa y la confundí… Lo siento. ¿No vio a nadie extraño por aquí?


La mujer negó con la cabeza aún sin recuperarse del shock anterior. Paula fue por una botella de agua, la abrió y se la tendió. La mujer tomó un sorbo y después inhaló profundamente.


― Me ha dado un susto de los mil demonios. Sentí mi vida pasar por mis ojos en un segundo. ― Pero su tono era más de comicidad que otra cosa ― Y no, no vi a nadie extraño rondar por aquí. Sólo los de siempre, que son muchos, ¿sabe a lo que me refiero, no es así?


Paula asintió.


― Sí, lo siento mucho.


La mujer alzó la mano, restándole importancia.


― En realidad me acerqué porque la vi un poco… afanada con la pobre bolsa.


― Si, yo… ― se colocó la mano detrás de la cabeza, rascándosela ― Lo siento. Estoy un poco acalorada.


― Su novio metió la pata, ¿eh?


Paula frunció el ceño. ¿Novio?


― No, no… no es eso.


― Pues por como le pega al saco, no quisiera ser la persona de la que se esta acordando. ― Contestó la mucama sonriendo y dándole unas palmadas, parecía haberse recuperado muy bien del shock. ― Paula iba a volver a disculparse pero a mujer no la dejó ― No se preocupe, es mejor el saco que él. Pero no se preocupe, al final las reconciliaciones son las mejores.


― No es acerca de mi novio ni nada de eso. ― insistió Paula.


La mujer se acercó hasta quedar frente a frente con Paula y ahora fue el turno de ella para retroceder. La mujer tenía una mirada que le recordaba a alguien pero no daba con quien. Su ropa era sencilla y sin adornos, y llevaba unas toallas entre sus manos, como si viniera de hacer la limpieza de algún lugar. Se encogió al ver que la mujer alzaba la mano y le pellizcaba la mejilla cual niña de tres años.


― Niña, en tu mirada veo a una mujer celosa. Y si una mujer está celosa, primero tiene que estar enamorada. Enhorabuena, el amor es…


Dio un suspiro profundo y se dio la vuelta. Paula alzó la mano para detenerla pero la mujer seguía caminando como si nada.


― No, no, espere… yo no estoy… enamorada.


Pero la mujer ya se había marchado.


Eran casi las once de la noche cuando Paula regresó a la suite. Después de casi romper el saco y apalearlo hasta el cansancio había ido a nadar un poco y luego se había tomado una larga ducha. Durante la ducha había vuelto a tener la sensación de que alguien la espiaba pero aunque había buscado indicios de que alguien la estuviera vigilando no encontró nada. Quizás estaba volviéndose paranoica, pensó con sarcasmo. Una ducha caliente y su mente despejada le habían hecho comprender que quizás había abordado la situación mal y poco profesional. Una vez más se tendría que morder la lengua y pedir perdón por cabezota.


Se ajustó la camisa de botones al frente que llevaba, e introdujo una mano en el bolso del pantalón para entretenerse en algo.


El elevador se detuvo en la suite y pudo ver por el reflejo que Octavio se enderezó rápidamente pero al verla a ella se desinfló como un globo y bostezó, Paula se sintió un poco culpable de haberse tomado todas esas horas para ella y haber dejado a los chicos trabajando.


― Hola Octavio.


Éste la vio como si fuera su salvación y dejó salir un suspiro de alivio.


― Regresaste. Alfonso nos sacó a todos temprano. El tío está en verdad tiene genio que uy… ― comentó mientras agitaba su mano derecha.


― ¿Dónde está Mauricio? ― preguntó alarmada Paula mientras peleaba con la bolsa que llevaba colgando de su hombro.


― Alfonso lo corrió con elegancia.


― ¿Qué pasó?


― No lo sé. Primero fueron a la suite de la señorita Kaplan y cuando regresaron, Alfonso sacó a Mauricio y pidió un poco de privacidad.


Aunque Viviana no era santo de su devoción, pensó Paula, no se sentía cómoda sabiendo que era la culpable de ese roce entre ellos.


Mentira, susurró una voz.


Otra vez la guerra de sus conciencias. Luego las escucharía.


 Miró a Octavio y le dio una palmada en la espalda.


― Dale, vete a descansar, mañana es el último día. Yo tomo el turno y me hago cargo ahora.


― Si hay alguien que puede domar a la fiera, esa eres tú mujer. Yo me largo a remojar mis pies, no tienes idea de la cantidad de pisotones que me dieron hoy.


Paula sonrió y se despidió de él, esperando a que entrara en la habitación al lado de la suite. Después se dio la vuelta y miró la puerta de la habitación. Pensó en las palabras de aquella mujer en el gimnasio…


Agitó la cabeza violentamente desechando sus tontas ideas. 


Ella no estaba celosa y desde luego no estaba para nada, enamorada de nadie. Era ella sola y siempre sería así. Introdujo la llave electrónica y tecleó la contraseña de la suite pero cuando la puerta se abrió se quedó parada en el umbral. No había ninguna luz encendida en todo el lugar, y sólo la oscuridad reinaba en la habitación. No sintió ninguna sensación de peligro, pero dejó la mochila en la entrada y sacó a Lou detrás de su pantalón. Cerró la puerta sigilosamente y después avanzó con pasos contados hasta donde se acaba la pared. Vislumbró la habitación de Alfonso pero las puertas estaban cerradas y no había luz saliendo debajo de la puerta. Caminó lentamente, pensando en que nadie podría haber entrado con la seguridad del hotel o sin que Octavio o Mauricio se hubieran dado cuenta. De repente, una luz proveniente de la salita inundó el lugar y por reflejo, Paula apuntó hacia el objetivo.


― Bien, ya has llegado. ― contestó Alfonso y al ver que Paula le apuntaba frunció el ceño y le dijo ― Creo que te contraté para que hagas exactamente lo contrario a lo que haces ahora.


Paula bajó la pistola de jalón y se apoyó contra una columna que había cerca.


― Joder Alfonso, me has dado un susto de muerte.


Tratando de componerse del pequeño susto, dejó el arma en una repisa cercana y empezó a caminar hacia la entrada por su mochila, pero se encontró a Pedro en el camino.


― Vamos a hablar.


Ella no lo miró y dejó salir un suspiro de cansancio.


― Estoy cansada, y tengo sueño. Déjame en paz.


Volvió a tomar su camino pero Pedro tenía otros planes. Tomándola del brazo la detuvo y la jaló contra sí.


― Ahora te esperas.


― ¡Oye, suéltame! ― Paula forcejeaba pero Pedro no la dejaba ir. La fue arrinconando hasta llevarla contra la pared.


― ¿Qué pasa contigo?


― Nada, así que déjame en paz. ― Paula hablaba entre dientes.


― Pues algo te pasa, hasta antes de esa cena nos estábamos llevando bien, y de pronto, algo paso que me perdí y te volviste tan arisca como un gato. Ni siquiera me miras, y siempre andas con esas gafas oscuras. Las odio.


― Pues tú no te quedas atrás. Desde ese día me has tratado como si fuera una paria o algo así. Así que solo me he comportado del mismo modo que tú. Y ahora quiero irme a dormir.


Volvió a intentar zafarse pero Pedro la volvió a llevar contra la pared. Entonces pensó en un buen golpe en el tabique, pero desechó la idea.


― De aquí no te mueves hasta que dejemos las cosas claras. Si es por lo de los cambios de horario y los retrasos que hemos tenido, ya te pedí perdón. Carlos los hizo en última hora. ¿Qué quieres? ¿Qué me arrastre?


Paula ni siquiera se acordaba de aquello. Y era verdad, al principio se había enojado, pero no se había dado cuenta de que Pedro lo había notado. Pero el mismo Pedro le estaba dando una excusa para salir de ahí.


― Sería lindo verte hacerlo, pero no es eso. No me pasa nada.


― Nada, nada, nada… ¿Es que no sabes decir otra cosa?


― Sí, pero créeme, no creo que te guste.


― Vamos a trabajar juntos por los próximos tres meses más hasta las elecciones. Y hasta entonces me gustaría llevar la fiesta en paz.


― Pues ya te dije…


― ¡Maldición Paula! ¡No me mientas!


Paula jamás había visto a Pedro tan enfado como estaba en ese momento. Su rostro estaba a pocos centímetros de ella, podía ver su cabello despeinado como si se hubiera pasado la mano varias veces seguidas.


― Déjame en paz, Pedro ― susurró Paula ― Y si no te agrada mi compañía bien puedes buscar a Viviana. Confías en ella, ¿no es así?


Las manos que antes la habían tenido agarrada como unas garras la soltaron. Pedro dio un paso hacia atrás y agachó la cabeza.


― Lo cierto es… que ya no lo sé. ― Recordó la plática que había tenido con Viviana y la pequeña discusión que había seguido. Lo de Sara había sido una cosa, pero el que Viviana se le arrojara a los brazos había sido un shock ― No sé cuál fue la razón de Viviana de hacer lo que hizo con Sara, pero ya he hablado con ella. Creo que Viviana se estaba formando una idea errónea de las cosas. ― Alzó la mirada y la enfocó con la de Paula ― Paula, el día de la cena de caridad, yo…


Paula alzó la mano, para detenerlo. Pedro lo hizo, por cobardía a confesar que había besado a otra mujer.


― Mira Alfonso, me da igual si besas a un perro, no me interesa. Yo solo estoy aquí para evitar que no te metan un tiro. Eso es todo.


― ¿Nos viste?


― Ahora forma parte de mis pesadillas. ― Aprovechando la distracción, Paula salió de la cárcel humana e hizo una reverencia de la Edad media ― Y con tu permiso, tengo que irme a dormir.


― ¿Estás celosa?


Pedro había hablado mucho antes de entender lo que había dejado salir de su boca, pero cuando vio a Paula quedarse de piedra y darse la vuelta para pelear, sonrió.


― ¿¿¿Qué??? ¡No! ― Al ver que Pedro sonría Paula empezó a agitar las manos ― ¡No, no y no!


Pedro fue avanzando hasta ella y aunque ella era alta, como solo llevaba los zapatos bajos, Pedro le rebasaba un buen tramo, haciéndola alzar la cabeza para enfrentarlo.


― ¿A quien tratas de convencer?


― Déjame en paz, engreído…


Pedro la calló con un beso, posando su boca sobre la de ella, y degustando su sabor tan de ella. La sintió pelear contra él por lo que la soltó pero podía ver su excitación su mirada nublada por deseo. Un reflejo de la que sabía era la suya.


― No puedo tener distracciones. No debo tenerlas. Tengo que estar concentrado en la campaña, en mis discursos, no debería pensar en otra cosa que en eso. Debo comer y respirar solamente eso. Pero contigo… así como ahora, no puedo.


― Oye…― protestó Paula, medio enojada y medio excitada. Había algo más allá de la furia que ambos sentían y era el deseo


― Dime que no lo deseas Paula. ― El la seguía teniendo contra la pared, usando su enorme cuerpo como arma ― Dímelo.


El tono de Pedro exigía respuesta, y Paula podía dársela. 


Miró su brazo y las soltó sin contemplaciones ni emociones. 


Tenía que escapar de ese remolino de emociones. Si caía en él, no podría salir entera. Pero Pedro no se conformó. Con una mano la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo fijamente.


― A lo ojos.


― No te deseo ― repitió Paula casi robotizada.


Una descarada sonrisa pobló la boca de Pedro.


― Entonces no te molestará que haga un pequeño experimento.


― ¿Pero de que c…?


No le dio tiempo de terminar la frase. Pedro había ido por ella y por sus labios. Había forcejeado un par de segundos y cuando había tratado de emitir un grito Pedro había metido su lengua en su cueva, explorando, buscando por más. Sus manos, que antes habían estado golpeando el pecho de Alfonso, ahora se aferraban a su camisa y cuello para acercarlo a más, necesitando su contacto con ansias.


Fue Pedro una vez más quien rompió la unión y ya ambos respiraban agitadamente. Observó los labios de Paula hinchados y rojos, como fresas, tentándolo a ir por más.


― Ahora trata de mentir mejor la próxima vez. ― Ver a Paula mojarse con su lengua su labios hizo que su cuerpo estallara de deseo indómito. Pero tenía que aclarar un par de cosas ― Besé a Viviana, sí, pero sólo lo hice para comprobar si mi falta de encuentros sexuales me había dañado tanto que cuando nos habíamos dado ese pequeño beso en tu casa, había sido producto de mi sequía.


― ¿Y? ― preguntó Paula deseando con todas sus fuerzas oír la respuesta.


― Y no es producto de mi imaginación. Eres tú. ― Las últimas palabras fueron solo un susurro audible solo para ella. Se inclinó y empezó a dejar caer besos calientes en la curva de su cuello.


― No lo hagas Alfonso. ― La poca razón que le quedaba le gritaba que se alejara, pero los besos de Pedro la derretían en cada huella que dejaba.


Oír su nombre salir de los labios de Pedro la marcó. Se arrepentiría luego de lo que iba a hacer pero no podía negarse. La maldita carne era demasiado débil.


― Tú representas todo lo que yo odio ― Sintió a Pedro detenerse en su lluvia de besos pero ella prosiguió ― y de lo que he huido toda mi vida. Aunque tú no eres mi padre, ni nada que ver con él, quieres el mismo estilo de vida que yo he negado todos estos años. No hay futuro en esto. Solo hay el presente. El ahora.


Pedro alzó la cabeza para poder mirarla. Sus ojos cafés habían tomado un color dorado, como whiskey añejo, el mejor de su clase. Deseaba tanto poder saborearla.


― El ahora sirve. El ahora es lo mejor que tenemos.



Paula apretó los labios ahogando cualquier respuesta que pudiera romper con el encanto. En vez de eso, lo tomó de cabeza y acerco sus labios a los de él. Al principio lento, pero como un incendio, el fuego los fue consumiendo, ardiendo llamas de pasión entre ambos. Paula invirtió la posición y puso a Pedro contra la pared ahora, mientras que el batallaba por sacarle la camisa de los pantalones y cuando por fin logro su objetivo, pudo deslizar su mano caliente ascendiendo por la espalda de Paula. Ésta gemía pidiendo más y Pedro sentía su miembro tan rígido que pedía salir de su prisión, pero el sabor de Paula y poder deleitarse con su cuerpo mitigaban los gritos de su cuerpo.


Dándose contra la pared y cambiando de posición a cada rato, Pedro la empezó a llevar a su habitación. Entonces Paula abrió los ojos y rompió el beso.


― No, a tu habitación no. Vamos a la otra.


Pedro ya estaba listo para protestar pero Paula lo besó ahogando su protesta y ahora fue ella quien lo llevó hasta la habitación de huéspedes que tenía la suite y en donde Paula dormía. Pedro logró al fin desabotonar la camisa que Paula llevaba puesta y la deslizó por sus esbeltos hombros, y casi se infarta cuando ve que no llevaba sujetador. Se quedó admirando su cuerpo y pensó que era sólo el comienzo. 


Paula se dio cuenta de su pregunta y sonrojada contestó.


― Fui a entrenar, y tomé una ducha abajo.


Pedro no contestó sino que se inclinó para besarle el hueco en su clavícula y bajó un centímetro para besar su esternón. Sintió los dedos de Paula entre su cabello apretándolo contra ella y no pudo evitar sonreír.


― Joder Pedro, no te rías y deja de torturarme.


La entre queja y súplica de Paula lo hizo carcajearse pero fue primero por un pecho y se deleitó con él, olía a jabón y a lluvia. Nada de perfumes caros o cremas sólo ella. Jugó con el pequeño pezón y odió que todo estuviera oscuro, y a pesar de que sus ojos se habían acostumbrado a la negrura, no era lo mismo que tener la luz de las velas bañando su cuerpo. Deseaba tanto verla, pero ya habría más ocasiones para ello. Además, la oscuridad elevaba los sentidos, el oído estaba al tanto de sus gemidos y de su respiración agitada, y su tacto estaba sensible al roce de su piel satinada. Llegaron a la habitación de Paula pero se quedaron unos segundos contra la puerta, incapaces de separarse, sino pidiendo más. 


Fue hacía los botones del pantalón de Paula pero no encontró ninguno. Buscó tanteando por todos lados pero no encontró nada. Joder, lo que le faltaba en esos momentos. 


Se separó y la miró en la oscuridad.


― Oh cielos, quítate esa cosa.


Ahora fue el turno de Paula de sonreír y buscó el cierre invisible en la parte trasera y lo bajó. En cuanto lo empezó a bajar sintió las manos de Pedro apurando el paso. Pero ella lo detuvo.


― Ahora te toca a ti, vaquero.


Pedro alzó una ceja pero se quitó rápidamente la camisa y fue hacia ella, y la llevó hasta la cama, donde la acostó y le sacó los pantalones por sus piernas y se preguntó fugazmente desde cuando se había quitado los zapatos, pero al ver la diminuta braguita olvidó toda razón. Se acostó sobre de ella y gimió al sentir su piel rozar contra la suya. 


Paula posó una mano sobre su pecho y jugó con el vello de su pecho mientras Pedro la besaba violentamente. Entonces sintió una mano empezar a quitarle el sujetador de cabello y no pudo evitar tensarse. Supo que Pedro también lo notó ya que se detuvo.


― ¿Pasa algo?


Paula tragó con dificultad. Demasiados recuerdos dolorosos, pero en aquél momento no quería pensar en ello. Algunas cicatrices de aquel día eran pequeñas y casi imperceptibles al tacto, mientras que otras como la de su cabellera eran tangibles, pero no quería arruinar ese momento. Sacudió la cabeza negativamente y le contestó que no. Pedro no se oía muy seguro y le volvió a preguntar con ternura. Paula sintió unas tontas ganas de llorar, por su gesto y volvió a negar, y para callarlo lo tomó de la mejilla y se acercó para besarlo. 


Sus lenguas danzaron y cuando su cabello quedó liberado, Pedro empezó a jugar con él.


― Dios, he deseado hacer esto desde hace mucho tiempo. ― Su mano empezó a jugar con mechones de su pelo, acariciándola con ternura, como un artista a su obra maestra ― Parece seda.


Ninguno de los dos agregó nada más. Pedro deslizó la otra mano dentro de su ropa interior y jugó con su intimidad arrancándole gemidos y acallándola con su propia boca. Sus dedos se movían atentos a la respuesta del cuerpo de su víctima. Con el cuerpo de Alfonso pegado al suyo, Paula podía sentir su erección contra su pierna, y de una manera casi primitiva se moría por sentirlo dentro suyo. Fue entonces a desabrochar el cinturón de Alfonso pero no pudo, y frunció el ceño. Después de batallar, al fin logró desabrochar el cinturón y fue por los botones y el cierre pero Pedro la detuvo tomando su mano.


― Por dios Alfonso, quítate los pantalones ya o te disparo.


― No tienes la pistola a la mano.


― La iría a buscar sólo por esto.


A pesar de estar oscuro, Paula podía sentir sus labios curvarse contra su piel. Se estaba riendo el desgraciado.


― Creo que sería algo encantador verte solo en ropa interior y apuntándome con una pistola.


― Te diría que tus fetiches los dejaríamos para otro día, pero en estos momentos si no te quitas esos benditos pantalones tu fantasía se hará realidad.


Oyó la risa de Pedro y sin saber porqué ella también acabo riendo. Pedro se quitó los pantalones en un santiamén y Paula casi grita cuando sintió su firme miembro contra su cuerpo. Era justo lo que necesitaba. Y esa noche se sentía atrevida y salvaje, como nunca lo había sido. Posó una mano en su pecho y fue bajando siguiendo el camino de su vello hasta llegar a su miembro y lo tomó entre sus manos. 


Oyó a Pedro sisear y luego soltar el aire muy lentamente. 


Sonrió y levantó su cabeza hasta rozar su oído.


― La venganza es tan dulce ― dijo en un susurro y después le mordió el lóbulo al mismo tiempo que bombeaba su miembro y besaba la curva de su cuello y su pecho. Pedro gruñó fuertemente y Paula se sintió poderosa, pero aún así lo calló.


― Shuuu… no podemos hacer ruido.


― A. La. Mierda. Todos. ― Paula sonrió. El pobre no era capaz de formar la frase completa, sino que pausaba cada rato. Entonces sintió la mano de Pedro sobre la suya deteniéndola ― Y. Tu. Deja. Eso.


― ¿Seguro? ― preguntó Paula mientras apretaba.


Pedro le alzó la mano hasta arriba de su cabeza y con una orden silenciosa le ordenó que las dejase así. Ella obedeció y sintió a Pedro vagar por su cuerpo, su cuello primero, después sus pechos prestando atención en sus pezones suplicantes, bajando por su abdomen y en su barriga y sintió ambas manos bajándole las braguitas, ella alzó su cuerpo para facilitarle el trabajo y al fin quedaron completamente desnudos. Pedro tomó una pierna en el aire y empezó a besarle y a descender… y a descender. Pedro sonrió pero después se quedó rígido.


― Joder. Protección.


Paula curvó su pecho y se acercó a él, necesitándolo.


― No es necesaria. Yo…


Pero se calló y no siguió. Pedro terminó la frase por ella.


― ¿Tomas precauciones?



― Sí. ― Oyó a Pedro agradecer a todos los santos y bajó pero Paula ya no podía aguantar más. Lo necesita a él. Con desesperación. ― No, necesito… ― Paula también era incapaz de formular una oración coherente ― Quiero esto, ya, rápido.


Pedro ya estaba en su cadera marcando su huella con sus besos y sonrió.


― Entonces pídemelo. ― Vamos Paula, pídemelo.


― Pedro Alfonso, hazme el amor. Ahora. Ya.


Sin poder esperar porque también se le estaban acabando las fuerzas para negarse, Pedro abrió gentilmente el cuerpo de Paula y se fue introduciendo dentro de ella lentamente. 


Fue el paraíso. Su cueva estaba húmeda y acogedora. Cada centímetro que se deslizaba dentro era el infierno y el paraíso. Cuando pensaba tomarse las cosas con calma, Paula decidió que no y se encorvó para tomarlo por completo dentro suyo. Los dos se quedaron sin aire solo un segundo, degustando aquella sensación paradisíaca.


― Pedro


Oír su nombre en los labios de Paula lo catapultó fuera de sí. 


Apoyándose en sus codos, comenzó un movimiento de placer para ambos. Las piernas de Paula lo envolvían y cada vez que la penetraba su cuerpo acudía a él pidiendo más. 


Era mucho más de lo que alguna vez había pensado. Con una mano fue bajando hasta acariciar su muslo y su trasero, apretándolo para poder penetrarla con fuerza. Sus movimientos fueron acelerándose hasta que sintió que su cuerpo y el de ella se unían y no podían distinguir cual era suyo y cuál de ella. Sentir su cueva mojada recibiéndolo, llorando por él lo volvió loco, y ya casi al final de su autocontrol pudo al fin sentir los músculos internos de Paula tensarse y ahogar un grito y después sus músculos relajarse. 


Fue entonces cuando por fin se permitió acabar y llegar a aquel lugar tan añorado. Con gemido contra el cuerpo de Paula y la almohada de la cama, se dejó ir al paraíso con Ella.








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