jueves, 11 de junio de 2015
CAPITULO 51
Viviana daba vueltas enumerando algo, hablando de otra cosa, y sobre más cosas pero Pedro no le prestaba atención. Habían tenido una semana ajetreada las ultimas semanas, Visitas a diferentes eventos, inauguraciones, cenas de caridad, almuerzos, desayunos en hoteles costosos, recolectas, hospicios, orfanatos, hospitales, diferentes distritos de Los Ángeles. Miguel y su madre lo habían acompañado a todas ellas, y claro su gabinete, pero se había abstenido de llevar compañera tanto por lo sucedido con Viviana, como por él. No se sentía cómodo llevando del brazo a una mujer cuando a la que anhelaba mostrar era a otra.
Pero lo que tenía a Pedro en verdadero ensimismamiento era las noches ardientes que pasaba con Paula.
Cada noche que pasaban juntos era como si mil bombas de TNT se dispararan en el cuerpo de ambos, y cuando llegaban al clímax, como si un terremoto los envolviera a ambos. Habían sido muy cuidadosos con las reuniones.
Siempre en la noche, cuando todo mundo se iba a descansar, evitaba las cámaras de seguridad.
No había parado de sonreír ante lo irónico de la situación.
Ella, que deseaba la máxima seguridad de la casa, y había puesto cámaras por casi todos lados, le había enseñado a
esquivarlas, y Pedro casi se sentía Maguiver al estar contando segundos y pasos para poder llegar a la casa de la piscina y entrar por la ventana del cuarto de Paula. Pero Pedro se quedaba tonto trepando para escalar a ver a su amada. Y en la oscuridad de la noche, la había tomado una y otra vez. Ambos sabían que jugaban con fuego, pero en cuanto sus labios se encontraban, o sus cuerpos se rozaban, todo lo demás perdía sentido.
Un día se había dedicado a pensar en su esposa, en Julieta.
Quizás ambos eran muy jóvenes, o quizás, Julieta había sido criada de una manera diferente. La había amado, Dios sabía que era cierto, pero con Paula, había encontrado una definición de la pasión.
Habían regresado a la rutina de sus caminatas de la mañana. A pesar de que casi no dormía, porque estaba entre fugarse de su propia casa, para ir a la casa de Paula y después regresar a su cama, sentía que estaba rejuvenecido. Y cuando corrían por el Griffith Park, o algún parque con mucha vegetación, aprovechaba esa arma para tomar a Paula y comérsela a besos.
Quizás debido al tiempo que llevaba sin tener relaciones, es que su fogosidad no se atenuaba. Era como un hombre que le habían privado de comida por mucho tiempo, y ahora que tenía un banquete frente a sí, no podía detenerse. La gula era mala, pero bueno, eso a él le daba igual, con tal de poder enterrarse en Paula. A veces cuando pasaban días sin tocarse, y estaban juntos, no alcanzaban a quitarse la ropa y lo hacían más de una vez hasta quedar extenuados. Otras veces, él necesitaba ser cariñoso con ella. Había notado que en esa faceta Paula se ponía más tensa de lo habitual.
Cuando iba depositando una lluvia de besos por su cuerpo y le susurraba palabras ardientes al oído. Era como si a Paula le costara admitir esa parte sentimental de la relación.
Lo único que le molestaba era que tenían que hacer el amor en la oscuridad. Una noche habían estado a punto de ser descubiertos, cuando Leandro había ido a la casa de Paula.
Tenían las luces prendidas y él, pensando que Paula estaba despierta, había ido por un poco de charla. Paula lo había entretenido por casi dos horas, y para cuando Paula había regresado a la habitación, el estaba profundamente dormido en su cama.
Y esa eran las dos cosas que Pedro no le gustaba del trato. La primera que era siempre en su cama. Paula se había negado a dormir en su cuarto, es más, por lo que sabía, casi nunca subía al segundo piso de la mansión si no era para buscar a Sara.
Sara.
Desde su regreso de San Francisco, las cosas con Sara iban mejor que nunca. Platicaba con ella sobre las cosas más insulsas y sin sentido, pero que para él era importante saber.
A penas sabía que su peluche favorito se llamaba Snoopy, que le encantaban los helados que Paula le compraba cuando visitaba a Robin, de chocolate con chispas galleta, bañado con cubierta de chocolote y ralladura de coco. Que le gustaba jugar al aire libre, y que le encantaban los animales. Que a veces le molestaba estar muy bien vestida cuando no iba a ningún lado, y que dormía abrazando una vieja bufanda de su madre.
Lo último casi lo había hecho llorar. Se había hincado ante su hija y la había mirado directamente a los ojos.
― A pesar de que soy poco a decírtelo, tú eres mi vida, Sara. Jamás dejaría que algo malo te pasara. Si me pidieran dar mi vida para salvarte, lo haría, porque si algo te llega a pasar, no podría vivir sin ti. Tú eres uno de mis más grandes regalos, hija. Te amo, Sara.
Desde aquél día, habían cesado las consultas con la Dra. Gilmore. Le había dado de alta a Sara, y le había mandado una gran nota de felicitación a Pedro.
Por otro lado, la Señora Perkins andaba un poco hosca y esquiva. Se había quejado de que Sara pasaba mucho tiempo con Paula y no hacía sus deberes. Pedro le había pedido que si Sara bajaba en sus calificaciones, le hiciera saber, y hablaría con ambas, peor que mientras tanto, no lo molestara con cosas insignificantes. La mujer se había dado la vuelta indignada y se había marchado. Su salida le había hecho pensar a Pedro si no iba siendo hora de que la Señora Perkins se jubilara. La había conservado por Sara, y por el recuerdo de su Julieta. Pero Sara era ya una jovencita, que no necesitaba una niñera.
Aunque si ya iba a empezar con la pre adolescencia, quizás iba a necesitar a alguien que mantuviera a Sara informada de cosas que él como hombre no se sentía cómodo hablando con su hija.
― ¡Pedro Alfonso!
Pedro miró a Viviana espantando. El golpe en seco de la palma de la mano de Viviana en el mármol había sido tan fuerte que lo había sacado de sus pensamientos. Eso, y el grito de su nombre. Viviana sólo lo llamaba asi cuando estaba en verdad cabreada.
― ¿Eh?
― Pedro, por dios, estas en las nubes. Si te preocupas demasiado por las encuestas, no lograremos nada. Tienes que ser positivo y pensar que todo irá bien.
“Hay Vivi, si supiera en lo que pienso, te daría un paro cardiaco”, pensó Pedro. Pero era más fácil asentir y suspirar cansado como si estuviera fatigado por las razones de Viviana.
― Disculpa, ¿Qué me preguntaste?
― Tenemos que pensar en la cena de gala. Rafael ya hizo su primera cena mientras estábamos en el Valle de San Fernando, y va por la segunda cena. Tú no has dado ni siquiera la primera.
Pedro recargó su espalda contra el cuero de la silla.
― Honestamente, no me hace gracia cobrar un dineral por una cena insípida.
Viviana alzó los ojos al cielo y se sentó en la silla enfrente de él.
― Eres demasiado honesto Pedro. Pero necesitamos ese dinero. ― Pedro esperó el “Y”. No tuvo que esperar mucho. ― Y… es para hacerte conocer.
― Me siento como esos perros que muestran en las ferias, como el programa que vio Sara anoche.
Con una ceja alzada y sin nada de humor en la mirada, Viviana habló.
― Pedro, ponte serio en esto, por favor.
― Vale, vamos a ponernos serios. ¿Sugerencias?
La mirada de Viviana brilló.
― Claro que sí. Será una cena que será hablada por muchos.
Pedro ya sabía lo que venía. No era la primera cena que daban, y por tanto sabía que Viviana le hablaría del mejor chef del país, del mejor salón de la ciudad, de la mejor floristería del condado… y su lista seguiría y seguiría hasta que él entrara en estado comatoso.
Pero Dios, en su infinita misericordia se apiadó de él, y alguien tocó la puerta.
― Adelante.
Paula asomó primero la cabeza para ver quien estaba ahí, y al ver a Viviana, entró lentamente. Ese día vestía su ropa casual, de pantalones de mezclilla, blusa de algodón, pero a petición de Sara, su nueva asesora de modas, le había contado Paula, llevaba un saco de vestir elegante, que le daba un poco de formalidad a su vestimenta.
― ¿Puedo hablar con usted unos segundos?
― Claro, claro. ―Pedro se paró lentamente y miró a Viviana. ― ¿Nos dejarías solo unos momentos, por favor?
Viviana asintió y salió de la habitación sin decir nada. Paula esperó hasta que la puerta se cerró y oyera los tacones de aguja alejarse. Caminó hasta el escritorio de Pedro y se sentó en el borde de su mesa mirando hacia él.
― No te tienes que mostrar tan facilote amigo.
― He pensando en ti todo el día. ― Paula no dijo nada ― ¿Un beso chiquito?
Aquello logró hacerla reír, pero no obtuvo lo que quería.
― No. Solo venía a decirte que Alex viene hoy.
Su semblante cambió.
― ¿Alguna novedad?
Paula le había mantenido informado sobre las pequeñas cosas que la Agente Alessandra –Alex- lograba averiguar sobre los atacantes de Sara.
― No lo sé. Por eso viene. Eso y a molestar.
― ¿Eh?
― Nada. Sólo quería que lo supieras, no es necesario que estés presente. Si hay algo, te informaré. ¿Y que tal tu día?
Pedro disfrutaba esa pregunta. Con Paula podía quejarse de las cosas que le pasaban. No era uno de sus asesores que lo miraría con reproche. Lo escuchaba y si tenía algo que comentar lo hacía. Sino, se mantenía al margen. Lo último casi nunca pasaba. Paula Chaves siempre tenía algo que decir.
― Tengo que hacer una cena, y sacarle una enorme cantidad de dinero a la gente, que disfruten la cena, y pasearme por ella como un perro de pedigrí.
― Se parece al programa que Sara ve. ― Paula desvió la mirada a ningún punto, y empezó a dejar su cerebro marchar ― Se me ocurre una idea. Pero te la diré esta noche. ― se dio un golpe en la pierna y se levantó ― Bueno muchachote, voy a recibir a mi invitada.
― ¿Un beso?
Pedro haciendo pucheros era encantador, pero Paula no se dejó convencer tan fácilmente.
― Te daré algo mejor en la noche. ― dijo alzando las cejas seductoramente.
― Hecho. Ahora no te puedes echar para atrás.
Cuando Paula salió de la oficina, estaba tan ensoñada que no sintió la mirada de odio que venía del otro lado del pasillo de la oficina.
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