jueves, 4 de junio de 2015

CAPITULO 29




― Ya regresamos.


Pedro alzó la cabeza para mirar a Paula, parada frente a él. 


No la había visto acercarse ni siquiera había oído tocar la puerta o que ésta se abriese. Miró su reloj, era poco pasado de la seis.


― ¿Cómo fue la consulta con Robin?


Paula pensó en la cara de Sara al salir de la “consulta”. No pudo evitar soltar un suspiro de tristeza.


― Digamos que no tan bien como esperaba.


Pedro se puso alerta en un segundo.


― ¿Le pasó algo a Sara?


Recordando a la pequeña Sara llorosa, saliendo del consultorio, Paula sabía que algo le pasaba a Sara. La pregunta era ¿qué?


― Sí, no. No sé. ― contestó confundida y luego empezó a caminar de un lado a otro ― Creo que debería de ir a visitar a la Doctora Gilmore.


― ¿Qué está pasando que no me quieres decir? ― insistió Pedro.


Las palabras de Leandro volvían a sonar en su cabeza, como si tuviera un megáfono insertado en el cerebro. Pero al carajo con Lean, ella ya estaba involucrada con esa pequeña.


― No sé que es lo que está pasando. Eso es lo que pasa. Sara tiene algo, pero no tiene nada que ver con el atentado. Por lo que creo que debería de ir a visitar a la Doctora Gilmore.


Pedro había recibido el mensaje de Robin pidiéndole una cita, pero con lo apretado que estaba su horario, y viendo que Sara estaba bien, no había pensando en adelantarla, pero con las palabras de Paula, sabía que tenía que hacerlo.


― Me pondré en contacto con ella para la próxima semana.


Paula sonrió felizmente complacida.


― Y ahora, necesito salir por un par de horas.


― ¿A dónde vas?


Paula enarcó una ceja altiva, suspiró y siguió hablando.


― Leandro se queda, ya le avisé que salgo. Lo que quiero es que me diga que no va a salir, y no va a dejar que nadie entre sin previa visita. Eso es todo.


― Está bien, ¿puedo preguntar a donde va?


― Necesito hablar con Larry.


Pedro se alejó de la mesa y se recargó contra el respaldo de su enorme silla.


― Es por lo de tu madre, ¿no es así?


Paula asintió, caminó hasta quedar de su lado del escritorio y se recargó contra la orilla del mismo. Pedro la observó atónito. Nadie se acercaba de esa manera a él, e invadía su espacio así. Le vino a la mente esa serie de los noventas, de “La Niñera”, acosando al Sr. Sheffield. Pero Paula no era Fran Fine en lo absoluto. No usaba aquellas minifaldas, jamás tenía el pelo suelto, no se llevaba bien con Jaime, aunque Sara por otro lado la adoraba.


― Tengo el presentimiento de que él sabe algo más, algo que yo no sé. Y lo que dije el día de la entrevista fue en serio, voy a averiguar lo que le pasó.


― Augusto te puede llevar.


Paula también había pensado en eso, pero lo desechó luego.


― No, no quiero llevarlo. No sé cuanto voy a tardar, y no sería justo tenerlo esperando por mí afuera, sin hacer nada.


― ¿Y como piensas ir?


―- Sé usar el trasporte público, ¿sabes? Antes de tener un chófer privado las 24 horas.


Paula y Pedro sonrieron ante la broma esnobista.


― Me sentiría más cómodo que fueras con Augusto, pero cómo sé que no lo harás, por lo menos toma alguno de los autos del garaje prestado.


― ¿Me puedo llevar el California?


Pedro abrió los ojos sorprendido.


― Vaya, vaya, vaya. Sabes de autos.


Por el tono con que lo dijo, Paula no lo tomó como un cumplido.


― Que tenga… ― Pero se detuvo a tiempo. Decir “un par de pechos” a tu jefe, no era ni profesional ni correcto. Algunas veces repreguntaba donde estaban sus modales ― Que sea mujer no quiere decir que no sepa. ― Puso sus voz en un tono meloso de niña consentida ― Entonces, ¿me lo llevo?


― No abuses, Paula.


― Ya, y yo que pensé que nos estamos llevando tan bien.


Ambos se quedaron callados unos segundos, solamente mirándose fijamente. Las bromas se habían acabado y el ambiente se estaba cargando de otra sensación. El golpe que sonó de la puerta abriéndose y la sonora voz de Miguel rompió el encanto.


― ¡Aquí estas! Sara te está buscando, quiere saber si le puede dar de comer a Coco.


Paula se separó del escritorio lo más rápido que pudo y asintió. Pedro por su parte, se acomodó la ropa que llevaba y carraspeó.


― Las llaves están en la caja al lado derecho de la puerta, y por favor, ten cuidado con el auto.


― Gracias. Nos vemos Miguel.


Paula encontró a Sara, sorprendida de ver que la Sra. Perkins no estaba dando de gritos detrás de ella. Le indicó a Sara donde estaban las cosas de Coco y las dejó solas en su casa. Se quedó unos segundos disfrutando de la risa infantil.


Oh, que hermosa era inocencia.


Fue al garaje y se decidió por el BMW, después de todo, nadie saldría, y si pasaba algo que ojala y no, podía comprar las piezas en cualquier refaccionaría. Si se llevaba el Ferrari, lo dudaba. Vio la hilera de autos, y cuando tomó carretera hacia el centro de Los Ángeles, se seguía preguntado como un hombre que tenía tantos autos y tan bien gusto no tenía un maldito Bentley en su propio mini museo de carros. Llegó a las oficinas del Times en tiempo record. Sabía que ya era muy tarde, pero no había dado con Larry en todo el día. 


Habían montones de cubículos esparcidos por todos lados, y gente trabajando de un lado para el otro. Por lo visto, ella no era la única con una trabajo de veinticuatro-siete- Preguntó por la oficina de Larry y cuando dio con ella, no se sorprendió de ver a una secretaria pechugona y rubia atendiendo.


― Disculpe, ¿se encuentra el Sr. King?


― Sí, pero esta ocupado. ― Le levantó el dedo para que esperase un par de segundos, constató una llamada y después volvió con ella ― Si me deja su recado, haré que se ponga en contacto a la brevedad posible.


― En verdad necesito hablar con él.


EL teléfono empezó a sonar de nuevo. Vio que la chica movía los dedos a una velocidad increíble. Vale, era una rubia pechugona, pero no era tonta. Entonces decidió hacer un cambio de planes.


― Dígale que Paula Hunder está aquí.


La mujer colgó de golpe el teléfono, la miro de nuevo y después abrió los ojos como platos extendidos. Asintió y fue en busca, se imaginó Paula, de Larry. Tres minutos después, salió Larry, vestido con una camisa marga larga enrollada hasta los codos y la corbata floja. Abrió la puerta de su oficina dejándole espacio a Paula para entrar, después cerró la puerta y se fue detrás de su escritorio.


― Creí que Ania Hunder estaba desaparecida.


Paula alzó los hombros.


― Bueno, vuelve de vez en cuando. Sabía que así me atenderías más rápido, y la tipa del escritorio no me haría pasar por la letanía de preguntas sociales.


― ¿Y que puedo hacer por ti?


― Quiero que me ayudes a averiguar lo que pasó el día que mi madre murió.


Larry no dijo nada. Había esperado ese día mucho tiempo. Y al fin tenía a Paula frente a ella. Al fin había captado su mensaje.


― Es algo muy fuerte, necesito un cigarro. ― Abrió el cajón de en medio y sacó una cajetilla. Le ofreció a Paula uno, pero ella negó.


― ¿No crees que fumas mucho? ― preguntó Paula al ver el cenicero repleto de colillas de cigarros.


Larry inhaló una buena bocanada de aire y después sacó una cortina de humo.


― Que va, a mi edad es como el mismo aire. Lo necesitas.


― Otro con la edad… ― susurró Paula recordando las palabras de Miguel.


― ¿Eh?


― Nada. ― Paula acercó su silla al escritorio y posó sus manos sobre el frío metal ― Sé que tú tienes información del accidente, y presiento que sabes cosas que yo no, y eso no me gusta. Pero también sé que por una exclusiva como esta, serías capaz de vender tu alma al diablo.


― ¿Mi alma?


― ¿No?


― Pero claro que no. Sería capaz de vender mi alma y la de mis tres ex-esposas por ello.


― Eso ya me suena más a ti.


Larry sonrió y fue hacia un archivero viejo de color negro. Sacó un poco de papeles, y después una llave. Entonces Paula entendió que era un compartimento secreto el que tenía ahí. Después Larry apareció un grueso fajo de hojas y papeles. Se sentó sin quitarle la vista de encima a los papeles


― He guardado esto por años, ¿sabes? Tal vez porque fue mi primer reportaje, o tal vez, porque un pedazo de mi aún es honorable, y quiere saber la verdad. Al final, ambos buscamos lo mismo: saber que pasó.


Le tendió el folder a Paula y cuando ella extendió su mano, notó con horror que estaba temblando. Cerró la mano y fue por las hojas.


Vio el folder del que salían retazos de papel, algunas dobladas, entonces se armó de valor, y lo abrió.


Nada en toda su vida la habría preparado para lo que vio. 


Las escenas del accidente, un auto desechó lleno de cenizas y tierra. Pasó a la siguiente foto y gimió con dolor saliendo directamente desde su corazón. La foto estaba en un ángulo de cuarenta y cinc grados, enfocando así los asientos delanteros y lo que quedaba de los cuerpos.


― ¡Dios mío!


Larry se paro al ver el rostro de Paula ponerse tan pálido como si hubiera visto un fantasma. Entonces supo porqué se había puesto así.


― ¿No habías visto fotos del accidente?


Paula seguía viendo la última foto y no quería seguir adelante. Sintió unas terribles ganas de vomitar y gritar. Empezó a sentir sus ojos escocer, así que empezó a parpadear con fuerza para alejar las lágrimas.


― No, yo…


Sintió la mano de Larry en su espalda y la otra arrebatándole el folder. Paula ni siquiera saltó por el toque.


― Vamos respira ― Pidió Larry y después gritó a su secretaria, quien apareció rápidamente ― Beck, trae un vaso con agua por favor. ¡AHORA!


El tiempo pareció perder su sentido, porque cuando Paula alzó la cabeza, Larry le tendía un vaso con agua fría.


― Gracias. ― lo tomó de golpe sin atreverse a respirar, esperando a que las ganas de devolver se fueran.


― Lo siento, pensé que habáis visto el reporte del accidente. Por eso te lo dí tan fácilmente.


Paula dejó el vaso en el escritorio y se levantó del asiento, no podía estar quieta. Sentía una especie de vértigo recorriendo su cuerpo en esos momentos.


― Lo único que leí fue la hoja en la que decían que mi madre y otro cuerpo mas identificado como C. D. Lowell, murieron en accidente automovilístico, pero eso que acabo de ver no fue un choque.


― ¿Sólo eso? ― chilló Larry para después querer tirarse de los pocos pelos que tenía. La habían mantenido en la oscuridad muchos años. Tocó el folder y volvió a mirar a Paula ― En esta carpeta, esta todo, reportajes después del suceso, entrevistas, los índices de las cintas que tenemos grabadas en archivo, recortes de periódico de los pocos reportajes que siguieron con la investigación, y…


― ¿Qué no me estás diciendo? ― interrumpió Paula. Se estaba hartando de jugar al gato y al ratón.


― No hicieron autopsia a los cuerpos.


― Pero…


― Tu padre pidió que no. Mas bien ordenó que no. Era su máximo deseo. Según oí, sus palabras habían sido “Tiene que descansar en paz, a pesar de todo, es la madre de mi hija”. O algo así.


Paula siguió caminando. Sentía un cosquilleo en sus piernas, como si estuvieran a punto de ceder ante su peso y caerse ahí mismo, pero no podía sentarse. Necesitaba moverse. Necesitaba pensar.


― ¿Pero tendría que ser un procedimiento necesario, no es así?


― Debería, así es. Pero con alguien con la influencia de tu padre, y con el suceso declarado como un accidente, no hubo problemas en negarle su deseo al viudo.


Las entrañas de Paula le decían que había algo más ahí. Era de carácter riguroso que se hiciera una autopsia. Tenía que leer todo ese folder.


― ¿Que recuerdas de ese día?


― No mucho. Yo… ― levantó la mano y se la llevó a la cicatriz oculta de manera instintiva ― Recuerdo a mamá muy motivada en la mañana. Creo que teníamos una cena al día siguiente, y yo asistirá con ella. Fue a la oficina de Rafael y después… ― Paula se detuvo.


― ¿Después?


Después obtuvo la cicatriz que tenía en su cabeza, pero eso no se lo diría a Larry. No todavía.


― Mire, aun no lo conozco lo sufriente como para confesarle todo. Iremos un paso a la vez. ― Tomó la carpeta con fuerza ― ¿Me puedo llevar esto?


― ¿Esta segura?


― Absolutamente.


Larry le dio permiso.


― Claro. Cualquier cosa que averigüe, te mantendré informada. Y espero que cuando recuerdes algo, me avises también.


― Touché.


Después salió de la oficina sin más, casi como huyendo y protegiendo los papeles contra su cuerpo. Larry no dijo nada, sólo la observó salir y perderse de vista. Habría que estar ciego para ver cuanto había afectado a Paula saber todo eso. Llamó a Beck y le pidió que la comunicara al número 3 de marcación rápida.


― ¿Pedro?... ― Miró el lugar por donde Paula había salido segundos antes ― Creo mi amigo, que he metido la pata.











4 comentarios:

  1. Wowwwwwwww, qué fuertes los 3 caps. Cada vez más interesante esta historia. Me intriga el motivo x qué llora Sara.

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  2. Me re gusta esta nove. Buenisimos los caps!!!

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  3. Atrapante esta historia... no puedo dejar de leerla , muy buena, cuantos misterios

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  4. Muy buenos capítulos! cuantas cosas nos quedan por develar! se nota que hay muchos secretos y todos muy oscuros!

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